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He pasado una semana en la India. El departamento de matemáticas de la universidad de Ahmedabad me invitó a inaugurar su nuevo edificio. Me gusta que me recuerden como matemático, pues muchos me conocen solamente como escritor, y acepté con gusto. Les hablé de las matemáticas en la historia india. En el siglo XII hubo un gran matemático, Bhaskaracharya, que escribió un bello tratado con un bello nombre: Lilávati. Quiere decir “juguetona” y era el nombre de su hija. Y eso tiene su historia. Nada menos que la ceremonia del matrimonio de Lilávati. Se celebraba con toda solemnidad, y sobre todo se prestaba atención al momento estelar en que se habían de tocar por primera vez y unir las manos de los novios para consagrar el sacramento. Era esencial hacerlo en el momento exacto. Para calcularlo, en vez de relojes de sol o de arena, el padre de la novia ideó un método especial que hiciera honor a su arte y a su ciencia. Tomó un hoja de loto, circular, plana, extensa y con su borde levantado, la colocó en el agua, hizo en ella un agujero debidamente calculado para que el agua fuera entrando poco a poco por él, y el momento en que el peso del agua hundiera a la hoja sería el momento exacto de unir las manos. Imaginación poética y cálculo científico. Todo se hizo debidamente y religiosamente. La hoja se iba llenando de agua, y todos esperaban el momento con alegre expectativa. Pero el momento no llegaba. Algo pasaba. El agua había cesado de entrar en la hoja. Alarmados, examinaron la hoja y vieron con desmayo que una de las perlas del collar de la novia se había desprendido y obturado el agujero. El agua había dejado de entrar, el momento estelar había pasado, y la boda no podía celebrarse. Peor aún, al no poder casarse después de estar prometida, ya no podría casarse jamás. Lilávati estaba condenada a quedar soltera toda su vida, lo que era una desgracia en la sociedad de entonces. ¿Qué hacer?
Aquí es cuando su padre le dijo: “Siento con toda el alma, hija mía, que esto haya sucedido y que ya no puedas casarte. Siento tu dolor, que es el mío. Pero para resarcirte en alguna manera de tanta pena, para hacer tu nombre inmortal y que lo pronuncian todas las generaciones con aprecio y admiración, voy a escribir un tratado de matemáticas que será el mejor y más avanzado de todos los tiempos…, y le pondré tu nombre. Será el “Lilávati”. Y lo escribió. Y se conserva hasta este día. Tiene teoremas y problemas, y, aparte de las matemáticas, es interesante por la idea que nos da de la vida social de entonces. Los problemas de matemáticas de nuestros libros de texto presentan pesos y medidas, fuerzas y distancias, trenes y aviones, ángulos de fútbol y velocidades de satélites, mientras que los del Lilávati hablan de lanzas y flechas, de serpientes cobra y pavos reales que las cazan, de brahmanes y ceremonias. Espejo de la sociedad. Un ejemplo que no se encuentra en nuestros manuales:
“Una prostituta le está haciendo el amor a un cliente. Se le rompe el collar de perlas, y una quinta parte de las perlas cae sobre la cama, una tercera parte al suelo, una sexta parte queda en su cuerpo, y una décima parte en manos del amante. Si aún quedan seis perlas enhebradas en el collar, di, oh devoto seguidor de Vishnu, ¿cuántas perlas había en total?”
Si Lilávati quedó consolada o no, no se sabe, pero del incidente nos queda la naturalidad con que el sexo se mencionaba en el siglo XII en la India, y eso es una buena lección para nuestra acomplejada sociedad de hoy. Por cierto, el collar tenía treinta perlas. Basta con escribir la ecuación, quitar denominadores y despejar la incógnita. Les hablé después de mi carrera de matemáticas en la universidad de Madrás (hoy Chennai). La llamada “Álgebra Moderna” (conjuntos, grupos, anillos, campos, matrices, espacios vectoriales) acababa de formularse en Francia por la escuela de Bourbaki (personaje que nunca existió pero cuyo nombre, con toque de humor, se puso al pie de los nuevos descubrimientos… ¡hasta que escribieron su biografía!). En Madrás había un jesuita francés, el padre Charles Racine, que introdujo el Álgebra Moderna en la India y nos la enseñó en el último año de carrera. Eso quiere decir que al llegar yo a Ahmedabad, yo era el único que conocía y me sabía la asignatura nueva. Me pidieron diera un curso aquel verano a los profesores de postgrado de la universidad, y así empecé yo gloriosamente enseñando a los profesores antes que a los alumnos. Tuve suerte. Después asistí a congresos internacionales de matemáticas, como el de Moscú en 1964 en el que oí a Michel Artin declarar: “Las matemáticas modernas se han hecho tan complicadas que todos los teoremas importantes son falsos, y los teoremas verdaderos son inútiles.” Que no era tan sorprendente si nos acordamos de la definición que ya había dado Bertram Russell: “Las matemáticas son la ciencia en la que no sabemos lo que decimos y no nos importa si lo que decimos es verdadero o no.” Yo me entregué ferozmente a las matemáticas y disfrutaba dando clase y hasta corrigiendo exámenes, que son divertidos por las barbaridades que dicen los alumnos.
Todo eso les recordé con alegría y nostalgia a todos aquellos profesores que habían vivido aquellos años conmigo. Toda una generación de matemáticos. Con ellos recordé lo que algunos críticos literarios escribieron sobre mi estilo en mis artículos y libros en lengua guyaratí. Uno dijo: “Se nota que el padre Vallés es matemático por la claridad y la lógica de su estilo literario.” Otro escribió: “Lo único que no se explica es que el padre Vallés sea matemático, dado el estilo tan sencillo y transparente con que escribe.” Para escoger.
Como habréis visto, lo he pasado muy bien en la India. Siempre digo es mi última visita, pero ya me han invitado para el año que viene. Veremos.
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