Un amigo sacerdote me cuenta lo que le pasó el otro día. Estaba celebrando misa, y una viejecita sentada en el primer banco iba repitiendo todo lo que él decía. ‘En el nombre del Padre…’, ‘Gloria a Dios en el cielo…’, ‘Creo en Dios Padre…’. Cuando llegó en la comunión a aquello de ‘Señor, yo no soy digno…’, la viejecita se hizo eco y dijo, ‘Señor, el padre no es digno…’. Me dijo que le sentó mal, y me comentó: ‘Una cosa es que yo diga que yo no soy digno, y otra cosa es que me lo diga esa mujer. También yo me declaro pecador, pero no aguantaría que ninguno me llamase así. Y menos en público.’
Cuando el obispo Ignacio Pinto, que me ordenó a mí sacerdote en la India, estaba inaugurando la catedral con una misa, fue al micrófono y comenzó: ‘En el nombre del Padre…’. El micrófono funcionaba perfectamente, pero él creyó que no le habían oído, se volvió al sacristán a su lado, y le dijo sin cubrir el micrófono: ‘Algo anda mal con este micrófono.’ A lo cual toda la multitud contestó en unísono solemne: ‘¡Y con tu espíritu!’
El rector de nuestra universidad en Ahmedabad estaba diciendo la santa misa un día de mañana ante profesores y alumnos católicos. Rezaba la primera plegaria eucarística que enumera las santas de referencia en la lista que dice ‘Ágata, Lucía, Cecilia, Anastasia…’, pero se equivocó por el libro que había estado leyendo la noche anterior en la cama antes de dormirse y entonó confiadamente: ‘Agatha Christie…’. Los asistentes sonrieron disimuladamente, y una profesora se volvió y dijo por lo bajo: ‘Yo le regalé la novela.’
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