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atrás - OS CUENTO - 15/09/09
 

[Os ha gustado a varios la experiencia del médico que os conté la vez pasada. Otras dos experiencias del mismo, no menos emotivas. A mí se me han saltado las lágrimas.]

La noche era oscura, de eso estoy seguro. Las noches de Nueva York tienen dimensiones de juicio final. El cielo sin estrellas era un mar sin faros, inmenso, sin carabelas ni héroes. Noche sin horizonte, sin un hilo de luz que trace la frontera entre lo que somos y lo que será de nosotros. Camino del hospital en la profundidad de la noche, saltándome semáforos, cruzando ante las casas, los faros que venían de frente me cegaban. El hospital relucía a los lejos. Era mi turno esa noche y llegaba algo tarde y apresuré la marcha. No había tráfico esa noche.

El puente George Washington apareció de pronto en completo silencio. Un milagro. Era la noche de Navidad. Solo yo lo cruzaba; en el carril contrario un coche destrozado, con la parte delantera abollada, descansaba contra la mediana. Ni ruido de sirenas ni destellos de luces. Crucé en el instante, en el momento en el que la luz se apaga, los ojos se cierran, el péndulo se detiene, y una muchacha, allí dentro, moría. Del coche salía humo como de incienso. No vi náufragos, ni cuerpos en el agua. Mucho menos sangre ni cabellos alborotados ni miembros destrozados. En la noche de Nueva York el silencio absoluto, la visión de la chatarra, y alguien dentro de ella. Seguí adelante, no me fuese a confundir de desvío. Minutos más tarde vi luces en la ventana del hospital que giraban como faros y, en el silencio de la noche surgían sirenas de los bancos de niebla. Llegaban las ambulancias. Me puse la bata blanca y atendí a mis enfermos. Trabajo normal en mi sección.

Solo horas más tarde se me acercó un compañero cirujano y me puso la mano en el hombro. ‘Lo siento, Nuno.’ No entendí la disculpa. Desconsolado, el cirujano, poco mayor que yo, iba describiendo sus esfuerzos heroicos sin saber yo bien de qué o de quién se trataba: carótidas pinzadas con tenazas, intentos audaces por detener las hemorragias. La vida había terminado aquella noche en la mitad del puente. Cuando me crucé con el coche destrozado y solitario del que salían chispas y humo no pensé que conocería a quien lo ocupaba. Pero el cirujano de bata ensangrentada dijo un nombre y de pronto todo quedó claro, porque vinieron a mi memoria una sonrisa irlandesa que todo lo vence, unos ojos azules con música celta, unos cabellos rubios de otra raza. Pero, sobre todo, la simpatía de la enfermera que me ayudaba a navegar con la sonrisa que llegaba de su isla hecha de hierbas y acantilados, de tréboles y duendes, entre los escollos de mi angustia. La había visto bailar por los pasillos del hospital, bailar solo con andar, sin mover la cintura. La había visto, inclinada sobre sábanas usadas, hacer la cama de hombres sin historia como si cada uno fuera su hombre. La había visto, al levantar la cabeza de la tarea cansada, tener tiempo y ánimo para una sonrisa cómplice a aquel médico venido de tan lejos y que la admiraba. [Nuno había venido de Portugal.] La sonrisa y los ojos decían cosas que no hacía falta decir. Tal vez, quién sabe, yo aún llevara conmigo restos de marejada y acento de gaviotas. Quien sabe si cruzaba la noche de Nueva York en las carabelas de mi raza.

La noche era oscura, de eso estoy seguro, y también de que de las profundidades de la noche salía humo de incienso de los restos de un coche atravesado en un puente, polvo de un ángel. Quién sabe si hoy es en el cielo, como lo fue en la tierra, mi ángel de la guarda.

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Parecía una muñeca arreglada con mal gusto. Vestido de tul, encajes y bordados como para un bautizo o primera  comunión. El vestido era blanco y se extendía con la delicadeza de una corola sobre la cama de cuidados intensivos. No reacuerdo del nombre, pero era, de cualquier forma, La Niña.

