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¡ NUEVO LIBRO ! --- |
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DESCUBRE TUS RITMOS
Para vivir mejor.
No importa lo que toques – decía Liszt – si llevas bien el ritmo.” La vida tiene sus ritmos, y para seguirlos debidamente hay que sentirlos. Días y noches, invierno y verano, pulso y respiración, entusiasmo y depresión… todos son ritmos que llevamos metidos en el cuerpo y en el alma, que gobiernan nuestra vida y rigen nuestra andadura. Es importante conocerlos para aprovecharlos.
Fecha de Publicación: 2008
Editorial: Sal Terrae, España
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TODO LO QUE NOS UNE
Vibraciones, Oraciones, Relaciones.
Recibimos y emitimos vibraciones todo a nuestro alrededor aunque no caigamos en la cuenta. Una mirada, un aliento, un gesto, una postura, un ceño, una sonrisa. Todo lo que vemos y palpamos y nos afecta y afectamos. Todo son vibraciones, oraciones, relaciones. Aprendamos a valorar la que ayudan y evitar las que dañan. Por nuestro bien y el de todos los que nos rodean.
Fecha de Publicación: 2008
Editorial:Editorial Guadalupe, Argentina
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ÍNDICE PARA DESCUBRE TUS RITMOS - Para vivir mejor.
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LOS SUSTOS DE ADÁN Y EVA
LA FECHA DE LA NAVIDAD
HASTA EN HOLLYWOOD
EL POLVO DE LAS VACAS
SIETE NOCHES
¿ESCORPIO O LIBRA?
DO-RE-FA-MI
LA REINA DEL DECÁN
VA, PENSIERO
¿CUÁL ES TU CURRE?
LA DIOSA DE JADE
LA DEPRESIÓN DEL PROFETA
DEL MINUETO AL SCHERZO
LA LUNA NO SE EQUIVOCA
UNA CENTELLA
LA LEY DEL COLUMPIO
¡NO VACILARÉ JAMÁS!
VEINTICUATRO HORAS
EL GARROTE DEL PRESTAMISTA
BUENAS NOCHES
LA VIDA COMIENZA A LOS 80
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Capítulo de muestra para DESCUBRE TUS RITMOS - Para vivir mejor:
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Eva también tuvo su encuentro personal con los ritmos de la naturaleza. No sabemos si todavía en el Paraíso o ya fuera de él, un día Eva sintió en su ser algo que no podía contárselo a Adán. El ciclo de la luna, el mes de 28 días, la gloria de ser mujer, la preparación a ser madre. Sorpresa y angustia y novedad y perplejidad. Eva no tenía a nadie que se lo explicara porque a Dios le daba un poco de vergüenza, aunque era él quien había ideado el método, y Adán no sabía nada de nada, como todos los hombres que le habían de suceder en todos los tiempos. Secreto femenino. Energía de vida. Privilegio de creación. Eva tuvo que cambiar aquel día varias veces la hoja de parra. Y sonreír de gozo ante su descubrimiento privado. Ya sabía su nobleza irreemplazable sobre la tierra. Era la madre del género humano.
De los cincuenta años que viví en la India, diez en mi juventud madura los pasé con un género de vida un poco especial. Viví pidiendo hospitalidad de casa en casa, llamando a puertas desconocidas, alojándome una semana con una familia y la siguiente con otra, en barrios hindúes, jainistas, parsis o cristianos, viviendo, comiendo y durmiendo como huésped ambulante con la familia que me acogía, y yendo y viniendo en bicicleta todos los días a dar mis clases en la universidad en que yo enseñaba matemáticas. Quizá eso solo sea posible en la India con su tradición de respeto a personas consagradas, su aprecio de una bendición en pago de un servicio, su culto práctico de la hospitalidad. A mí esos años me cambiaron la vida. Y aprendí muchas cosas.
Una de las cosas que hube de aprender en la práctica fue que no todos los días del mes son iguales para la mujer. Es la mujer quien cocina en el hogar. Pero en sus días íntimos queda liberada por tradición de todos sus deberes domésticos, y todo marido ha aprendido a cocinar cinco días en el mes. Pronto lo supe, y hube de ajustar mis andanzas a los ciclos de la luna. Por mucho que yo insistiera en que me tratasen como a un miembro más de la familia, mi estancia en una casa de aquellos barrios humildes siempre conllevaba ciertos cuidados y atenciones y molestias para la familia, que ellos asumían con generosidad pero que yo trataba de evitar con delicadeza; y si a eso se añadía la baja doméstica de la mujer de la casa, mi presencia podía resultar más carga que alegría, por lo cual hube de aprender a hacer suaves preguntas y a desviar itinerarios callejeros en busca de hogares libres del paso de la luna. Los maridos no se lucían de cocineros y preferían invitarme cuando la mujer pudiera hacer los honores en la mesa.
