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“Él inclinó los cielos y bajó, un espeso nublado debajo de sus pies; cabalgó sobre un querube, emprendió el vuelo, sobre las alas de los vientos planeó.” (Salmo 17:10)

En la India estoy acostumbrado a ver que cada uno de los dioses hindúes tiene su cabalgadura. Vishnu tiene al águila Garuda, Shiva al toro Nandi, Ganesh al ratón, Kali al tigre, Yama al búfalo, Sarásvati al pavo real. Por eso sonrío ecuménicamente al ver que en un rincón de la Biblia me encuentro también con una cabalgadura para Yahvé. Y su cabalgadura es un querubín.

Son los querubines del arca, testigos de oro, trono de majestad, santuario de adoración sobre los cuales se asienta Yahvé en grandeza solemne de corte real, y a donde se dirigen certeras las plegarias de Israel:

“Pastor de Israel, tú que guías a José como un rebaño; brilla tú que estás sentado entre querubes, aparece ante Efraín, Benjamín, y Manasés.” (Salmo 79:2-3)

Yahvé se sienta entre querubines, y cuando desea desplazarse, en los entenderes terrenales pero legítimos de nuestra imaginación limitada, se sirve también del trono de querubines como carroza real. Es la visión majestuosa de Ezequiel:

“La gloria de Yahvé salió de sobre el umbral del Templo y se posó sobre los querubines. Los querubines, al partir, desplegaron sus alas y se elevaron del suelo ante mis ojos, y las ruedas con ellos. La gloria del Dios de Israel estaba encima de ellos.” (Ezequiel 10:18-19)

Dios está en todas partes. Todo lo sabe y todo lo ve. No necesita moverse porque lo llena todo. Nosotros lo sabemos y él lo sabe. Pero también nos gusta a nosotros, y por lo visto también a él, que tengamos imaginación y pintemos cuadros y humanicemos lenguajes y cantemos versos y pongamos color a sus revelaciones y alas a su presencia. Yo le agradezco al Señor que me permita imaginármelo volando sobre un querubín. Licencia poética que agrada a los ángeles. Ángeles de transporte.