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atrás - OS CUENTO - 15/11/07

Hoy he recibido este emilio que me ha llevado a un recuerdo de hace años. Escribe una antigua alumna mía de la India. Escribe de América donde vive desde que se casó. No la he visto desde entonces.

“Estaba yo anoche en casa leyendo el Directorio de Familias de la India en Ohio, América. Entre los nombres y los datos habían intercalado algunos artículos en lengua guyaratí, y me puse a leer uno de ellos. Se titulaba “Profundizar en la superficie”. El estilo me pareció familiar. Noté que conectaba desde el principio. Cuando volví la página vi el nombre del autor: Carlos Vallés. Me dije: ‘No es extraño. Lo sabía. El corazón me lo había dicho.’ ¿Qué le parece? A que eso es algo. Tenía que contárselo. Es ya media noche y mañana me levanto temprano. Pronto escribo más. Rupa.”

Una carta así alegra la vida del escritor. Me reconoce el estilo. Conecta sin saber por qué. La alerta el corazón. Descubre el nombre al final. Y me lo dice. Bendito sea el día en que escribí ese artículo. El estilo es el hombre, dicen los franceses.

Yo mismo me había olvidado del artículo. Lo he encontrado en una antología de mis escritos guyaratís de hace veinte años de donde lo habrían tomado en Ohio para reimprimirlo sin decírmelo como suelen hacer. “Profundizar en la Superficie.” Traduzco un párrafo:

“Somos superficiales. Leemos un poco, entendemos un poco, sabemos un poco, hacemos un poco. Algo. Pero poco. Algo hay que hacer porque algo hay que hacer, pero cuanto menos, mejor. Nada de profundidades. O, mejor, profundizar en la superficie. Que no se diga. Aquí está el dato. Aquí está la fecha. Aquí está el periódico que lo dice. Pero nada más. Superficial, ligero, frívolo. Nunca profundo, acabado, completo.

Al comenzar el curso de segundo año de la asignatura Estática y Dinámica en la Universidad de Madrás, continuación del que habíamos hecho el año anterior, el profesor, Shri Narayanam, nos preguntó: “¿Qué han aprendido ustedes de esta materia?” Le contestamos: “Algo de todo.” Sentenció: “Preferiría que hubiesen hecho todo de algo.” Me quedó la lección. Más práctica que toda la Estática y Dinámica que luego aprendimos. (Shri Narayanam era un gran profesor.)  

El que cava un poquito en muchos sitios no sacará agua. Profundizar en la superficie.”

Me has hecho feliz, Rupa.
 

Un astronauta musulmán ha llegado por primera vez a la Estación Espacial Internacional, y su experiencia nos puede ayudar a entender a los musulmanes y a entendernos a nosotros mismos en actitudes no solo científicas sino religiosas. Había dificultades en su misión. El musulmán reza cinco veces al día de la salida a la puesta del sol, pero en órbita la Estación Espacial da 16 veces la vuelta a la tierra en 24 horas con 16 amaneceres y otros tantos ocasos, con lo que habría que rezar 80 veces en 24 horas. La oración ha de hacerse mirando a La Meca… desde una nave espacial que va cambiando de sitio a cada momento. Antes de cada oración el fiel debe lavarse con agua las manos, brazos, cara, cabeza, pies, y el agua está estrictamente racionada en el espacio. Y las postraciones y los gestos de la oración resultan complicados en gravedad cero. ¿Qué hacer?

Las autoridades religiosas musulmanas han estudiado el caso y han adaptado la reglas tradicionales a la ocasión especial –y espacial. Las cinco oraciones diarias se computarán según la hora del cosmódromo de Kazajstán de donde partió la nave; para orientarse a La Meca bastará con orientarse hacia la tierra; las abluciones se harán con solo gestos sin agua, como se hace también en el desierto si toca orar donde no hay agua; y los rezos se pueden hacer de pie.

Lo que me ha llamado favorablemente la atención aquí es la capacidad de adaptarse. La flexibilidad es siempre señal de vitalidad. Buen ejemplo. Enhorabuena. Sheik Muszafar Shukor puede circunvalar la tierra sin miedo. Alá lo protege.

Por pura coincidencia la Estación Espacial está dirigida esta vez por una mujer, Peggy Whitson. El astronauta musulmán obedece sus órdenes. Flexibilidad también.
 

Un koan Zen tradicional que desafía la mente para literalmente sacarla de sus casillas:

Se ha encerrado a un gatito vivo en un frasco de cristal donde se le alimenta y se le cuida. El gatito crece y ya no puede salir por el cuello del frasco. Cómo sacarlo vivo sin hacerle daño y sin romper el frasco.

La respuesta –después de mil intentos frustrados– es bien sencilla. ¡El gato nunca estuvo encerrado! Solo parecía que lo estaba. Es decir, nuestro yo, que es el gato, nunca estuvo encerrado en nuestra mente, que es el frasco de cristal. Aunque lo pareciera. Los gatos son traviesos y el cristal es transparente.

Me encanta el Zen.

Miau, miau.
Un monje budista cuenta que cuando él nació eran dos hermanos gemelos pero uno murió en el parto. Y ahora piensa: “Yo no sé si soy yo o mi hermano.” Siempre el yo. Me hace reír.

“Una flor está constituida por todo el cosmos.” Thich Nhat Hanh.

- ¿Te puedes imaginar un Buda vestido con vaqueros?
- Muy difícil.
- ¿No te has fijado en esa muchacha allí en frente?
- ¿La que lleva vaqueros?
- Sí, esa es Buda.

- Mi mujer ha fallecido. Ruegue usted por su descanso, señor monje.
- Yo siempre rezo por todos los seres.
- Por eso le ruego que ahora deje a los demás por esta vez y se concentre en mi mujer para que su oración tenga más efecto.
- ¿No comprendes que a cuantos más seres se extienda mi oración, más efecto tiene sobre cada uno?