Cada mañana, cuando en África se despiertan las gacelas, saben que tienen que correr más rápido que el más veloz de los leones o, si no, no volverán a ver la aurora.
Cada mañana, cuando en África se despiertan los leones, saben que tienen correr más rápido que la más lenta de las gacelas o, si no, se quedarán con hambre.
No importa si eres león o gacela. Cuando salga el sol, lo mejor es que espabiles. (p. 43)
Al inscribirse para su primer safari en un parque de caza de Tanzania, el turista americano se siente seguro de saber cómo actúa ante cualquier emergencia. Se acerca cautelosamente al experimentado guía local y le dice con aire sabihondo: “Sé que llevando una linterna se puede mantener alejados a los leones.” “Es cierto”, le replica el guía, “pero depende de lo rápido que corra usted con la linterna en la mano.” (71)
Proverbio africano: “Se necesita todo un poblado para criar a un niño.” (74) En Europa, por lo visto, basta un kindergarten.
Cuando trabajaba como sacerdote en Tanzania, pasé un año entero preparando para el bautismo a un grupo masai. Al cabo del año tenía que decidir quién estaba preparado y quién necesitaba estudiar más.
Ndangoya, el más anciano, me paró amable pero firmemente: “Padre, ¿por qué tratas de dividirnos y separarnos? Durante todo el año nos has estado dando clases. Cuando tú no estabas hemos hablado de todas esas cosas, de noche, delante de la fogata. Sí, hay vagos en esta comunidad. Pero les hemos ayudado con mucha entrega. Hay tontos en la comunidad, pero les han socorrido los que son inteligentes. Hay gente con poca fe en este poblado, pero les han animando aquellos cuya fe es grande. ¿Quieres expulsar y obligar a abandonar a todos los perezosos, a los que tienen poca fe, y a los que son tontos? Desde el primer día he hablado por ellos. Ahora, un año después, puedo prestar testimonio –por ellos y por todos– de que hemos alcanzado el punto en nuestras vidas donde podemos decir: ‘Creemos’.”
Miré al anciano. Los bauticé a todos. (101)
Saqué unas fotos a los chicos del pueblo. Las revelé y se las enseñé a todos. El pequeño Mohammed reconoció en las fotos a cada uno de sus amigos y se los iba enseñando a su madre por sus nombres, pero no se nombraba a sí mismo. ¿Sería timidez? No. Su madre le señaló una foto en la que estaba él: “Mohammed, ese eres tú.” Me di cuenta de que el pequeño Mohammed no había reconocido su propia cara porque en este poblado no hay espejos. Mohammed sólo se conocía a través de su madre, sus amigos, o sus vecinos. Las gentes de este poblado se ven a través de espejos humanos. Cuando se saludan ¿qué tal estás hoy? o cuando dicen no tienes buena cara, estás enfermo, o ¡qué cara tan alegre tienes hoy! Dinos por qué estás tan contento, entonces aprenden quiénes son. Esa noche recé y le pedí a Dios: “Si alguna vez llegan a este poblado los espejos modernos, por favor, no permitas que esta gente prescinda de sus espejos humanos.” (109)
En una zona de Kigali, Ruanda, donde vivían juntas gentes de las etnias hutu y tutsi, estalló una guerra genocida llena de venganzas sangrientas. Los vecinos atacaban a los vecinos. En aquel lugar, un hombre hutu mató a su vecino tutsi. Algún tiempo después, cuando el Frente Patriótico de Ruanda había ganado la guerra y se había hecho cargo del gobierno, se empezaron a investigar las atrocidades cometidas. Se le pidió a la mujer del tutsi muerto que identificara al asesino de su esposo. Rehusó, sabiendo que el hombre de la etnia hutu sería ejecutado. Eligió el perdón. (123)
África entiende la muerte. Una mujer joven, casada y viviendo en otro pueblo, vino al poblado, y pasó por la misión a saludarme. Yo sabía que estaba enferma del sida, y se le notaba el estado avanzado de la enfermedad. Había venido a despedirse. Me dijo:
- He venido a ver a mi madre en el pueblo.
