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  --- ¡ NUEVO LIBRO ! ---  
 
DISFRUTA TU OCIO
Te lo mereces

El ocio es una necesidad humana, tanto social como personal, pero el complejo occidental de trabajo y actividad ha hecho que nos sintamos egoístas, irresponsables y casi culpables al tomarnos descansos y vacaciones. Es hora de recuperar el valor cultural y humano del ocio para disfrutarlo en plenitud y enriquecer nuestra vida con él. Es el momento de ser nosotros mismos, de encontrar nuestra verdadera personalidad, de no definirnos solamente por nuestra profesión o nuestro trabajo, de no preguntar ¿qué haces para vivir? sino ¿cómo disfrutas de la vida?, de aprender a jubilarnos, de verificar que el ocio viene antes que el neg-ocio, que es la negación del ocio, ya que es el ocio el que nos da el espacio y la oportunidad para desarrollar a fondo lo que de verdad somos. Todo eso en este libro.


 


ÍNDICE


OTIUM CUM DIGNITATE
Y EL SÉPTIMO DESCANSÓ
EL MANÁ DE LOS SÁBADOS
GOLF EN YOM KIPPUR
 SEMÁFORO EN ROJO
BOMBARDEAR EN DOMINGO
LÁGRIMAS POR UNA MEDALLA
LA RECOLECCIÓN DEL ALGODÓN
OCIO Y NEGOCIO
EL HUECO DE LA VASIJA
CORTARSE LA COLETA
TOCAR A MOZART AL PIANO
LITERATURA Y MATEMÁTICAS
PASARELA DE MODA
JUGAR Y GANAR
HACER TRAMPAS EN UN SOLITARIO
EL OCIO Y LA CRISIS
PASEANDO JUNTOS
TE LO MERECES



Capítulo de muestra para DISFRUTA TU OCIO:


OCIO Y NEGOCIO

 

El ocio no ha de definirse en negativo como “la ausencia de trabajo”. Así como no es justo definir a la paz como “la ausencia de guerra”, de la misma manera es injusto definir al ocio como “ausencia de trabajo”. La paz es anterior a la guerra, definida en sí misma como el estado normal y general de la nación, deseable y primordial en sí mismo en concepto independiente y positivo; y de la misma manera el ocio es anterior al trabajo, y si no que se lo pregunten a Adán y a Eva, y como tal ha de definirse, apreciarse, disfrutarse, como situación primaria y valiosa en sí misma, como primer estado de ánimo y de entorno básico y fundamental. El ocio no es un vacío que haya que llenar de trabajo, sino más bien al contrario; el trabajo es el elemento extraño, no deseado en sí mismo, que se acepta cuando es necesario para sobrevivir, con la esperanza de librarse pronto de él y volver al reposo, que es lo importante. El ocio es plenitud y satisfacción y consumación en sí mismo. En él florece de verdad la vida.

  La etimología debería ayudarnos ya que el ocio no es la negación del trabajo, sino, al contrario, es el trabajo o “negocio” el que es la negación del “ocio”, el “neg-ocio”, lo cual coloca al ocio en posición privilegiada y anterior, con pleno derecho a entenderse y disfrutarse en sí mismo sin referencia a ninguna actividad laboral. Corominas define en su clásico diccionario etimológico: “Negocio: derivado negativo de ‘otium’ o reposo.” Lo primero es el ocio, y el derivado “negativo” es el negocio. Hay que recuperar ese concepto. Lo primero es el ocio, y su negación, su opuesto, su defecto es el trabajo. El estado primigenio, la situación original, lo normal y corriente y permanente es el ocio. Solo cuando por necesidad hay que trabajar se deja el ocio y se emprende el negocio.

  Curiosamente, en batalla lingüística de la palabra, paralela a la batalla moral tras el concepto, “descanso” viene de “cansar”, es decir, que aquí viene primero el cansarse trabajando, y luego el dejar de cansarse es el des-canso, el descansar. No se puede descansar si uno no se ha cansado previamente. Esta es la moral sabática, protestante, culpabilizante que no permite el descanso si no va precedido del trabajo. Hay que volver al ocio puro y simple. Lo malo es que el ocio ahora se ha organizado de tal manera que se habla, tristemente, de “el negocio del ocio”. El ocio se ha hecho negocio.

