[Karen Armstrong, cuya biografía de Mahoma es el mejor libro sobre el Islam que yo he leído, y que ha escrito sobre religiones y vida religiosa, dice que el reciente libro Seminary Boy (Seminarista) de John Cornwell fue “lectura compulsiva” para ella que también fue monja en su juventud. El libro describe con respeto y honradez el catolicismo de los años 50 que muchos de nosotros vivimos. En él recurre el tema del pecado, la confesión, el escrúpulo, y como nuestra generación sufrió del complejo de culpa y muchos me lo consultáis todavía, cito aquí algunas páginas, no para abrir antiguas heridas sino para cerrar las que continúan abiertas.]
“El padre se presentó como miembro de la Orden Pasionista que iba a darnos un Retiro de cuatro días en Semana Santa del Miércoles Santo al Sábado Santo. Nos explicó que cuando Judas traicionó al Señor, el evangelio dice que ‘Satanás entró en su corazón’, y que era ese mismo Satanás quien acechaba especialmente a los jóvenes que querían ser sacerdotes. En un seminario de Roma, nos dijo, el demonio había entrado en el alma de un seminarista, que era un buen chico como cualquiera de nosotros, y al que hubieron de exorcizar para echar al demonio que llevaba dentro, y que en aquel momento el joven había apoyado la mano en el panel de madera y este se había quemado. ‘Esa marca’, añadió en voz baja, ‘permanece allí hasta este día’. No pude cenar aquella noche, y no fui el único. (118)
Yo no había quedado tranquilo después de la confesión que le había hecho al padre Hemming el día de Navidad. ¿Le había dicho yo la verdad de lo que me había pasado en las primeras horas de aquel día? ¿Había yo consentido o no en aquellos pensamientos? ¿No le había dado yo la impresión de que estaba medio inconsciente cuando pasó aquello? ¿No quería esto decir que mi confesión había sido deliberadamente falsa? ¿No habría entrado con eso Satanás en mi alma? (121)
El sermón del padre Pasionista no hizo nada por suavizar mi tormento mental. Habló del peligro de dar por supuesto que estamos en estado de gracia cuando en realidad estábamos camino del infierno. Nos contó el ejemplo de Tomás de Kempis, el ‘santo’ autor del libro que todos leíamos, La Imitación de Cristo, que cuando abrieron su tumba para examinar su cuerpo como parte del proceso de canonización y ver si estaba incorrupto, se encontraron que su cuerpo estaba retorcido y la tapa del ataúd rayada por dentro con sus uñas, de donde dedujeron que lo habían enterrado vivo sin querer, él despertó en el ataúd y murió desesperado, con lo cual se canceló el proceso de canonización. ‘Si os cuento esto, queridos hermanos en Cristo, es para que nunca deis por supuesto que estáis en gracia de Dios’, dijo al final. (122)
Después de esa meditación, en la que mi cerebro hirvió con la certeza de que estaba condenado y destinado a pasar toda la eternidad en el infierno, me agarró un agudo dolor de cabeza sobre el ojo izquierdo. Corrí a confesarme. Me salió todo: la mañana del día de Navidad, mis dudas, el padre Hemming, mi temor de estar en pecado mortal. El confesor me largó un sermón y al final me dijo que el sentir placer con cualquier movimiento sexual, aunque no fuera provocado, era pecado mortal, y que, además, lo que me sucedía de noche bien podía ser provocado por lo que yo había hecho o dejado de hacer de día. (122)
‘Seamos prácticos’, dijo alegremente al final. ‘Vamos a suponer que cometiste un pecado mortal la mañana de Navidad, y que no habías sido sincero con el padre Hemming en la confesión, lo cual fue otro pecado mortal, que además convirtió a todas tus confesiones desde entonces en otros tantos sacrilegios. Yo ahora te doy la absolución por todos esos pecados en cuanto fueron culpables, y en el futuro has de tener mucho cuidado con las causas durante el día que pueden desencadenar esas situaciones durante la noche. Evita todo gusto agradable, lo mismo que vistas o sonidos atractivos, y conviértete en un atleta de la pureza.’ (124)