Pero tuve una experiencia especial que me acercó delicadamente a la mitad del género humano con la que yo, por mi formación y vocación, había tenido menos trato hasta entonces. En mi peregrinación urbana de casa en casa me tocó un día una familia compuesta por el matrimonio, una hija de doce años y un niño de cinco. El fin de semana tenían que ausentarse los padres, pero no había problema porque la muchacha había ya aprendido bien de su madre y cocinaría el sábado y el domingo para los tres que quedábamos en casa, ella misma, su hermano pequeño, y yo. Así lo hizo el sábado sin problemas. Pero el domingo por la mañana ella no salía de su habitación. Su hermano andaba ya por la calle jugando con sus amigos, pero yo me sentía intranquilo al avanzar la mañana sin señales de la muchacha. Por fin llamé a su cuarto despacito, abrí la puerta y entré con cuidado pronunciando suavemente su nombre. Allí estaba ella, tumbada sobre la colchoneta en el suelo en que había dormido, todavía con el camisón de noche pero despierta ya, toda despeinada y con cara desencajada que enturbiaba su belleza joven con el gesto de la dolencia desconocida. Me arrodillé en el suelo a su lado y le pregunté:
- ¿Qué te pasa?
- Nada.
- ¿Estás enferma?
- No, enferma no.
- Pero no estás bien.
- No, bien no.
- ¿Te duele algo?
- No. Bueno, sí. Pero no es eso. No es nada.
- ¿Voy a buscar a un médico?
- No, no.
- Pero no estás bien. ¿Qué puedo hacer por ti?
- Nada. Ya pasará.
- Tus padres no están en casa, y yo soy quien te cuido. ¿No me lo dirás?
- Pero es que no es nada.
Claro que no era nada. Y era todo. El momento más importante en la vida de una mujer. Sabido y esperado pero siempre extraño y desconocido. Y yo, tonto de mí, sin enterarme. Claro que sabía la teoría, pero nunca me había encontrado con la práctica, y menos en la primera experiencia de una chica joven. También ella lo sabía todo, pero una cosa es saberlo y otra cosa es tenerlo con la sorpresa, el apuro, la inocencia de la primera vez. ¿Cómo iba a imaginarme yo que a mí, ingenuo ante mujeres y tímido de trato, me iba a tocar asistir de cerca como primer testigo al amanecer ruborizado del poder creador de la mujer en una doncella de cuento de hadas en su castillo encantado? Lo supe cuando ella me dijo al fin:
- Llama a la vecina de al lado. Ella me ayudará.
- Claro, claro. Ya entiendo. Ella te ayudará. La traigo enseguida. Y mientras tanto, enhorabuena. Ya sé lo que esto es para ti. Y me siento feliz de haber estado a tu lado en este momento. Y ahora no te preocupes. Vuelvo enseguida con la vecina.
Tomé su mano en las mías y la acaricié suavemente. Ella agarró mis manos, las retuvo entre las suyas, me miró y sonrió. Había pasado la crisis. Me incliné, le di un beso en la frente, y fui a llamar a la vecina. En esos barrios todas las mujeres se conocen y se comunican y se ayudan. Ellas dos se arreglaron. Por la noche volvieron sus padres. Hubo mucha conversación en voz baja entre madre e hija. Yo seguía en mi rincón escribiendo mis páginas como si no supiera nada. Pero me quedaba una memoria para siempre en el alma. Aquella niña se había hecho mujer agarradita a mi mano. Cuento aquel día como uno de los días bellos de mi vida. No lo he olvidado. Y sé que ella tampoco lo ha olvidado. ¿Verdad, Silu?