- ¿Crees que tú estás empeorando?
- Sí, eso me parece.
- ¿Tienes miedo?
- No. He hecho todo lo que deseaba. Mis hijos están bien. Me he asegurado de ello. Pero necesitaba ver a mi madre.
Nos despedimos y la contemplé mientras subía la calle. La joven caminaba como una reina. Lo que dejaba a su paso era suelo sagrado. (125)
El 29 de abril de 1994, veintidós personas, la mayoría colegialas, fueron asesinadas durante un ataque a una escuela católica femenina en Muramba, en la región de Gisenyi, de Ruanda, cerca de la frontera con la República Democrática del Congo. Durante la guerra del genocidio entre hutus y tutsis, un grupo de hombres armados asaltó el colegio y ordenó a las niñas que se dividieran por grupos étnicos, humus a un lado y tutsis al otro. Las niñas se negaron, dando testimonio de que de hecho eran una sola comunidad que se quería. Los hombres abrieron fuego despiadadamente, matando a diecisiete niñas e hiriendo a otras catorce. La Hna. Margarita Bosmans, misionera belga, directora de otro colegio cercano, trató de parar a los asesinos y también la mataron. (127)
A algunos forasteros en África les saca de quicio la falta de espíritu competitivo de ciertos africanos. Los tanzanos parecen haber elegido la colaboración y el compañerismo como forma de vida. El primer indicio que tuve de ello fue un día de competiciones para alumnos de una escuela de Secundaria. Las pruebas no incluían arco, ni lanzamiento de jabalina, ni siquiera enfrentarse tirando de una soga. Solo había carreras pedestres. Después de media docena de eliminatorias en la prueba de las cincuenta yardas, la religiosa católica que se encargaba de la competición se dio cuenta de que estaba pasando algo extraño. Le resultaba muy difícil determinar la ganadora en cada carrera: todas llegaban a la meta exactamente al mismo tiempo. Antes de la séptima eliminatoria, preguntó: “¿Qué pasa aquí? Nadie gana.” La respuesta salió de la boca de la menos tímida de las jóvenes: “Oh, hermana, es mejor si llegamos todas juntas.” (185)
Como les pasa a todos los misioneros en Tanzania, el padre Jack se sentía muy incómodo por la diferencia que había entre su nivel de vida y el de sus vecinos. La gente vivía en casas de adobe y techo de paja, mientras que él habitaba en una casa de cemento con tejado bueno y terraza. Los nativos acarreaban agua de un pozo que se hallaba a mucha distancia, mientras que durante la estación de las lluvias él recogía el agua de la lluvia en tanques situados encima del tejado. Y su comida era mucho más variada que la ordinaria en el pueblo. Un día, mientras viajaban, el misionero le confesó a Carlos, su catequista, lo incómodo que se sentía viviendo como un rico entre los pobres. Carlos arrugó el entrecejo en señal de incredulidad. Después le soltó: “Pero padre, usted es el más pobre del poblado. ¡Usted no tiene nietos!” (189)
Un misionero fue a un área remota de Tanzania a proclamar el evangelio entre los masai, un pueblo famoso por sus valientes guerreros. Un día el misionero hablaba a un grupo de adultos acerca de la salvación que nos traía Jesucristo. Les explicaba que Jesús es el Hijo de Dios, el salvador y redentor de toda la humanidad. Cuando terminó de hablar, un anciano masai se levantó despacio y le dijo al misionero: “Has hablado bien, pero yo quiero saber más de ese Gran Jefe, Jesucristo. Quiero preguntarte tres cosas sobre él, y de tus respuestas dependerá si aceptamos a Jesús como a nuestro Jefe. La primera, ¿mató alguna vez un león? La segunda, ¿cuántas vacas tenía? Y la tercera, ¿cuántas mujeres e hijos tuvo?” (199)