carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES ---  
 
atrás - OS CUENTO - 15/10/07

Al salir del comedor este mediodía saludé brevemente a un compañero jesuita a quien veía después de algunos días, y este ha sido el diálogo exacto entre los dos:

Yo: ¿Qué tal andas, Juan?
Juan Bautista: Muy bien. ¿Y tú, Carlos?
Yo: Muy bien, muy bien.
Juan Bautista: Ya somos dos.

Ojalá seamos todos.
 

Quería un libro y me dirigí a una gran librería. No sabía más que el nombre del libro, ni el autor ni la editorial. Me dirigí a un empleado y le dije: “Busco un libro del que no sé más que el título: Wikinomics”. Él salió disparado nada más oír el nombre, subió un piso, atravesó pasillos de libros tan deprisa que yo apenas podía seguirlo, se paró ante un estante, levantó el brazo, metió la mano, sacó el libro y me lo puso ante los ojos. Todo en unos segundos. Miré al libro. Le miré a él. Sonreí. Le alargué la mano. Le dije: “Permítame estrecharle la mano a un buen profesional.” Ahora sonrió él. Yo le hubiera dado un abrazo pero me dio corte. Admiro a un buen profesional. Si cada persona fuera un buen profesional en su profesión, el mundo andaría bien.

 

Sev (Severn) es hija de David Suzuki, el japonés-canadiense ecólogo conocido por sus programas en televisión y por sus proyectos en Amazonia. Cuando Sev tenía solo 12 años, su padre le pidió hablara en la Cumbre Tierra (Earth Summit) de Río de Janeiro 1992. Comenzó a darle ideas, pero ella le atajó: “Papá, ya sé lo que quiero decir. Mamá me ayudará a escribirlo. Tú entréname solo un poco en como decirlo.” Su pequeño discurso fue el más celebrado de toda la cumbre. A mí me emocionó al leerlo. Aquí está.

“Hola. Soy Severn Suzuki, y hablo en nombre de ECO, Organización Ecológica de Niños.

Somos un grupo de niños de 10 y 12 años que intentamos mejorar las cosas –Vanesa, Morgan, Michelle, y yo. Hemos recogido dinero para venir desde cinco mil millas a deciros a vosotros, adultos, que tenéis que cambiar. Al venir hoy aquí, estoy luchando por mi futuro. Perder el futuro no es como perder unas elecciones o perder unos puntos en la bolsa. Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones por venir; estoy aquí para hablar en nombre de todos los niños hambrientos en todo el mundo; estoy aquí para hablar en nombre de innumerables animales que están muriendo en todo el planeta porque ya no tienen a donde ir.

Tengo miedo de andar al sol por los agujeros de ozono; tengo miedo de respirar porque sé que el aire está sucio; yo iba antes a pescar con mi padre en mi ciudad, Vancouver, hasta que hace unos años nos encontramos con peces llenos de llagas; y ahora oímos que animales y plantas desaparecen cada día –para no volver.

Yo he soñado con ver rebaños de animales salvajes, bosques y selvas tropicales llenas de pájaros y mariposas, pero ahora dudo si existirán para que las vean mis hijos. ¿Os preocupabais vosotros de esas cosas cuando teníais mi edad?

Todo esto está sucediendo ante nuestros ojos, y sin embargo estamos obrando como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y todas las soluciones. Yo soy solo una niña y yo no tengo las soluciones, pero quiero sepáis que vosotros tampoco las tenéis –no sabéis como arreglar el agujero de ozono; no sabéis como devolver los salmones a los torrentes secos; no sabéis como recobrar animales extinguidos; no podéis devolver el bosque a lo que ahora es desierto. Si no sabéis como arreglarlo, ¡dejad de estropearlo, por favor!

Aquí sois delegados de vuestros gobiernos, personas de negocios, organizadores, comunicadores, o políticos, pero en realidad todos sois madres y padres, hermanas y hermanos, tías y tíos, y todos vosotros sois los hijos de alguien. Yo soy solo una niña, pero sé que soy parte de una familia de cinco mil millones, de treinta millones de especies, y eso no lo cambian ni fronteras ni gobiernos.

Yo soy solo una niña, pero sé que todos estamos metidos en esto y tenemos que actuar como un mundo unido hacia una meta única. Estoy furiosa, pero no ciega, y tengo miedo, pero no temo decirle al mundo como me siento. En mi país hay mucho desperdicio; compramos y tiramos, compramos y tiramos; y sin embargo los países del norte no comparten con los necesitados; aun cuando tengamos más de lo necesario, tememos perder nuestra riqueza, tememos perder control. En Canadá vivimos una vida privilegiada con mucha comida, agua, vivienda; tenemos relojes, bicicletas, ordenadores, televisores.

Hace dos días, aquí en Brasil, nos sacudió el pasar un rato con niños que vivían en la calle, y esto es lo que uno de ellos nos dijo: ‘Yo querría ser rico, y si lo fuera, les daría a todos los niños de la calle alimento, vestidos, medicinas, casas, amor y cariño.’ Si un niño de la calle que no tiene nada está tan decidido a compartir, ¿por qué nosotros que lo tenemos todo somos tan avaros? No puedo dejar de pensar que estos niños tienen mi misma edad, y que la diferencia es donde has nacido. Yo podría ser una de esas niñas en las favelas de Río, una niña hambrienta en Somalia, una víctima de la guerra en el Oriente Medio, un mendigo en la India.

Yo solo soy una niña, pero sé que si todo el dinero que se gasta en guerras se gastase en acabar con la pobreza, en proyectos de desarrollo, en encontrar respuestas ambientales, esta Tierra sería un lugar magnífico. En el colegio, incluso en el kindergarten, nos enseñáis cómo portarnos en el mundo –nos enseñáis a no pegarnos con otros, a resolver los problemas amigablemente, a respetar a los demás, a limpiar lo que ensuciamos, a no hacer daño a nadie, a compartir, a no ser tacaños. Entonces, ¿por qué vosotros no hacéis lo que nos decís que hagamos nosotros? No os olvidéis por qué estáis asistiendo a estas conferencias, por quién estáis haciendo esto –somos vuestros hijos.

Estáis decidiendo en qué clase de mundo vamos a vivir. Los padres deberían poder consolar a sus hijos diciéndoles, ‘Todo irá bien’, ‘Estamos haciendo todo lo posible’, y ‘Esto no es el fin del mundo’. Pero no creo que podáis ya decirnos eso.

¿Estamos siquiera en vuestra lista de prioridades? Mi padre dice siempre, ‘Eres lo que haces, no lo que dices’. Pues bien, lo que vosotros hacéis me hace llorar a mí por las noches. Vosotros los mayores decís que nos queréis, pero os desafío, de verdad, haced que vuestros actos reflejen vuestras palabras. Por favor.

Gracias.”

Cuando Sev bajó del escenario en medio de una gran ovación de todos en pie, se fue derecha a su madre y le preguntó, “Mamá, ¿oías como latía mi corazón?”

(David Suzuki, The Autobiography, Allen & Unwin, Australia 2006, p. 281)
 

El padre de Sev cuenta esta anécdota de su propia inmigración en el Canadá. “Dos inmigrantes japoneses llegan al Canadá en domingo, y van a pasear por la calle. Uno de ellos va mirando hacia abajo, ve un billete de veinte dólares y se inclina para cogerlo. Su amigo le para y le dice: ‘Déjalo ahí. Mañana empezamos a trabajar’.” (p. 4)