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atrás - OS CUENTO - 15/06/09
 

Vivía yo aquellos días de casa en casa por los barrios pobres en la ciudad de Ahmedabad pidiendo la limosna de la hospitalidad a familias dispuestas a darla, y viviendo así una semana en cada nueva casa. En una de esas casas el padre de la familia me enseñó con orgullo el altar de sus dioses familiares en el que había juntado, como suele ser la costumbre, diversas imágenes del rico panteón hindú para no ofender a una divinidad mientras se agrada a otra, y así congraciarse con todas. Allí estaba el alegre Krishna, con su flauta y su pluma de pavo real en la frente; Shiva, con su melena que detuvo la bajada del Ganges sobre la tierra; Lakshmi, diosa de la riqueza; Sarásvati, diosa de la sabiduría; Ganesh, el dios de cabeza de elefante, invocado al comenzar toda obra buena, destruidor de obstáculos y abogado de causas imposibles; la ejemplar pareja Sita-Rama con su fiel servidor Hanumán, el dios de rostro de mono; Kali, la diosa de los momentos difíciles; y Yama, dios de la muerte cabalgando sobre el búfalo negro. Mi amigo me los mostró todos, y luego, con un gesto devoto y satisfecho, señaló una imagen en el medio y me dijo para darme una grata sorpresa:

- Mire usted, para recordar para siempre su estancia en mi casa esta semana, he puesto también al Señor Jesús entre mis divinidades favoritas.
- Que él te bendiga siempre. ¿Me enseñas la estatua de cerca?
- Sí, mire, aquí está. Es esta.

Entonces yo me acerqué, miré con atención, y una ligera sonrisa curvó mis labios. Era una sonrisa de agradecimiento y humor al mismo tiempo, y espero que mi amigo no llegara a sospechar su causa. Sí, allí estaba una imagen indudablemente cristiana; pero no era precisamente la de Jesús. De hecho, la imagen era… ¡la de Nuestra Señora de Fátima! Por lo visto, la semejanza entre las largas vestiduras del Sagrado Corazón de Jesús y de Nuestra Señora había confundido a mi amigo, que había tomado a la una por el otro. Estoy seguro de que Jesús y la Virgen disfrutaron con la broma, y yo también la disfruté con ellos y no le revelé a mi amigo hindú la identidad equivocada de su imagen. Así fue como Nuestra Señora de Fátima llegó a presidir la vida de una familia hindú con su cariño maternal.

Sucedió que en un seno fueron concebidos gemelos. Pasaron las semanas y los gemelos crecieron. A medida que fueron tomando conciencia, su alegría rebosaba: “Dime: ¿no es increíble que vivamos? ¿No es maravilloso estar aquí?” Los gemelos empezaron a descubrir su mundo. Cuando encontraron el cordón que los unía a su madre y a través del cual les llegaba el alimento, exclamaron llenos de gozo: “¡Tanto nos ama nuestra madre que comparte su vida con nosotros!”

Pasaron las semanas, luego los meses. De repente se dieron cuenta de cuánto habían cambiado. “¿Qué significará esto?” –preguntó uno-. “Esto significa –respondió el otro- que pronto no cabremos aquí dentro. No podemos quedarnos aquí: naceremos”. - “En ningún caso quiero verme fuera de aquí –objetó el primero- yo quiero quedarme siempre aquí”. - “Reflexiona. No tenemos otra salida –dijo su hermano. Acaso haya otra vida después del nacimiento”. - “¿Cómo puede ser esto? –repuso el primero con energía. Sin el cordón de la vida no es posible vivir. Además, otros antes de nosotros han abandonado el seno materno y ninguno de ellos ha vuelto a decirnos que hay una vida tras el nacimiento. No, con el nacimiento se acaba todo. Es el final”.

El otro guardó las palabras de su hermano en su corazón y quedó hondamente preocupado. Pensaba: “Si la concepción acaba con el nacimiento, ¿qué sentido tiene esta vida aquí? No tiene ningún sentido. A lo mejor resulta que ni existe una madre como siempre hemos creído”. - “Sí que debe existir –protestaba el primero-. De lo contrario, ya no nos queda nada”. - “¿Has visto alguna vez a nuestra madre? –preguntó el otro. A lo mejor sólo nos la hemos imaginado. Nos la hemos forjado para podernos explicar mejor nuestra vida aquí.”

Así, entre dudas y preguntas, sumidos en profunda angustia transcurrieron los últimos días de los dos hermanos en el seno materno. Por fin llegó el momento del nacimiento. Cuando los gemelos dejaron su mundo abrieron los ojos y lanzaron un grito. Lo que vieron superó sus más atrevidos sueños.

(Selecciones de Teología, nº 152, Vol.38, 1999, pág.306)

(Último cambio: 15.06.2009)
(Próximo cambio: 01.07.2009)