Se me pasó el dolor de cabeza. Por la noche me acosté en la cama, saqué el cordón del pijama, me até con él las muñecas y lo pasé alrededor de mi cuello para que mis manos no se descuidasen mientras yo dormía. Cuando desperté por la mañana quedé confuso al verme atado. Luego me acordé y desaté los nudos. La salvación de mi alma iba a depender en adelante de entrar en un régimen monástico de silencio, negación de mí mismo, y oración constante el resto de mi vida. ¿No era esa precisamente mi verdadera vocación? (127)
Pero mi cuerpo seguía rebelándose. Pasando páginas de la revista The Illustrated London News veía los agujeros donde el padre Doran había cortado figuras de mujeres, y los agujeros me provocaban más que lo habrían hecho las propias fotos. Había respetado las fotos de la reina Isabel II, bien modestas por cierto, pero aun así bastaban para provocarme. Volvieron los escrúpulos. Quedé atrapado en el ciclo pecado-confesión-pecado-confesión al que me ayudaba la facilidad de poder confesarme todos los días. Veía a otros chicos, con rostros patibularios, hacer cola para confesarse día tras día. Ahora entendía yo la necesidad de ese sacramento diario. No era solo el terror de que una muerte repentina nos cogiera cuando estábamos descuidados y nos precipitara en el infierno por toda la eternidad, sino también, y más real y concretamente, era la vergüenza de que vieran que no iba a comulgar en la misa, ya que no se podía comulgar en pecado mortal. Así fue como yo pasé a formar parte de la cola de hombros inclinados y rostros angustiados ante el confesionario. (182)
Una vez, después de haber descargado toda la ropa sucia de mi alma, el padre Piercy, que era el confesor de turno aquel día, me dijo con su aguda voz nasal: ‘¿Cómo esperas que Dios Omnipotente derrame sus gracias sobre la santa casa que es este seminario cuando tú estás cometiendo pecados tan graves en él?’ Otra nueva razón para el complejo de culpa y el hundimiento de mi auto-estima. Me dio una penitencia bien fuerte, todos los misterios dolorosos del rosario, y me dijo que me fuera y no volviera a pecar. Más fácil decirlo que hacerlo. Al arrodillarme en la capilla de la Virgen yo estaba en un estado de ansiedad aguda. ¿Sería posible que mis actos hicieran que el edificio del seminario fuera devorado por el fuego o desapareciese en un corrimiento de tierras de la colina por mi culpa? (183)
Volvió a ser Cuaresma; y con la estación de penitencia los demonios sexuales asaltaban mi alma y mi cuerpo como nunca. Mi única consolación era reconocer en lo oscuro de la noche los quejidos rítmicos de los muelles de las camas por todo el dormitorio, que me confirmaban que yo no era el único en mis aflicciones solitarias. En mi esfuerzo por someter al cuerpo, comencé a llevar otra vez el jersey de lana áspera sobre la piel, y até a mi antebrazo desnudo un alambre con un clavo oculto bajo la camisa. Por la noche, al apagarse las luces, ataba mis muñecas a la cabecera de la cama, como había hecho el pasado año. Dejaba todos los manjares que me gustaban, y no tomaba té nunca. Rezaba y rezaba por un milagro: que las tentaciones de la carne cesaran. (186)
Mi padre espiritual, el padre Armishaw, fue quien me devolvió cierta paz. ‘¿Qué te ha pasado?’ me dijo al ver la cara que tenía yo por entonces. ‘Ven conmigo.’ Le conté todo lo de aquel Retiro y sus consecuencias. Le dije lo desgraciado que era, y como estaba en un estado de desesperación. Cuando acabé, él se quitó las gafas y se puso a chupar una de las patillas. No habló durante un siglo, se volvió a poner las gafas, y al fin dijo: ‘A decir verdad, yo no estaba muy contento con algunas de las cosas que os dijo el director del Retiro. En cuanto a lo que a ti te dijo en particular, olvídate. ¿Me oyes?’ Su tono de voz y su amabilidad me calmaron. Dijo que Dios no esperaba lo imposible de nosotros; que nos ama y quiere que seamos felices. Añadió que yo estaba sufriendo de ‘escrúpulos’, agonías de conciencia, y que muchos seminaristas sufrían de lo mismo, sobre todo si estaban mal aconsejados. Al final me dijo suavemente: ‘Ahora márchate; y, por favor, ¡dale un respiro al Espíritu Santo!’ El padre Armishaw me devolvió la paz. Había hablado con naturalidad y echando tacos. Y además me había revelado algo de suma importancia. Nunca se me había ocurrido a mí que los sacerdotes podían no estar de acuerdo entre ellos.’ Bajé las escaleras dando saltos.” (130)