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John Pritchard, obispo anglicano de Oxford, ha escrito un libro sobre ‘La vida y la obra del sacerdote’, del que cito algunos párrafos. Se nos aplican a todos.
‘Lo único que ha de importarle al sacerdote son estas tres cosas: la gloria de Dios, el sufrimiento en el mundo, y la renovación de la Iglesia.’
‘Un hombre estaba gravemente enfermo en el hospital. Se decía no creyente. El párroco se le acercó, se sentó a su lado, le tomó la mano en las suyas, todo sin decir palabra. Después de un buen rato, el hombre dijo, “¿Sabe usted? Ustedes los curas pueden ser un buen consuelo a veces.” El sacerdote sonrió y no dijo nada. Por fin llegó el momento de marcharse. Retiró sus manos, y al hacerlo le dijo al enfermo, “Ahora acuérdese de que, aunque yo retire mi mano, Dios nunca le retira la suya.” Los ojos del paciente relampaguearon. ‘¡Lo ha estropeado usted todo!’ protestó. ‘¡Tenía usted que meter a Dios de por medio al final! Supongo que no lo podía resistir, ¿no es eso?”’
‘Una caricatura que tengo delante muestra a un hombre y a su gato que se ha ensuciado fuera del cajón que a ello tiene destinado, y su dueño le dice enfadado, “Que no se te ocurra nunca, nunca, pensar fuera de tu cajón.” Es una revista eclesiástica. Dice ‘pensar’ fuera de tu cajón. Y se entiende lo que quiere decir. No pensar fuera del cajón. Está bien para el gato, pero no para nosotros en nuestro tiempo. El pensamiento radical ha dejado de ser un lujo, y ningún sacerdote queda exento del reto de repensar el ministerio de la Iglesia.’
‘El ministerio parroquial está al límite. No hay dinero; no vienen los jóvenes; la edad de los asistentes aumenta, como aumenta la de los sacerdotes. Proyecta esta situación 20 años adelante, y poca gente quedará en los bancos –y en el altar. No necesitamos la lista de cambios sociales y espirituales que están haciendo que las placas tectónicas se desplacen con más ruido cada vez. Son conocidas, y probablemente irreversibles.’
‘Una cuestión crucial y preocupante es preguntarnos si nuestro culto lleva a los creyentes a un encuentro con la profunda y transformadora realidad de Dios. Un estudio reciente ha revelado que, aunque había muchas y diversas razones por las que los encuestados habían ido a la iglesia, solo un 5 por ciento decían haber experimentado de alguna manera la “divina presencia” en el domingo en que se les preguntó. Cuando la rutina se impone a la realidad, y la repetición reemplaza a la imaginación, el culto muere.’
‘La consecuencia de todos esos grandes cambios en la cultura y en la Iglesia es que los sacerdotes de hoy pueden considerarse como los ministros que le están administrando los últimos sacramentos a la Iglesia tal como ahora la conocemos. Eso causa pena, desde luego, pero Dios es mayor que nuestras estructuras, y cada expresión de la Iglesia tiene su estación. Le damos gracias a Dios por el don del pasado, y nos fiamos de él para el futuro. Claro que habrá cierta continuidad de formas en la Iglesia misma, y nuestros actuales principios del ministerio sacerdotal encontrarán su expresión en la nueva Iglesia emergente, cualquiera que sea su forma. Será el contexto de este ministerio el que será muy distinto, y por eso el sacerdote de hoy y de mañana tiene que pensar fuera del cajón de la Iglesia convencional.
‘La situación es aún más compleja, porque los sacerdotes de hoy tienen que vivir en dos mundos eclesiales al mismo tiempo. Es como si el barco hubiera de ser reparado en alta mar sin poder retirarse a dique seco y tomarse un descanso. Tenemos que ir pensando en el futuro de la Iglesia mientras el modelo anterior sobrevive todavía, y no podemos esperar más porque si alargamos nuestro pensar, la distancia con la realidad se hará demasiado grande.’
‘No hay nada que cause mayor tensión al clero que tener que vivir en dos realidades al mismo tiempo, imaginando de nuevo la Iglesia del mañana mientras sigue ejerciendo su ministerio en la Iglesia de hoy. Esto no es un mero entretenimiento teológico; es la realidad en que hemos de vivir, y es lo que nos anima a alegrarnos y a celebrar el amor de Dios, aun en medio de una gran incertidumbre.’
(John Pritchard, The Life and Work of a Priest, SPCK, London 2007, pp. x, 67, 130, 132)
No está mal para un obispo.
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