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“Volvió segunda vez el ángel de Yahvé, le tocó y le dijo; ‘Levántate y come, porque el camino es demasiado largo para ti’.” (1 Reyes 19:7)

El profeta Elías teme por su vida. La impía Jezabel ha jurado deshacerse de él en un día, él se ha enterado a tiempo, ha huido a escondidas y escapa solo por el desierto. El peligro que se cierne sobre él, el cansancio y el hambre y la sed han podido más que él, y pide la muerte al Señor: “¡Basta ya, Yahvé! ¡Toma mi vida, porque no soy mejor que mis padres!”. Y se tumba a morir.

También hay en mi vida momentos de huida, de desierto y de depresión. ¡Basta ya! ¿De qué sirve todo lo que he hecho? No soy mejor que mis padres, no he logrado cambiar nada ni a mí mismo, he perdido el tiempo, he dispersado energías, he malgastado la vida. Ya estoy harto de esfuerzo y de lucha y de estrellarme contra muros de intransigencia y de llamar a puertas sordamente cerradas. Prediqué en desierto y trabajé en vano. La vida ha sido pocas veces agradable, casi siempre aburrida y con frecuencia inaguantable. Ese es el sumario triste de una existencia más. Y me invade el hastío.

No he llegado a pedirle a Dios el fin de mi vida. Pero sí he pensado a ratos que no me importaría morirme. Ya está bien. Ya he hecho todo lo que podía hacer y visto todo lo que podía ver. No estoy para más. Mi muerte no le importará nada a nadie como no le ha importado mi vida. He sido una burbuja en un océano inútil, y puedo desaparecer sin la menor consecuencia. Me duele la vida con su peso negro de falta de sentido y de injusticia intrínseca. Ya he caminado demasiado por el desierto y mis fuerzas no dan para más. Me tumbo con el último gesto del descanso en la arena hostil. Y espero no volver a despertar.

Entonces llega el ángel y me toca el hombro. Me despierto y veo a mi lado “una torta cocida sobre piedras calientes y un jarro de agua”. Manjar de vida en soledad de espíritu. Y el ángel insiste. “Come y bebe, que te queda un largo camino”. Y me levanto y como y bebo con instinto animal de conservación al principio, y con gratitud creciente según me van volviendo las fuerzas al alma.

Hay alguien que se cuida de mí. Hay alguien a quien le importo. Se ha tomado el trabajo de amasar una torta en piedras calientes y llenar un jarro con agua y encontrarme y despertarme y urgirme a comer. El ángel que me veía y me quería y estaba a mi lado y me demuestra su querer cuando más lo necesito. Ángel que es símbolo y señal de ángeles de la tierra que, a pesar del pesimismo cerrado, sí que se cuidaban de mí y me apreciaban y me querían y me siguen queriendo. Personas a quienes sí que les importo y que me quieren vivo y a su lado, haga yo lo que haga, o no lo haga o deje de hacerlo. Amistades que me quieren por mí mismo y que redimen con su afecto personal la aridez insoportable del desierto que sigue siendo desierto, pero que ya no lo es tanto porque tengo compañía y aprecio y cariño. Tengo una torta caliente al lado y un jarro de agua. Y alguien que lo ha traído y que demuestra con la ayuda oportuna que vigila mi amistad y ama mi vida. Y como y bebo. Y me levanto y echo a andar. El desierto sigue siendo desierto, y el horizonte sigue siendo de fuego, pero ahora hay fuerza en mis pies y firmeza en mi mirada porque siento a mi ángel y sé que me acompaña y que velará por que yo atraviese las arenas y llegue a poblado y encuentre paz. El ángel de la prueba.

“Elías se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios, el Horeb.” (1 Reyes 19:8)