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atrás - OS CUENTO - 15/11/09



ˇÁbreme despacito!
 
 

Voy abriendo el correo diario con esa mezcla de curiosidad y aburrimiento que acompaña la rutina expectante y repetida del comienzo del trabajo del día. El montón de cartas que ha traído el cartero en su ronda diaria. Están ahora apiñadas en la mesa enfrente de mí esperando ser leídas y requiriendo ser contestadas. Una carta de un amigo, una de alguien desconocido, una carta de agradecimiento, una invitación, un impreso de publicidad, una tarjeta. Y en medio de todas ellas, un sobre algo diferente por el suave tinte de su color y el tacto elegante en su relieve que anuncia un toque especial en la misiva. Delante lleva solo mi dirección. Correcta. Residencia de la Universidad de san Javier, 380009 Ahmedabad, y con el título de ‘padre’ ante mi nombre. No está el nombre del remitente en el ángulo izquierdo. Le doy la vuelta ya que a veces el remitente viene en la parte de atrás. Allí está. Pero no es precisamente la dirección de nadie. Es una frase con una sencilla petición. Dice: ‘¡Ábreme despacito, por favor!’

No puedo menos de sonreírme. ¿Quién la habrá enviado? Desde luego no un hombre. Eso solo lo puede haber escrito la mano de una mujer. ¿Cuál era su intención, su significado, su desafío, su travesura? Tendré que averiguarlo enseguida. Abro el sobre con dedos inquietos, despacito desde luego, aunque no tan despacito pues una cierta impaciencia acelera a mis dedos, busco dentro, saco la carta, la despliego ante la vista. Está escrita a mano, letra bonita, dos páginas, un nombre al final. No lo conozco. Comienzo a leer. Y las sorpresas se suceden. Así es como comienza:

      
*

‘Mi muy querido y algo bruto padre:’

¡Vaya manera de empezar! Me han llamado querido, estimado, respetado, hasta adorado, pero nunca bruto. Por lo menos no al comienzo de una carta. Quizá yo lo sea un poco, claro. Algo recio e impaciente a veces. Incluso bruto quizá. Sobre todo si se suaviza con eso de ‘algo’. Pero no esperaba semejante tratamiento de un corresponsal desconocido al comienzo de una carta. Tengo que seguir leyendo.

‘He recibido su respuesta a mi primera carta. Gracias. A vuelta de correo. Justo como lo haría usted. Su correo diario. Su primera tarea en su oficina. Carta que viene, carta que va. Como una máquina. Carta, respuesta, papelera. Otra carta, otra respuesta, otra vez a la papelera. A eso lo llaman ejecutivo de mesa limpia. Muy eficiente. Y muy estúpido. ¿No cae usted en la cuenta de que una respuesta tan inmediata como esa no tiene ningún valor? ¡Cuánto esperé yo y dudé yo antes de escribirle a usted! ¿Me atrevo, no me atrevo, le escribo, no le escribo, envío la carta, no la envío…? ¡Cuántos borradores rompí, volví a escribir, volví a romper, volví a escribir! Por fin me animé, escribí por última vez el texto, lo copié en papel especial que compré para esta ocasión, puse la dirección en el sobre de relieve, le pegué el sello (y seguro que usted no ha notado que era el sello que acaba de salir en memoria de san Tukaram que yo escogí para usted), y por fin eché la carta al correo después de tantos días y tantos intentos y tantas dudas, y me senté a esperar la larga espera.

Y al día siguiente, ¡su respuesta! Muy educada, desde luego, muy digna, muy formal. Y muy estúpida. ¿No ve usted que una respuesta inmediata como la suya a la velocidad del relámpago no tiene valor alguno? Usted debería haberme hecho esperar, dudar, sufrir, desesperar. ¿Habrá recibido la carta, la habrá leído, le habrá gustado, me contestará, recibiré la respuesta, qué me dirá…? Debería haberme tenido deseando, ansiando, dudando, agonizando días y días. Por fin, al cabo de una o dos semanas vendría el cartero, se pararía enfrente de mi casa, gritaría mi nombre, y yo saltaría de mi silla, correría a la puerta, agarraría la carta, volvería a mi cuarto, me aseguraría de que nadie me veía, y la leería una y otra vez y la atesoraría para siempre. Pero, no. Su reacción fue automática. Como un robot. Carta que viene, carta que va. Yo le escribo hoy y recibo su respuesta mañana. Como todos los demás en el montón de cartas que habrá usted recibido el día de hoy. El eficiente ejecutivo. Será usted muy inteligente en otras cosas, o al menos eso es lo que dice la gente, pero en esta usted es estúpido. Usted no sabe como tratar con la gente. Al menos con mujeres, no.   

