Otro viaje me ha llevado a Filadelfia donde asistí a la consagración de un templo jainista. La ceremonia llevó toda la mañana. El templo estaba lleno de fieles, hombres y mujeres jóvenes, seglares profesionales y familias enteras, que tomaron parte en el largo ritual con devoción activa. Todos participaban con entusiasmo. El ungir cada estatua de cada dios o profeta (el jainismo tiene 24 profetas) con los óleos, perfumes, y polvos prescritos, el recitar las oraciones sagradas, el cantar todos juntos, los silencios y el gong marcando los espacios del espíritu, el juntar las manos en actitud orante y el inclinarse cuando había que hacerlo… todo aquello era una oración comunitaria, unánime, visible, que transformaba el recinto de piedra en lugar sagrado de culto y de presencia. Y lo interesante era que todo, hasta la unción de las imágenes con los óleos sagrados, lo hacían seglares, hombres y mujeres. Daba gusto ver tanta gente joven y tan activa en el templo.
Los óleos para la unción de las imágenes se subastaban, es decir, los fieles devotos rivalizaban en contribuir a cada ceremonia, financiando así la institución religiosa con las contribuciones espontáneas de todos. Algo así como poner la x en la casilla de la Iglesia en la declaración de la renta. Todo, repito, estaba dirigido por seglares, que es la fuerza de la religión jainista. El maestro de ceremonias era un ingeniero joven que dominaba la liturgia, explicaba cada ceremonia, entonaba los cantos, citaba sánscrito por metros con una pronunciación exquisita (¡y nosotros que hemos perdido el latín!), decía a cada cual qué debía hacer. De repente dijo: “Después de darles las gracias al actual presidente y demás miembros de nuestra asociación, voy a llamar aquí a los futuros dirigentes: que se acerquen al altar todos los jóvenes, chicos y chicas, ya que ellos serán en el futuro los presidentes y secretarios y encargados que llevarán adelante el gobierno del templo.” Y llegaron saltando los jóvenes, futuro y promesa de la antigua religión india en tierra americana entre el aplauso de todos.
La ceremonia más significativa fue la de la bandera. En la India todos los templos tienen bandera como símbolo santo y artístico de la casa de Dios entre los hombres. Primero se trajo en procesión la bandeja plegada y se depositó ante el altar. Se procedió a desplegarla. Tenía medio metro de altura por cuatro metros de larga, con lo cual quedaría sobre el mástil erigido en la torre más alta del templo como estandarte al viento. Era blanca y llevaba bordados en toda su longitud símbolos religiosos y sílabas sagradas. Fue bendecida, acariciada, adorada. Luego se subió en procesión al mástil de la torre por fuera. Allí quedó, según explicó el ingeniero, como señal permanente, como santificación de todos los edificios alrededor, como oración pronunciada incesantemente por el viento al desplegarla abierta y hacerla ondear sobre el paisaje diario, como presencia sagrada en medio del entorno urbano, como sacramento permanente de liturgia ancestral. Esa es la esencia del templo: lugar de oración y adoración por dentro, y testigo de la presencia de Dios en la ciudad por fuera. Templo jainista de la antigua India en medio de la moderna América. Ejemplo de religión viva, y secreto de su vitalidad actual: toda la organización de la religión la llevan los seglares. Hay en el jainismo monjes y monjas de gran virtud y ciencia, que se dedican a llevar vida ejemplar en sus cinco votos (verdad, no violencia, pobreza, castidad, desprendimiento), a estudiar, publicar y predicar, a hacer penitencia, a dirigir y animar a los fieles. Pero los monjes no mandan ni ordenan ni presiden. La organización, financiación, planificación y administración del culto está totalmente en manos de seglares. Buen ejemplo.
Otra ceremonia del día fue la terminación de un largo ayuno que había llevado a cabo un miembro de aquella congregación, amigo mío. Yo siempre he dicho que los jainistas son los campeones olímpicos del ayuno. Tienen varias maneras de practicarlo, todas ellas populares y muy frecuentes: un día a la semana sin comer nada en absoluto en todo el día (upavas), ocho días seguidos sin comer nada en su festival anual de la Paryushan (atthai), y una sola comida al día a la menor provocación (ektanu). Una de las observancias más difíciles es el ayuno alternativo que consiste en ayunar un día sí y otro no, es decir, comer normal un día y no comer nada en absoluto el siguiente, y así sucesiva e ininterrumpidamente durante 13 meses y 13 días, con los tres últimos días sin comer nada, y, eso sí, manteniendo durante todo el año toda la actividad profesional, social y familiar como de ordinario (varshitap). Eso es lo que había hecho este amigo mío indio durante un año largo, y me invitó a acompañarle en la fiesta del fin de su ayuno. Rompió el largo ayuno tomando cucharaditas de jugo de caña de azúcar de mano de sus amigos en el templo.