  Visité la Expo Ocio de Madrid para ver si recogía alguna idea o inspiración para este libro, pero no me sirvió de mucho. “La Feria del Tiempo Libre, Hobbies and Leisure”, como se anunciaba a sí misma. Me decepcionó. Turismo, viajes, deportes, gastronomía, dulces, caravanas, tiendas de campaña, piscinas, artículos de limpieza, gabinetes de microtransplante capilar, fotodepilación, análisis grafológico… y hasta bancos para financiar tanto proyecto. Pero nada de entretenimiento inteligente, personal y original, nada de libros, de lecturas, de pintura, de música, de artesanía en el hogar, de habilidad, de cultura, de aficiones, de hobbies. Todo eso no entraba en su concepto. Está bien el ocio sofisticado, pero lo mejor es el ocio que sea simplemente ocio. Sin más.

  Dos de los más grandes directores de orquesta en el siglo pasado fueron Herbert von Karajan y Carlos Kleiber. Ambos eran exigentes en el ensayo, profundos en la concepción, espectaculares en la dirección. Pero había una diferencia entre los dos. Karajan trabajaba sin descanso, mientras que el mismo Karajan decía de Carlos Kleiber que no dirigía más que cuando se le acababa la comida en la despensa. Carlos Kleiber se prodigaba poquísimo y rechazó la oferta suprema de ser director titular de la Orquesta Filarmónica de Berlín. Disfrutaba y hacía disfrutar la música. El mejor novelista del siglo pasado en el Guyarat de la India, Pannalal Patel, me dijo una vez envidiando la libertad que a mí como escritor en esa misma lengua me daba el tener una cátedra en la universidad que cubría mis necesidades económicas al margen de mis libros: “Usted escribe para divertirse; yo escribo para comer.” Y se señaló el estómago. Escribía maravillosamente.

  Lo mismo, en otro nivel pero con el mismo espíritu, me contaron en el Perú de un buen carpintero a quien alguien conocido mío le había rogado viniera a su casa para unos arreglos. Fijaron la fecha:

      - ¿Cuándo podrá usted venir?
      - La semana que viene.
      - ¿Qué día?
      - El jueves.
      - ¿No podría ser el miércoles?
      - No.
      - ¿Por qué?
      - Porque hasta el miércoles tengo comida en casa.

  Que espere el trabajo. Lo haremos cuando le toque, y ni un día antes. Esa es la libertad del hombre antiguo, de la naturaleza, de la vida en equilibrio, de la inocencia. Todo eso se ha perdido con la oficina, el taller, el contrato de trabajo, el horario. La competencia, los objetivos a cumplir, la gráfica ascendente. Ahora ya no es trabajar para vivir honrada y sencillamente, sino para avanzar, para subir, para ganar más y más, para gastar más, para labrarse un sitio en lo alto en la sociedad, para acumular capital, para contar réditos. Eso cansa y tensa y transforma la naturaleza misma del ocio como bien en sí mismo convirtiéndolo en descanso necesario, urgente, nervioso, compulsivo para interrumpir la marea de la ocupación por un breve rato antes de volver a ella. Con eso sufre el trabajo y sufre el ocio.

  El ocio no es descansar de lo que se estaba haciendo, sino ser uno mismo en plenitud de su propio ser y sus facultades como persona humana anterior a su profesión e independientemente de ella. Lo que soy en mi casa y en mi familia y en mi sociedad sin referencia a mi trabajo o a mi sueldo, lo que soy en mi historia y mi experiencia y mi personalidad por encima de mi ocupación laboral. No es que yo sea esencialmente ingeniero, o abogado, o médico o electricista que trabaja febrilmente toda la semana para descansar el domingo lejos de mi oficina o mi hospital; sino que todos los días soy la persona íntegra y total que vivo mi vida en plenitud esté donde esté y haga lo que haga, y que soy primero parte de mi familia y amigo de mis amigos y miembro del género humano, en mi casa y en mi entorno y en mi círculo de amistades, y luego en mi oficina ejerzo mi profesión, que además cesará un día e incluso puede cambiar antes ya que no es lo esencial de mi vida. Me defino más por mi ocio que por mi profesión. El ocio es el que me libera y me hace ser yo mismo.

