“¿Cuántas horas al día dedicas a Dios?”
preguntaron al nativo de la selva.
Y él contestó:
“Todo el día”.
“¿Y cuanto tiempo al trabajo?”
“Todo el día.”
“¿Y cuánto tiempo al descanso?”
“Todo el día.”
Para comprender al nativo habrá que ver las cosas como él las ve. Él no divide el día con horarios occidentales. Claro que hay día y noche que la misma naturaleza marca en su curso; pero no un diario ejecutivo marcado en su agenda electrónica con plazos cerrados a ritmo de secretaria. El día es uno, como la vida es una y la persona es una; es toda la persona la que se emplea a fondo en todo lo que hace, y todo ello es actividad vital sin dividirla en trabajo y ocio o curso y vacaciones. El trabajo se hace con alegría, y descansa; y se hace con entrega, y lleva a Dios. No hay parcelas de tiempo.
Nos explican con claridad inesperada: el que no sabe descansar mientras camina, no llegará. Un poco a regañadientes adivinamos lo que quieren decir y comenzamos a ver que tienen razón. No se trata de descansar interrumpiendo el caminar, deteniéndose a sentarse un rato en medio del camino; no es eso, sino descansar mientras se camina; caminar de tal manera que sea descanso en vez de tensión, juego en vez de esfuerzo. Esa es la mejor garantía de llegar.
El ganador de un maratón australiano que duraba dos días seguidos con descansos para comidas y para la noche entre los dos días, fue un campesino rústico que se apuntó a la carrera, y que no sabía que había que parparse para comer y dormir; y siguió corriendo sin pararse los dos días porque, por lo visto, sabía “descansar al caminar”, y fue el primer sorprendido cuando llegó el primero muy por delante de todos los demás que habían dividido el tiempo entre carrera y descanso. Hemos perdido el arte de hacer las cosas descansando.
Medimos horarios, trabajamos mirando al reloj, vamos a la huelga para recortar horas de trabajo, oponemos el trabajo al descanso, dividimos el día. Y al hacer eso, nos dividimos a nosotros mismos y tenemos que parcelar el tiempo con exclusividades opuestas. Hemos perdido la totalidad del ser y del obrar que poseía el hombre al que llamamos primitivo, y con eso los perdedores somos nosotros. Trabajar para descansar y descansar para trabajar. Es decir, hacer siempre algo para poder hacer otra cosa, sin estar nunca de veras en lo que hacemos. Así nos luce.
Cuando se unen el trabajo y el descanso, se unen también el hombre y Dios, y el nativo puede contestar con verdad que todo su día es de Dios y del trabajo y del descanso. No hay divisiones artificiales No hay oposición en la persona ni en el ejercicio. No hay demandas rivales de tiempo. Todo es de la totalidad de la persona que se entrega a la totalidad de la actividad. Hay ecos de Paraíso Terrenal en esa inocencia existencial de los aborígenes. Sin duda ellos viven más cerca de allí.
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