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  atrás - ME CONTÁIS - 15/09/09

Un compañero me alerta que consulte el último número de ‘Selecciones de Teología’, la revista de los teologados jesuitas de España. En la página que me indica viene una anécdota del padre Marcelino Zalba, que fue profesor mío en mi juventud, y murió el año pasado cumplidos los 100 años. Fue miembro de la célebre comisión nombrada por Pablo VI para estudiar si la píldora y otros medios artificiales anticonceptivos deberían ser permitidos en la Iglesia. La comisión recomendó que se permitieran por una mayoría de 14 a 4. El padre Zalba era uno de los cuatro que se oponían, y de hecho el papa siguió a los cuatro que estaban en contra en vez de a los catorce que estaban a favor. Y prohibió la píldora. El que cuenta la anécdota es otro gran moralista de aquellos tiempos, el padre Bernard Häring:

‘Está el gran problema del que habló el padre Zalba. Él lo dijo gritando, y yo comprendí que se trataba de la angustia real presente en el alma de un hombre bueno: “Si estas cosas [la  prohibición de los anticonceptivos artificiales] pueden cambiarse, ¿qué pasará con los millones de personas que hemos enviado al infierno hasta hoy?”

La señora Crowely, esa simpática y gentil dama norteamericana, le respondió: “Padre Zalba, ¿está usted seguro de que Dios cumplió con todas las órdenes que usted le dio?”’

(Citado en Selecciones de Teología, Julio-Septiembre 2009, Vol. 48, 191, p. 196)

El mismo número de ‘Selecciones de Teología’ trae una cita de Andrés Torres Queiruga sobre este tema y la opinión de muchos sobre él:

‘La persistencia numantina en mantener en todo su rigor normas morales que incluso un gran número de fieles y de teólogos considera anacrónicas y a veces inhumanas, está creando una situación que no resulta exagerado calificar de desastrosa.’ (Ib. p. 228)

Lo dice una revista de teología.