  Más que la pregunta ¿qué haces para ganarte la vida? me define la respuesta a la pregunta ¿qué haces para disfrutar de la vida? Es decir, qué hago con mi vida, no ya cuando voy al trabajo necesario de 10 a 2 y de 5 a 8 para cobrar mi nómina y pagar las facturas y ahorrar para el futuro, sino qué hago con mi “tiempo libre”, con el que puedo usar como yo quiera, y no precisamente el de los ratos después del trabajo cuando el cansancio busca el reposo y la tensión se resuelve en pereza, sino los ratos y días realmente libres en los que puedo hacer lo que de veras me gusta en plena actividad, energía, y alegría. Tampoco se trata del “ocio obligatorio” de las vacaciones programadas para ir a donde todo el mundo va y hacer lo que todo el mundo hace, sino el ocio libre, verdadero, original, personal donde me dejo ser lo que soy y me entrego a lo que de veras me gusta. El ocio valorado, dignificado, activo, creativo. La calidad del ocio define a la persona que lo practica y a la sociedad que lo valora.

A los que nos gusta lo que hacemos nos acecha otro peligro. Nos gusta tanto lo que hacemos por oficio o por vocación que lo seguimos haciendo todo el día y convierte el ocio en continuidad del trabajo. El empresario que se lleva trabajo a casa, el diseñador que diseña en su cabeza mientras está tomando café, el médico que llena su tiempo en casa estudiando revistas con los últimos avances de su rama de medicina. O el escritor que tiene a su disposición todo el día el papel y la pluma o el teclado y la pantalla, y escribe sin parar y sin horario, de día o de noche, sea lunes o sea domingo. La ocupación invade al ocio. Es la tentación del adicto al trabajo. El Presidente de una República escribe:

“No sé cómo hacerlo, pero tengo que separar el tiempo de descanso del tiempo de escribir discursos. Hace ya años que mis fines de semana se ven ocupados por la preparación de discursos. Es horrible. Tienes miedo de ir a darte un paseo o salir a cualquier cosa porque te acosa el trabajo por terminar, y así te pones a escribir a la desesperada el sábado o el domingo. Eso no está bien. Escribir discursos también es trabajo, y se le debería dar su tiempo y no mezclarlo con el fin de semana. Alguien ha escrito de mí en una revista que me estoy convirtiendo en un político del montón. No sé si me estoy convirtiendo o no, pero si es así es porque mis discursos ya no tienen garra.”

(Václav Havel, To the Castle and Back, Vintage Book, New York 2008, p. 108)

  El peligro doble del trabajo es que, si no nos gusta, nos nubla la alegría de la vida en las muchas horas y días y años que hemos de pasar en él, y, si nos gusta, nos absorbe y nos invade y nos convierte en drogadictos del trabajo con detrimento otra vez de la variedad y la holgura y expansión de la vida que nunca debería reducirse al trabajo por divertido que sea. De ahí la importancia del ocio en ambos casos. Si no nos gusta el trabajo será entonces el ocio apreciado, respetado, organizado, disfrutado el que dé una alternativa a la ocupación, mantenga el buen ánimo, aligere la carga, ilumine horizontes, nos haga vivir la rutina diaria con esperanza y nos alegre la vida. Y, si nos gusta el trabajo, necesitamos más que nadie el ocio para no dejarnos monopolizar por la ocupación única, por amada y abrazada y apreciada que sea. El escritor debería ir a pescar, y el investigador a bailar para liberarse de la opresión monótona de la profesión permanente. El ocio equilibra la vida. 

  Otra seducción del trabajo es que nos hace sentirnos importantes, respetables, útiles, y todos queremos ser útiles a la humanidad, a la sociedad, al país, o por lo menos a nuestra familia. ¡Eres un inútil! es el peor insulto para una persona responsable. Queremos ser y sentirnos útiles para justificar nuestra existencia y reclamar nuestro puesto en la sociedad. Y todo eso está muy bien, pero lleva también el peligro de medir nuestra valía por nuestra utilidad. Y eso es una trampa. Claro que queremos ser útiles, pero nuestra utilidad no es la justificación de nuestra existencia. A unos los lleva la vida a ser más útiles que otros, pero nadie ha de ser medido por la efectividad de su trabajo o el logro de sus esfuerzos. Aunque así es como tristemente lo hemos venido haciendo hasta ahora.