Me pidieron que hablase, y, entre otras cosas, les expliqué la diferencia entre el ayuno jainista y el cristiano en la cuaresma. Jesús en el evangelio nos dice que cuando ayunemos nos lavemos la cara y nos unjamos el pelo para que la gente no se entere de que ayunamos. Si lo hacemos públicamente, perdemos el mérito ya que lo hacemos para que nos vean los demás y entonces Dios no nos recompensa; pero si lo hacemos sin que se entere nadie, entonces nos recompensa Dios (Mateo 6:16). Eso fomenta la humildad y evita el presumir de asceta. Ese es el valor de esa actitud. Quizá eso ha influido en el hecho de que el ayuno casi no se practique entre los cristianos. El ayuno obligatorio para católicos es solo dos días al año, el Miércoles de Ceniza y el Viernes Santo, y aun entonces consiste solamente en “hacer una comida principal al día y otras dos que sumadas no excedan en cantidad a la comida principal”. No hace falta jugo de caña de azúcar para salir de ese “ayuno”. Es casi un abuso del término, ya que ayunar significa no comer.
Algo semejante ocurre con la “abstinencia” de no comer carne. Yo pasé un verano en la universidad jesuita de Georgetown en EEUU estudiando lingüística comparada, y al acercarse el día de nuestro fundador y patrón San Ignacio de Loyola que es el 31 de julio, mis compañeros me dijeron: “Tienes suerte. Este año el 31 de julio cae en viernes.” Tuvieron que explicarme. El día de San Ignacio el menú solía ser pavo, que es el plato estrella en América y como tal el correspondiente para la fiesta del santo fundador; pero como ese año la fiesta caía en viernes, y en viernes no se puede comer carne, el menú del día sería… langosta. Liturgia gastronómica. No nos toca ni medalla de bronce en las olímpicas de la penitencia.
Por otra parte la actitud jainista (como también la musulmana) ante el ayuno es hacerlo público para dar testimonio de práctica de la religión y robustecer así la fe de la comunidad con el buen ejemplo público de sus miembros. Ese es el valor de esa otra actitud. Y hay que entender y apreciar todas las actitudes. En la religión musulmana se considera al ayuno del Ramadán como uno de los cinco pilares del Islam (junto con la proclamación de fe, la oración, la limosna, y la peregrinación a la Meca), y como tal se observa, y fortalece a la comunidad musulmana en su fe como es bien sabido.
Curiosamente, y para completar el panorama ecuménico, hay una religión que prohíbe el ayuno, y también la mencioné ante los jainistas. Son los parsis o seguidores de Zoroastro. Zoroastro prohibió el ayuno, el celibato y toda clase de penitencias a sus seguidores porque Dios ha creado el mundo y todas las cosas buenas en él, en particular la comida y el sexo para que los seres humanos continúen en su existencia y propaguen el género humano, y sería hacerle un feo a Dios no recibir y utilizar con alegría lo que él nos ha dado con tanto cariño y cuidado. El dejar de comer y el no hacer uso del sexo es “anatema” para ellos como ellos mismos proclaman. Los parsis son bien queridos en la India, y son una religión que nunca ha reñido con nadie.
A mi amigo le acompañaron en aquel momento otros miembros de la congregación jainista que habían hecho el mismo ayuno en años anteriores. No todos lo hacen, pues es voluntario, pero un buen número de hombres y mujeres de los allí reunidos lo habían hecho y se levantaron a saludar. Eso da fuerza a la comunidad. Acabé citando un proverbio de la lengua guyaratí en la India que dice, cuando alguien no ha hecho él mismo el acto de que se trata pero lo celebra con su presencia: “Yo no me he casado; pero he asistido a muchas bodas.” Nosotros no hemos ayunado, pero hemos asistido a esta celebración del ayuno, y algo del mérito de la penitencia de nuestro amigo nos resbalará a nosotros. Se rieron.
Por cierto que casi me quedo sin poder entrar en los EEUU. Cuestiones de burocracia. Al embarcar en el aeropuerto de Madrid hube de llenar unos impresos donde en una de las casillas tenía que poner la dirección donde iba a pasar mis tres primeras noches en América. Yo le dije al oficial que no la sabía, porque mis amigos que me habían invitado vendrían a esperarme al aeropuerto en Filadelfia y me llevarían a su casa. Yo solo tenía un número de teléfono. Me explicó: “Yo le entiendo a usted, pero el ordenador no. El ordenador es un robot y requiere que usted llene esa casilla, y si no la rellena, el ordenador marcará su ficha como defectuosa, se recibirá allí como tal y le será negada la entrada en América. Tiene que llenarla.” Tiré de imaginación, y escribí como lugar de residencia para mis primeras tres noches: Hotel Hilton, Filadelfia. Entré en Filadelfia sin dificultad con todos los honores. Les conté a mis amigos lo que me había pasado. Y me dijeron que no había Hotel Hilton en Filadelfia. Por una vez le gané al ordenador.