Cuando visité las cataratas de Iguazú, conducía mi grupo un guía que resultó tan agradable en el trato como buen profesional en su oficio. Era ya una persona mayor, llevaba más de diez años enseñando las cataratas a turistas según nos dijo, y lo hacía con un entusiasmo, una ilusión, un fervor que añadía su encanto personal al espectáculo sobrecogedor de las cataratas más bellas del planeta. He visto el Niágara y he visto las Cataratas Victoria, pero nada como la caída masiva, solemne, vertical de las aguas blancas entre vegetación tropical a lo largo de la frontera que marca el río Iguazú entre Argentina y Brasil.
El salto “Álvar Núñez Cabeza de Vaca”, su descubridor para el occidente, que las llamó “Saltos de Santa María” como único nombre digno para tanta belleza, el “Salto de Adán y Eva”, “El Salto de Las Dos Hermanas”, y sobre todo “La Garganta del Diablo” que acerca el majestuoso caer de las aguas grandes (Iguazú quiere decir “agua grande”) a la mirada atónita, encantada, embrujada del espectador que contempla casi al alcance de su mano la furia de las aguas en su caída geométrica sobre el abismo sin fondo. El arte de la naturaleza en la majestad de la selva.
Me hizo reír el nombre de un salto: “Salto Ramírez”. No muy poético, nos comentó el guía, y yo le recordé que en el tiempo que precedió a la segunda guerra mundial, los franceses habían construido una línea de fortificaciones a lo largo de su frontera con Alemania, que llamaron “Línea Maginot”; los alemanes contestaron solemnemente con la “Línea Sigfrido” paralela al otro lado de la frontera…, y los españoles, para no ser menos, pusimos también algunos cañones en los Pirineos apuntando a Francia por si acaso, y los llamamos “La Línea Gutiérrez”, que era el nombre del ingeniero que la proyectó. También los apellidos corrientes tienen sus derechos.
Nos hicimos amigos, el simpático guía y yo, y al despedirnos me animé a decirle:
- Le admiro por el entusiasmo con que nos ha enseñado usted las cataratas. Enhorabuena.
- Digo lo que siento, señor.
- Ya lo veo, pero también me ha dicho usted que lleva más de diez años enseñando día a día el mismo paisaje.
- Así es.
- ¿Y no le aburre eso un poco? Repetir todos los días lo mismo, por grandioso que sea el espectáculo, ¿no degenera en rutina y repetición y desgana?
- Admito que a veces sí, y unos días me sale la gira mejor y otros peor, pero siempre procuro animar a los visitantes y apreciar yo mismo la suerte que tengo de contemplar todos los días esta maravilla que ustedes pagan por venir a ver y a mí me pagan por enseñarla.
- Le felicito.
- Y ahora permítame a mí también una pregunta. Usted me ha dicho que es sacerdote, ¿no?
- Sí, lo soy.
- Y usted dice misa todos los días.
- Sí.
- Es decir, que usted también repite más o menos las mismas oraciones cada día.
- Así es.
- ¿Y no le aburre eso?
- A veces sí, y no todos los días son lo mismo, pero también yo procuro animar a mis oyentes y doy gracias por mi suerte en tener este oficio como usted por el suyo.
- Sí, pero yo le llevo a usted una ventaja: yo cambio de oyentes todos los días, y usted tiene siempre los mismos. Yo también le aprecio a usted, y acuérdese de las cataratas.
Me acordaré toda la vida.
Cuando reflexioné caí en la cuenta de que la experiencia del guía ante turistas había sido también la mía como profesor ante alumnos. Durante treinta años enseñé matemáticas en la universidad y tenía ante mí en la clase cien muchachos y muchachas que eran la flor y nata de la juventud estudiantil. Lo pasábamos en grande. Yo preparaba bien mis clases, afilaba los teoremas, trabajaba las ecuaciones, creaba el suspense, alargaba la prueba, cuestionaba planteamientos, invitaba sugerencias, cometía errores a idea para medir la atención de mis alumnos y que me corrigieran sobre la marcha, simulaba la angustia, gastaba tizas, borraba pizarras enteras, aceleraba el desenlace, llegaba a la fórmula final al golpe de la campana de fin de clase. Sonrisas, ojos grandes, respiros de alivio, a veces hasta aplausos. Aquello era la gloria. Me decían otros profesores que no les gustaba tener clase después de la mía porque dejaba agotados a los alumnos. Algo era verdad. Nos divertíamos la mar.
Pero, claro, ya lo adivinas. No todos los días. Matemáticas es la más encantadora asignatura del mundo, como cualquier estudiante de la materia te dirá, pero matemáticas mañana y tarde cinco días a la semana son muchas matemáticas. Y la misma clase dada a varias secciones y el mismo programa repetido en varios años tampoco ayudan. No hay suspense que agarre ni truco que resulte. El primero en aburrirme a veces era yo mismo. Y cuando yo me aburría, se aburrían todos. Clases monótonas, ecuaciones borrosas, equivocaciones engorrosas, pruebas inacabadas, resultados frustrados. Ahí no aguanta ni Euclides con sus triángulos. Yo me aburría. Y cuando yo me aburría, se aburrían todos, claro. Borra la pizarra y desaparece cuanto antes. Hoy salió mal la clase.
Ya has entendido la parábola. Compartimos responsabilidades. Cuando el sacerdote que celebra la Eucaristía disfruta con ella, disfrutan todos los asistentes. Cuando él se apaga, se apagan todos. Si el animador no anima, se desanima el equipo. Todos queremos hacerlo bien. Pero a todos nos asalta a veces la rutina, y en nuestra debilidad podemos realizar las acciones más celestiales con la indiferencia más terrena. De entrada, no hay que asustarse. Lo importante es caer en la cuenta de la situación, y a eso puede ayudar la sinceridad de un correo electrónico que me despierta. Una vez que caemos en la cuenta, anotamos, reflexionamos, enmendamos. La observación ayuda, y la experiencia acompaña. Hay que recoger datos antes de proceder al diagnóstico.
Me ocurre una idea traviesa y casi irrespetuosa, pero en el fondo consoladora, al tratar del delicado tema de nuestra atención en los actos de culto. José y María seguro que llevaban a Jesús todos los sábados a la sinagoga desde muy pequeño, como lo llevaron al Templo de Jerusalén en cuanto llegó a la edad para ir. Y probablemente los niños judíos se aburrían en la sinagoga los sábados tanto como los niños cristianos se aburren en la iglesia los domingos. No suelen disfrutar mucho los niños de la liturgia. Tampoco era Jesús el único pequeño en la sinagoga, y ya habría gestos y guiños y risas y carreras por el suelo sagrado entre pequeños asistentes. Y quizá también se quedaba a veces Jesús dormido en brazos de su Madre mientras el rabino de turno explicaba escriturísticamente los profetas. Cuando Jesús mismo se presentó más tarde en la sinagoga de Nazaret como maestro, cuenta san Lucas que “le entregaron el rollo del profeta Isaías, lo desenrolló, leyó, lo volvió a enrollar, y se lo devolvió al sacristán”. (Lucas 4:17-20). Mucho rollo, que dirían los jóvenes. Es posible que Jesús, de pequeño, también se aburría los sábados en la sinagoga. Habría que preguntárselo a su Madre.
¿Hijo mío, qué dijo el rabino en la sinagoga esta mañana?