Usted no me ha visto nunca, desde luego. O más bien sí que me ha visto pero no sabía que era yo. El otro día en la charla que dio usted en el salón del ayuntamiento yo estaba sentada en la primera fila justo en la mitad a su izquierda mirándole a usted todo el rato y sonriéndole. Así es que yo sí que le he visto a usted. Pero usted no me ha visto a mí. Usted me dice en su respuesta que si quiero puedo ir a verlo cuando quiera en su oficina en la universidad. Pero ¿y si no quiero? Por ahora, al menos, no. Yo soy muy tímida y le tengo algo de miedo. Usted es un personaje. Y no es que no quiera que me vea. Soy bien guapa. Pero tampoco le envío mi foto. Prefiero que se imagine mi cara. Espero sea usted buen pintor.’

Increíble muchacha. Y encima dice que es tímida. Menos mal, me digo a mí mismo. Encantos de mujer.

‘Claro que usted puede venir a mi casa si quiere. Tiene mi dirección al final de esta carta y mi casa está cerca de su universidad. Si usted viene y llama a la puerta, yo saldré a abrirle. Usted preguntará por Sonali, y yo le diré que sí que vive aquí pero no está en casa. Y usted tendrá que volverse por donde ha venido. Claro que me he leído todos sus libros y que sigo su columna en el periódico de los domingos todas las semanas y seguiré haciéndolo. Y ya veremos lo que va pasando. Por ahora eso es lo que quiero. Soy estudiante pero no en su universidad. No soy alumna suya, sino solamente una de sus lectoras y lectores entre los muchos que tiene. Solo que yo siento que todo lo que usted escribe me lo escribe solo para mí. Aunque también me imagino que muchos otros sienten lo mismo. No importa. Yo le escribiré de vez en cuando y le contaré lo que me pasa, y usted puede hacer lo mismo si le apetece.

Eso es todo por hoy.’

*

Esa era la carta. Comprendí porqué me había advertido que la abriera despacito. Llevaba muchos sentimientos delicados dentro. Ahora era a mí a quien me tocaba leerla una y otra vez admirado y emocionado. Fue el comienzo de una larga correspondencia.        Nos escribimos durante años a intervalos siempre irregulares y nunca a vuelta de correo. Yo caí en la cuenta de que ella tenía razón, y que una respuesta diferida tiene más valor que una apresurada, pues me hace pensar en la otra persona de carta en carta, me deja a mí el escoger el tiempo, mi carta deja de ser una ‘respuesta’ y se hace un escrito independiente de mi propia iniciativa y a mi tiempo, lo cual da vida y frescura a la correspondencia. Ya no es una carta ‘respondiendo’ a la otra, sino que ambos corresponsales escogen libremente su tiempo y su humor. Eso es amistad por carta. Me lo enseñó aquella atrevida muchacha.

Acabó la carrera y poco después me escribió que se iba a casar. No me dio detalles. Le felicité y le mandé mis mejores oraciones y bendiciones para su matrimonio. No volvió a escribirme. Al casarse iría a vivir a casa de su marido y no me había dado la nueva dirección. Adivino el motivo, estando en la India. En casa de su marido ella estaría tradicionalmente sometida a la madre de éste, es decir a su suegra, que también tradicionalmente ejercería dominio absoluto sobre su nuera, y en consecuencia vigilaría celosamente su correspondencia y sentiría envidia ante sus cartas a mí y mis cartas a ella, ya que yo era una persona conocida y las suegras están siempre celosas de sus nueras. Por eso ella oportunamente optó por la paz en su hogar. Yo la he recordado siempre a ratos con gratitud y cariño, y estoy seguro de que ella me recuerda también a ratos con alegría y travesura, y quizá incluso me escribe cartas en su mente para que yo las abra despacito. Yo, escritor que soy, cumplo con mi oficio y escribo aquí la historia de este capítulo femeninamente bello de mi vida tal y como fue. A ella nunca la vi.  

*

En esta mi última visita a la India y a Ahmedabad el mes pasado después de muchos años sí se me ocurrió la fantasía de que como el programa de mis actos en la ciudad se había publicado de antemano en los periódicos, ella se habría enterado y vendría a la recepción ciudadana que me hicieron allí, se acercaría a mí, me saludaría con las manos juntas y una inclinación de cabeza, me miraría directamente a los ojos y me diría en su estilo alegre y juguetón: ‘Yo soy Sonali’. Y los dos nos reiríamos de todo corazón. Pero ella no vino.

Aunque, ¿quién sabe? Quizá aquella mujer que estuvo sentada en la primera fila justo en la mitad a mi izquierda durante mi charla el otro día en la recepción ciudadana en el salón del ayuntamiento en Ahmedabad mirándome todo el rato y sonriendo pícaramente era Sonali. Nunca lo sabré.

Sí sé que debería haber escrito al comienzo de este artículo: ‘¡Léeme despacito, por favor!’ Lleva muchos sentimientos delicados dentro.