“Durante la práctica totalidad de la era moderna el valor de las personas se ha medido por el rendimiento que produce su trabajo. Ahora que progresivamente el valor del producto hecho por el hombre tiende a ser más insignificante e irrelevante, en un mundo cada vez más automatizado, se deberán explorar nuevas formas de definir el valor de la persona y de las relaciones humanas.”

(Jeremy Rifkin, p. 20)

  El matemático G.H. Hardy fue el guru de todos los matemáticos británicos del sigo pasado, el campeón del rigor deductivo en el análisis matemático, el apóstol de las “matemáticas puras” por encima de las “aplicadas”, que llevó a todos los dominios de habla inglesa su campaña por la lógica, el rigor, y la elegancia en las matemáticas “con el celo de un misionero enseñándoles la Biblia a caníbales”, como él mismo dijo, entendiendo por caníbales a todos los que entonces tomaban con ligereza primitiva las pruebas abstractas de teoremas sofisticados que él revisó, reinventó, construyó, y convirtió en monumentos logísticos de arquitectura cerebral. Pero no se apreció a sí mismo, y esto es lo que escribió al final de su célebre autobiografía:

“No he hecho nada ‘útil’ en mi vida. Ningún descubrimiento matemático de los que yo he hecho, ni las consecuencias que pueda tener, directa o indirectamente, para bien o para mal, ha contribuido a amenizar en manera alguna la existencia de los mortales. Es verdad que he ayudado a formar a otros matemáticos, pero con eso solo los he hecho matemáticos del mismo tipo que yo, y su trabajo, al menos en cuanto yo he contribuido a él, ha sido tan inútil como el mío.

Desde un punto de vista práctico, el valor de mi vida matemática es cero; y fuera de las matemáticas es trivial de todas maneras.”

(G.H. Hardy, A Mathematician’s Apology, Cambridge University Press, 1967, p. 150)

  Ese pesimismo sobre su propia vida se cobró su precio. Hardy intentó suicidarse. Sólo que, en su afán por hacer las cosas bien hasta el final, tomó demasiados barbitúricos y vomitó. “Ni eso he sabido hacer bien”, comentó con triste sonrisa a sus amigos con un ojo morado por haberse dado contra el lavabo en el trance. Al menos recuperó su humor y su pasión británica por el cricket para pedir, en su último momento consciente unos meses más tarde, que le dijeran los resultados de los partidos de cricket antes de morir. Medir su vida por su “utilidad” práctica lo llevó, con su lógica matemática irrefutable, a considerarla de ningún valor, y de ahí a los barbitúricos. En realidad Hardy fue una figura señera que formó con sus obras a maestros y discípulos a lo largo de toda la Commonwealth, inauguró una era de prestigio y orgullo en el análisis matemático, inspiró a toda una generación con su entusiasmo, sus teoremas, sus problemas y sus soluciones siempre sorprendentes y siempre  convincentes. Yo puedo decirlo personalmente con pleno sentimiento y convicción porque mi primer trabajo profesional en la Universidad del Gujarat en la India fue el traducir, por encargo de la misma universidad, del inglés al guyaratí el tratado clásico de Hardy, Pure Mathematics, cosa que hice con placer casi concupiscible por su belleza, su elegancia, su originalidad, su perfección ática y su exigencia silogística. Considero ese trabajo una de las cosas “útiles” que he hecho en mi vida.

  La persona es más importante que su trabajo, y la eficiencia no es la medida de la valía personal. O, mejor dicho, la influencia real de la persona, en realidad y profundidad, aunque no lo sea siempre en publicidad y notoriedad, no es lo que consigue sino lo que vive, no es lo que hace sino lo que es. La influencia de una persona en su entorno no está en razón directa de su actividad sino de su personalidad. Y su personalidad se define mejor fuera de su trabajo que a través de él. La persona vale más que los libros que escribe, los edificios que construye, las enfermedades que cura, o el dinero que gana. Hay que cambiar el enfoque.