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Nadie sabe hacia dónde
va a saltar el saltamontes.
Ni siquiera él mismo.

Muchas veces en mi niñez observé al saltamontes. Y es verdad lo que dice el proverbio chino. Nunca se sabe hacia dónde va a dirigir el saltamontes su próximo salto. Lo primero que hace al aterrizar desde su última parábola es girar sobre sí mismo en el suelo, pero una vez es hacia la derecha, otra hacia la izquierda, una vez es un ángulo mínimo y otra vez es media vuelta entera. Salto y giro, y otro salto y otro giro, pero nunca dos saltos en la misma dirección. La línea recta no se hizo para el saltamontes. Veleta olímpica. Campeón de sorpresas. Héroe del zigzag. Llega a donde quiere, pero llega a su manera. Y ni siquiera él sabe cuál va a ser su próxima manera. Quizá tampoco sabe todavía a dónde quiere ir. Y eso convierte su alegre trayectoria en lección sabiamente correctiva para la vida humana.

Espontaneidad del momento. Giro imprevisto a cada salto. Geometría alegre en tres dimensiones. Fe en que al final del juego, el deporte, y el circo que vamos representando aquí abajo, llegaremos al fin adonde hemos de llegar a través del laberinto espacial de la libertad disfrutada. La línea recta es aburrida. Conocer el final desde el principio es matar la sorpresa. Hay que recuperar en cada aterrizaje la frescura inicial para recomenzar el vuelo hacia donde nos lleve en el momento concreto nuestro instinto certero. El saltamontes nunca se equivoca.

Bien está el planear, prever, sacarse seguros de vida, consultar mapas, y trazar itinerarios. Todo hace falta en este complicado mundo en que vivimos. Pero lo que más falta hace es la libertad de reaccionar a cada momento con la totalidad inédita del organismo vivo que se sabe en plena posesión de sus facultades y se fía de sí mismo y de la naturaleza entera al dejarse llevar a donde le acaba de decir su instinto. Otro salto y otro aterrizaje inesperado. A veces incluso pequeños accidentes aerodinámicos. También le sucede al saltamontes. Pero vuelta a enderezarse y a proseguir su ballet geométrico en curvas airosas. Trenza brisas con sus vuelos. Y siempre vuelve a la tierra que le da sustento, protección, y descanso. Alegre vida sobre verdes prados.

El saltamontes es ligero. Ahí está el secreto de su alegría. Salta porque no pesa. Vuela porque no está atado. Parecen increíbles las alturas que alcanza en sus acrobacias gratuitas. No le pesa el cuerpo. No le pesan las preocupaciones. No le pesa el pasado. No le pesa el futuro. No le pesan los pesares. Es ligero de cuerpo, de miembros, de estructura, de mente, de conciencia. Por eso vuela. Hay que echar lastre. Hay que vaciar almacenes. Hay que limpiar fondos. Arrastramos tal peso de memorias y resentimientos y sueños y miedos que no podemos despegar. Pocos animales saltan tan alto en proporción altura-cuerpo como el saltamontes; y pocos tan bajo como el hombre y la mujer. Podemos mejorar nuestras marcas.

Es fascinante contemplar de cerca los viajes del pequeño saltamontes. Observar y aprender. Saltar por encima de las dificultades cuando no podemos resolverlas. Cambiar de terreno cuando se ha agotado el anterior. Avistar horizontes desde vértices instantáneos en atalayas aéreas. Fuerza inmediata y reposo tranquilo. Energía y elegancia. Transitoriedad y despreocupación. Saber vivir en el suelo y saber asomarse a las alturas. Y todo al filo del momento, de salto en salto, de emoción en emoción.

No pensaba yo que unas memorias zoológicas de la niñez me iban a resultar lecciones de espíritu en años lejanos. No hay experiencia que se pierda. El saltamontes de hoy se convierte en inspiración de mañana. Y la vida se enriquece con todo lo que hemos puesto en ella. Bienvenido sea el recuerdo alegre del ligero saltamontes. Figura de espontaneidades en la monotonía de la vida. Aprendamos a saltar.