Las mujeres nos ayudarían a los hombres si nos confiaran con naturalidad sus días. Y los hombres las ayudaríamos si lleváramos cuenta del calendario de mujeres cercanas en nuestras vidas, les preguntásemos por la puntualidad de sus mareas personales, tuviéramos en consideración su sensibilidad mensual. No es que vayamos a cocinar por ellas, pero sí a entenderlas, acompañarlas, apreciarlas en los días en que la naturaleza las hace más mujer que nunca en la fuerza de su poder y en la sacudida de su organismo.
Y aquí hay algo importante. El problema de Eva y de Silu y de toda mujer sobre la tierra es que a través de siglos y regiones y creencias y ritos, a la mujer se la ha considerado “impura” en sus días. Eso es una injusticia “de género” que aún permanece ocultamente activa en mentalidades tradicionales y en tabúes religiosos. Y no tan oculta a veces. En la entrada del bellísimo templo jainista de Ranakpur en el Rayastán, India, con sus 1.444 columnas todas distintas, leí el aviso explícito y contundente: “Prohibida la entrada a mujeres con la regla.” Y mezquitas musulmanas y templos judíos siguen con mayor o menor publicidad el mismo prejuicio. El anuncio crea inquietud en cualquier mujer que se ve obligada a obedecerlo humillada o a desafiarlo arriesgada con la consiguiente inquietud e incluso complejo de culpa por la trasgresión del mandamiento de la Casa de Dios. Habría que hacer desaparecer cuanto antes esos anacronismos litúrgicos en dondequiera se encuentren. A Dios no le importan las reglas. (Frase feliz, si las hay.)
En mi peregrinación de casa en casa yo solía bromear con mujeres apartadas de la circulación diciéndoles que eso de ser “impuras” les venía muy bien para tomarse unas vacaciones legales de cinco días al mes mientras el marido trabajaba en la cocina y en la limpieza. Pero el precio es elevado. La mujer se merece toda ayuda y entendimiento y respeto cuando su organismo se afirma en su misión sin que la insulten y la llamen impura por ello. Igualdad de sexos.
La luna mantiene su influencia y su mes de “quincena clara” y “quincena oscura” (que así se llaman en las lenguas de la India a pesar de ser de catorce días) según la luminosidad de la luna mirando a la tierra. Buenos y malos augurios se distribuyen en sus fechas, y su referencia se usa para ritos y solemnidades. En la India se cuenta el cuento del príncipe y la princesa que se casaron, y después de la boda el príncipe le confió a la princesa que durante la quincena oscura de la luna deberían mantener lechos separados ya que su guru lo había ligado con voto de abstenerse de sexo en esos días cada mes de por vida. La princesa, al oírlo, se desmayó. Cuando volvió en sí, el príncipe, algo sorprendido por sus impaciencias maritales, se apresuró a consolarla asegurándole que siempre dispondrían de la otra quincena para recompensarse; pero ella le explicó con tristeza que su guru le había prohibido a ella el sexo durante la quincena clara de la luna cada mes. Eso los dejaba sin calendario. Durante su vida entera durmieron con una espada desnuda entre ambos en su lecho y cumplieron sus promesas respectivas. El guru era el mismo el de los dos, desde luego, con algo de humor negro por lo visto. La luna puede jugar una mala partida. Al príncipe lo llamaron El Príncipe Claroscuro.
También comprendemos todos la necesidad de mujeres deportistas o artistas de regular sus fechas y alterar sus ritmos en ocasiones especiales. Me imagino que ninguna mujer que compita en los juegos olímpicos va a ganar los cien metros con compresas higiénicas. Y la fecha de la carrera se fija sin consultar a sus participantes. Habrá que persuadir a las hormonas y retrasar madureces para ganar medallas. Lo importante es saber que estamos interfiriendo con la naturaleza, que lo hacemos muy a pesar nuestro y solo porque la necesidad lo impone, hacerlo con respeto y delicadeza, pidiéndole permiso al cuerpo, volviendo cuanto antes a sus ritmos, restableciendo el contacto con la naturaleza y agradeciéndole su comprensión. Medalla de oro.
