carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES ---  
 

“Entonces voló hacia mí uno de los serafines con una brasa en la mano, que con las tenazas había tomado de sobre el altar, y tocó mi boca.” (Isaías 6:6-7)

La brasa del altar purifica los labios del profeta. Ceremonia de consagración de quien va a hablar en nombre del Señor. Exordio doloroso y significativo de anuncios, increpaciones, predicaciones, y oráculos. Prueba del fuego que viene del altar y abrasa a quien a él se acerca para un día poder acercar a los demás. Rito de serafines que proclaman la santidad del tres veces santo.

Yo le estoy pidiendo al serafín de la brasa que la acerque a la punta de mis dedos. Soy escritor y con estos dedos escribo palabras que quiero provengan del altar, sin que se mezclen con ellas intereses personales, egoísmos mezquinos, opiniones propias, o vanidades ocultas. Que me queme los dedos con el fuego del altar de la santidad de Dios para que nunca escriban una palabra que haga daño, una frase que hiera, un libro que desanime. Quiero que mis páginas lleven mensaje de fe y amor, de ilusión y alegría, de cariño a la vida y confianza en la eternidad, de comprensión y compasión, de hermandad y solidaridad, incluso de humor y aventura para levantar el ánimo de aquel que las lee, provocar la sonrisa, aliviar el corazón, y alentar la vida. Para que esas páginas sean limpias, tersas e inmaculadas quiero la bendición del serafín de la brasa aunque les duela a mis dedos y sufran con el cauterio que los cura de su artritis culpable. Rectitud en la mente, amor en el corazón, suavidad en la punta de los dedos. Eso deseo como escritor en todos mis libros y escritos y cartas, en cada una de mis palabras, y por ese don del cielo, que solo el Dios de la santidad puede dar, ruego a los serafines del altar que cumplan su oficio de guardianes de santidad con brasas de fuego.

Hago mías la queja y la angustia de Isaías cuando él sintió la llamada del Señor y su indignidad ante ella: “¡Ay de mí, que soy hombre de labios impuros!” Tengo complejos y ambiciones y envidias y expectativas que a veces me nublan la mente, me tuercen el juicio, me condicionan la expresión y me llegan a través de nervios y tejidos hasta la punta de los dedos que pulsan las teclas y escriben el texto. Y han manchado con la sombra de la arrogancia lo que debió ser labor de humildad.

¡Ay de mí que soy hombre de dedos impuros! Mis dedos han rehuido trabajo y han buscado placer; han apresado avaricias y han soltado obligaciones; han acariciado suavidades y han evitado asperezas; han saludado vanidades y han ignorado deberes. Mis dedos han sido bailarines irresponsables sobre el teclado de la vida en vez de ser instrumentos disciplinados de orden y regularidad y precisión. Soy hombre de dedos impuros y lo sé en el fondo de mi alma y en la inevitabilidad de mi conciencia.

Por eso le pido al serafín del altar de fuego que consagre en el sacrificio mis dedos, para que marquen la rectitud y le devuelvan a mi mente y a mi conciencia a través de las encrucijadas de mi organismo el equilibrio de la justicia y la serenidad y la caridad que deseo con toda el alma reinen en ella en pensamiento y en afecto para que de allí se comuniquen a mis dedos en delicadeza y transparencia.

Los labios del profeta han de probar primero la brasa encendida del altar. Que la prueben también los dedos del escritor. Ven, serafín querido.