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  atrás - ME CONTÁIS - 15/12/07

He sido malo.

Alguien me ha preguntado (desde luego que sin malicia por su parte sino porque era parte de un examen al que debía responder, y me trasmitía la pregunta para consultarme), “¿Qué diferencia hay entre tener sexo cinco minutos antes de la boda o cinco minutos después?”

Le he contestado: “Diez minutos”.

Qué malo soy, ¿verdad?

Ya me entendéis.

Espero.

Después añadí a mi contestación a ese buen muchacho que la pregunta que a él le habían hecho se la habían hecho mal. Sexo cinco minutos antes o cinco minutos después de la boda no lo tiene nadie. Es manera de hablar frívola, cínica, irresponsable. Y cuando está mal hecha la pregunta, no se puede pedir una respuesta. Quien formuló esa pregunta en ese examen falló en su deber de respeto y dignidad en todo, y más en materia de sexo. No se trivializa así la conciencia. No se ridiculiza lo sagrado.

La manera digna de preguntar sería ¿qué pensar sobre las relaciones sexuales antes del matrimonio? La respuesta a esa pregunta es fácil: La Iglesia las prohíbe, y la mayoría de los jóvenes las tiene. Dios nos manifiesta su voluntad a través del magisterio de la Iglesia y a través del consenso de los fieles (sensus fidelium en latín), Vox populi, vox Dei (la voz del pueblo es la voz de Dios, también en latín). Con esos criterios cada fiel se forma su conciencia en libertad y responsabilidad y en consulta con su pareja, y actúa en consecuencia. Dios acepta esa conducta. Lo mismo se aplica en proporción a otras situaciones de moral sexual (masturbación, píldora anticonceptiva, preservativo, homosexualidad, matrimonios divorciados y vueltos a casar). Siempre con el supuesto de no hacer nunca daño a nadie, que es el mandamiento fundamental, tanto del magisterio de la Iglesia como del sentido de los fieles.

¿Sigo siendo tan malo?