El ciclo materno de la mujer continúa con el embarazo, la cuenta de los meses, las visitas al ginecólogo, la última espera, las contracciones, el nacimiento, el cuidado del bebé. Y aquí hay otra sorpresa, callada en sociedad pero frecuente en realidad, que a mí también me llevó su tiempo el descubrir. La mujer, siempre tan cercana y siempre tan lejana, siempre tan familiar y siempre tan llena de misterios para que el hombre los vaya descubriendo uno a uno en la aventura más bella de su vida. Una pareja joven en mi círculo de amigos tuvo su primer hijo. Una niña encantadora a quien todos acariciamos, acunamos, bendecimos (pero no besábamos) como se hace en la India. Todo eran enhorabuenas y regocijo. Nos encontrábamos de cuando en cuando, y a los pocos meses nos reunimos otra vez en su casa. Los saludé con la efusividad de siempre, pero pronto comencé a notar detalles que se fueron sumando hasta preocuparme. La mujer estaba cambiada. Su alegría de antes había desaparecido, no sonreía ni menos soltaba aquellas risas y carcajadas que siempre nos alegraban a todos, había ganado peso desproporcionado, tenía las mejillas ligeramente oscuras por manchas irregulares como de piel ajada, se le habían venido años encima. ¿Qué había pasado? No dije nada, pero a los pocos días me encontré con su marido y le dije directamente: “Me preocupa Kalpaná.” No necesité decir más. Él calló un momento y luego dijo mirando al suelo: “Tiene depresión post-partum.” ¿Y qué era aquello? Me explicó. No pasa siempre, pero en algún grado y con el primer bebé es bastante corriente. El embarazo, el parto, las primeros cuidados del recién nacido, el reajuste del cuerpo, el súbito cambio de tareas y prioridades todo el día, requieren un esfuerzo serio y continuado y casi día y noche que al cesar cuando acaba el ciclo ascendente de la ilusión, el entusiasmo y la novedad de todos esos meses puede provocar una caída súbita de fuerzas, de hormonas, de ánimo, de humor, y llevar a la joven madre a una depresión que puede durar meses y puede incluso a veces necesitar atención médica.
La actriz Brooke Shields lo contará mejor que yo y nos hará caer en la cuenta, con su sinceridad y su encanto, de la importancia de esta situación y de cómo, en mayor o menor grado, es más frecuente de lo que parece cuando una estrella de Hollywood la cuenta sin reparos. Y a ella le tocó en grado extremo. Análisis médicos revelaron que no podría tener hijos directamente. Recurrió a la fertilización in vitro con su (segundo) marido. Quedó embarazada. Siguieron días difíciles que llevaron a un aborto natural. Quedó destrozada. Lo intentaron por segunda vez del mismo modo, y dio a luz a una bella niña. Pero, en contra de todo lo esperado, la madre no sentía ningún cariño ni atracción hacia su hija.
“Quizá la misma dificultad con que había logrado el embarazo era el modo de decirme la naturaleza que yo no debería haber tenido hijos. Yo lo forcé y me sentí culpable. El complejo católico de culpa se apoderó de mí, y llegué a creerme que el sentirme ahora mal era el resultado de haber yo jugado a ser Dios y haber metido a la ciencia de por medio en algo que sencillamente no debería haber ocurrido. No era la voluntad de Dios, y yo había ido en contra de ella. Todos los pensamientos que me venían eran negativos. Mi vida está acabada. Nunca lograré amar a mi hija. No debería haber tenido hijos. Podía matarla o matarme a mí misma. Soy una madre horrible. Ha sido un error enorme. Me encuentro totalmente sola y soy la única persona en el mundo que nunca logrará amar a su hija. Nunca seré feliz. Me odio a mí misma y odio a la vida. Mi hija no me amará jamás. Me volvía loca.
Amigas y parientes se turnaban para cuidar de mi hija en el cuarto en que la habíamos puesto a ella aquellos meses para protegerla mientras yo me hundía moralmente en mi cuarto separado. Un día, cuando era el turno de mi madre de cuidar a mi hija, me arrastré fuera de mi cama y de mi cuarto y me senté a su lado. Me miró con una mezcla de preocupación y frustración.
- Querías a la desesperada tener un hijo, y ya tienes una hija que es un tesoro, así es que trata de estar alegre. Siempre has tenido suerte, y ya verás como enseguida te encuentras bien. Es cuestión de esperar un poco. Ten calma. Siempre eres tan impaciente. Tu hija es encantadora.
- Sí, pero no me quiere.
- ¿Cómo lo sabes?
- Lo sé.
- Te quiere porque eres su madre.
- Eso no dice nada. Yo no siento vínculo alguno con ella.
- Venga, Brookie, por favor. No hables así.