Ya antes de nacer quedó destruido su cerebro. Las carótidas, interrumpidas por un coágulo, dejaron de suministrar el oxígeno necesario para la vida de las células que la harían pensar, hablar, o amar. Que la harían existir, en suma. Sin embargo, cuando nació, su corazón latía y los centros nerviosos necesarios para la respiración y otras funciones vitales estaban intactos, permitían la vida o, por lo menos, contar los días. Tenía 15 años y un aspecto grotesco. Cabía en una cuna, pues la inmovilidad de años había atrofiado músculos y extremidades. Las encías hinchadas por los medicamentos cubrían una hilera irregular de dientes. Una cara descarnada, sin expresión. Pero tenía ojos. Y los ojos debían de hablar y suplicar en aquella lengua de pobre y de vencido que todos los niños hablan, porque la familia, cuyo acento, humildad y aflicción revelaban de inmediato su procedencia humilde de cualquier aldea de Colombia, afirmaba sin sombra de dudas ‘que no era la misma’. Es decir, que algo le pasaba y por eso la habían traído al hospital.

Pero, ¿le podía ‘pasar algo’ para decir que ‘no era la misma’? ¿Cómo era posible que aquel ser, con casi nada que la distinguiese de una flor, manifestase algo más que una flor? Era conmovedor, sin duda, el amor que demostraban hacia aquella casi ‘cosa’, el cuidado en vestirla, la mirada ansiosa que interroga y suplica, la angustia. Pero ¿cómo creerlas? Su cerebro era agua y también sal en la proporción exacta de una lágrima, pero para que el cráneo no creciese de forma desmesurada un tubo lo conectaba al vientre, por donde debía escurrir, gota a gota, el exceso de líquido. Mar que envuelve el cerebro y lo protege. ‘No es la misma’ imploraba la madre con ojitos inquietos. Dos o tres palabras en mi español de portugués y los ojos se iluminaron. El doctor ‘era de los nuestros’, hablaba castellano, comprendería que el corazón de madre sabe cosas que la razón de los doctores desconoce. Habla la lengua de dulzura inmensa, latín de misa que Nuestra Señora comprenderá. Los ángeles intercambiarían miradas cómplices y, con golpes de ala prestados de las gaviotas, alejarían ciertamente las nieblas matinales que cubrían con cortinas de dosel los restos de la mirada de aquella hija adorada.

No fue fácil convencer al cirujano de que retirara el tubo. Lo cierto es que no funcionaba, y que un nuevo drenaje devolvió a la mirada de La Niña algo que yo no veía, porque estaba ciego. Pero ellas lo vieron. El amor con que la familia cuidaba de aquella hija, nieta, y sobrina, resultaba verdaderamente enternecedor. Lo que le decían, cómo la acariciaban con halagos que yo desearía, y aun hoy envidio. El agradecimiento que me demostraron me hace abrigar la esperanza de que, en el día del juicio final, una familia modesta de alguna parte de Colombia intercederá por mí.

Pasaron meses. Una noche sonó el busca a esa hora de la madrugada de hibernación más profunda. La familia de ‘mi paciente’ –decía el médico de guardia– exigía mi presencia. La Niña estaba agónica, con una infección generalizada, y nada convencía a la familia de que el fin era inevitable. Exigían la presencia del neurólogo que arañaba el castellano y que, por una vez en la vida, los había comprendido. No existe mérito en el cumplimiento de un deber que se impone como la fuerza de la gravedad. A las cuatro de la mañana el agua de la ducha aclaraba las ideas, lavaba el alma, dejaba limpio el espíritu como después de la confesión. Cuando llegué, me limité a abrazar a la aldea de Colombia, del todo idéntica, de verdad, a las aldeas de mi país [Portugal], a las madres de mi país, a las mujeres de la tierra donde nací. Emigrantes como yo aferrados a la niña que acicalaban como si fuera la noche de su presentación en sociedad.

En los días siguientes muchos compañeros me dieron el pésame por la muerte de ‘mi’ paciente. Todos me decían que sabían lo que ella representaba para mí. No creo que yo les hubiese contado lo que había aprendido: que era posible amar al ‘minuscuamperfecto’ y, con ello, conservar un resquicio de esperanza para el día del juicio final.

(Nuno Lobo Antunes, Lo Siento Mucho, Aguilar, Madrid 2009, p. 78, 85)