- No puedo remediarlo. No quiero vivir. Soy una miserable y esto no se resolverá nunca. Me odio a mí misma. Estoy triste, sencillamente triste. Esto es horrible. Solo quiero morirme. Para colmo, hoy le he hecho llorar a Chris.
- ¿Que le has hecho llorar a tu marido?
- Sí, le he hecho llorar. ¡Ahora márchate de aquí! Márchate o me tiraré por esa maldita ventana!
Ahora fue mi madre la que se asustó. Mi aguante era mínimo, y una madre es un blanco fácil. Se quedó sentada sin saber qué decir. Quizá pensó que con quedarse quieta se pasaría la tormenta. Mi madre no se fue, y en el fondo le agradecí que no se fuera. Me daba pena, pero yo me sentía como un animal enjaulado, agazapado en un rincón y dispuesto a saltar al menor ataque. No tenía a donde ir.”
(Brooke Shields, Down Came the Rain, Hyperion, New York 2005, p. 95, 98, 75)
Recibió tratamiento y medicinas, comenzó poco a poco a sentir cariño por su hija, se curó, se enamoró de su hija, se entusiasmó. Fueron otros nueve meses de lento recobrar. Y luego el cariño fue tan grande como había sido la prueba. Para borrar el dolor de su crisis voy a citar un episodio de su reconciliación:
“La estaba bañando en la bañera, las dos dentro de ella. Reíamos y dábamos palmadas en el agua y jugábamos con los juguetes del baño. Lo pusimos todo imposible y había agua por todas partes pero no nos importaba. Yo me sentía tan a gusto, tan alegre, tan llena de risa. Su cuerpecito desnudo era tan suave sobre mi propio cuerpo, y hubo un momento en que se derrumbó sobre mi pecho exhalando un suspiro. De verdad. Yo pensaba cuánto sabría ella de lo que yo había sufrido, y cuánto había cambiado yo. Yo había estado tan lejana a ella por tanto tiempo, le tenía miedo a ella misma, miedo de cómo me juzgaría. Pero ahora solo veía una pequeña niña jugando conmigo. Nos queríamos las dos, y nos necesitábamos la una a la otra. Después del baño ella se quedó dormida. Yo también, aquella noche dormí como un bebé.” (p. 211)
Al cerrar el libro me vino un pensamiento. ¿Qué pensará Rowan [el nombre de la niña] cuando sea mayor y lea el libro que su madre escribió sobre ella cuando ella nació? Le ayudará a amarla más. Como a todos nosotros nos ayuda el saber por lo que pasan las madres al traernos al mundo, el enterarnos de sus épocas y sus fases, el respetar sus ciclos, el apreciar su presencia, el amar su misión en la tierra. Por una vez Hollywood nos ha enseñado algo digno de saberse.
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ÍNDICE PARA TODO LO QUE NOS UNE – Vibraciones, Oraciones, Relaciones.
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¡SOLO POR ESTA VEZ, PADRECITO!
DÉME LA BENDICIÓN
SOLO POR DIEZ
¿NO TIENES UNA BENDICIÓN PARA MÍ?
DALES EL DESCANSO ETERNO
PEDID Y RECIBIRÉIS
LAS ORACIONES DE LOS SANTOS
ORACIÓN NO ESCUCHADA
PASE DE MÍ ESTE CÁLIZ
EL YOGUI Y LA LEVITACIÓN
DOS MIL ORACIONES
DE BUEN CONFORMAR
EL CUERPO
LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS
REZA POR MÍ
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Capítulo de muestra para TODO LO QUE NOS UNE – Vibraciones, Oraciones, Relaciones:
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¡SOLO POR ESTA VEZ, PADRECITO!
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Me alertó un ‘emilio’ desde Argentina. El correo electrónico se ha instalado en mi horario como la primera tarea del día con sus sorpresas, sus sonrisas, su impaciencia, su rutina. De cualquier parte del globo, de cualquier persona, de cualquier tema. ‘Correo desde la página web.’ Abrir el mensaje, lectura rápida, vuelta a leerlo más despacio, contestar siempre, siempre, breve o largo, sintiendo el contacto, viviendo el momento, imaginando a la persona, apreciando la confidencia, enviando esperanza, firmando cariño. El día ya no es día sin su primera ventana al mundo.
En medio de nombres conocidos y desconocidos leí el mensaje nuevo. “Soy madre de una hija de seis años que va a ser sometida la semana que viene a una operación delicada de corazón. Le ruego rece por ella. Y me atrevo a pedirle a usted, que conoce a muchos, que envíe este mensaje a sus amigos para que se multipliquen las oraciones y así Dios nos oiga.”
El dolor de una madre es lo más sagrado del mundo. Si contesto todos los mensajes, más aún este. Y sin embargo digo que el mensaje me alertó. Me avisó. Algo no encajaba del todo en mi interior al leerlo. No era una cadena de oración de esas que imponen una fórmula, exigen su cumplimiento, y amenazan con castigos divinos si se rompe la cadena. No era eso. Era una madre atribulada pidiendo oraciones por su hija. Nada más genuino y más digno de atención. Pero algo no encajaba. Y me lo formulé a mí mismo despacio, con cuidado, con respeto, con sinceridad. Esta madre pedía oraciones multiplicadas para asegurar que serían oídas. Tenía a su disposición un ordenador, conexión a Internet, mi dirección para llegar a otros, y confiaba que al multiplicarse las oraciones se favorecía su resultado. “En unión de oraciones” como acabamos a veces nuestras cartas.
Pero entonces mi imaginación se disparó. Pensé en otra madre en el corazón de África con una hija enferma también, de seis años o de más o de menos, enferma del corazón o de desnutrición o del sida en la soledad de su dolor. Esa madre también le pide a Dios la curación de su hija, pero no tiene ordenador ni Internet ni ADSL ni VDSL ni amigos que multipliquen su petición. Y no por eso vale menos su oración. La multiplicación electrónica de intercesores no da ventaja. Es artificial y mecánica. Hablo con el máximo respeto ante el misterio de la oración y del sufrimiento y de las relaciones humanas y de los avances de la electrónica, y desde luego que no le dije esto a aquella buena madre que me había pedido las oraciones, pero sí me hizo detenerme y pensar y reflexionar sobre algo que hacemos con facilidad pero no pensamos en profundidad. La oración de petición. Rezar unos por otros. Tan sencillo… y tan delicado. Tan repetido, y tan poco entendido. Reza por mí. Rezo mucho por ti. Recemos por la paz del mundo. Escúchanos, Señor. Expresiones de siempre que encierran un sentido y una riqueza milenaria que cuanto mejor entendamos, mejor viviremos.
Una anécdota para alegrar los comienzos. El nuevo párroco anunció en su primer sermón que rezaría todos los días al Señor por todos sus feligreses en la santa misa. Era su manera de expresar desde el primer día su aprecio por toda su grey y su deseo de hacer todo lo posible por todos. Al acabar la misa le esperaban algunos de los fieles a la salida, y uno se acercó y le dijo tímidamente:
- ¿Ha dicho usted, padre, que va a rezar por todos nosotros?
- Sí, hijo mío, todos los días por todos en la santa misa.
- Es que, es que, mire padre, nosotros tenemos un vecino…
- ¿Ha venido aquí?
- No.
- No te preocupes, también rezaré por él.
- De eso se trata, padre. Es que resulta que ese vecino es muy raro y molesta a toda la vecindad y todos lo sabemos y…
- ¿Y qué puedo hacer yo por él?
- Pues eso, padre, que lo borre usted de la lista de la gente por la que va a rezar porque ese sí que no se lo merece.
Y en otro caso, también auténtico, aún fueron algo más lejos. A un pueblecito de los Andes iba una vez al mes el sacerdote a decir misa, y un día al llegar le pidieron los del pueblo que dijera la santa misa a su intención, para lo que habían recogido de antemano un buen estipendio entre todos los vecinos del pueblo.
- Muy bien, muy bien. De acuerdo y con mucho gusto.
- ¿Dirá usted la misa por nuestra intención?
- Sí, claro. ¿Y cuál es vuestra intención?
- Mire, hay un hombre que es ladrón y que ha robado ya en varias casas del pueblo.
- Lo siento.
- Y ahora le rogamos a usted que diga hoy la misa para maldecir al ladrón.
- ¡Pero la misa es para bendecir, no para maldecir!
- Es que si el padrecito lo maldice, no volverá a robar.
- Pero yo no puedo maldecir a nadie.
- ¡Solo por esta vez, padrecito, solo por esta vez!
Tenían plena fe en la eficacia de la oración.
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