| |
Suelo oír música mientras escribo. Clásica siempre. Instrumental, porque me distraen las voces humanas. Mozart y Beethoven y Schubert y Bach. Nunca por orden, así que nunca sé qué me voy a poner, y es siempre un gozo el recobrar alguna obra maestra olvidada hace tiempo. Hacía mucho tiempo, años, que no oía yo el Concierto en Re de violín de Beethoven. Recuerdo habérselo oído a Jehudi Menuhin en el Teatro Real de Madrid en una de esas actuaciones que no se olvidan nunca. Menuhin dijo en aquella ocasión que, aunque el concierto no es de difícil ejecución para el violinista, él había esperado mucho tiempo en su vida profesional a poderlo tocar porque, aparte de la ejecución, hace falta mucha madurez artística para hacerle justicia. Lo tengo en CD en versión de Arthur Grumiaux dirigido por Colin Davis. Tanto tiempo hacía que no lo oía, que me había olvidado de cómo comenzaba el concierto. Me acordaba, sí, del tema del último movimiento al que se ha llamado “uno de los temas más alegres de todos los tiempos”, pero por más que intentaba acordarme del comienzo no me venían a la memoria los primeros compases con los que se abría el concierto. Se me habían borrado de la memoria.
Entonces me pasó una cosa curiosa. Tomé el estuche del CD en la mano. Lo abrí. Saqué el disco. Lo fui a colocar en el tocadiscos, y antes de meterlo, antes de cerrar la tapa y apretar el botón y oír ni una sola nota, cuando el disco estaba todavía en mis manos y leía su carátula con el título de la pieza y su autor, oí en mi oído interior con toda claridad y definición los primeros compases del concierto. Los cuatro golpes callados de timbal con que comienza la partitura. Y de ahí toda la melodía seguida. ¿Qué había pasado?
Había pasado que la memoria no es solo oído. No es solo memoria intelectual y actividad mental. Es sensorial. Es vista y tacto y cuerpo entero. Es actividad corporal. Mis manos tocaron el disco, mis ojos leyeron la carátula, y en la cabeza me sonó de inmediato el comienzo del concierto olvidado. No hizo falta ninguna nota ni partitura, no hubo que esperar a que el disco girara y sonara, no hubo que dirigir a la orquesta. Con el disco en silencio, expectante en mis manos, sonó la melodía y comenzó la velada.
Eso es importante. La memoria no es puramente intelectual, sino corporal. Todo recuerdo está inscrito en nuestro cuerpo. Cuidado si el recuerdo daña. Y bienvenido si es bueno. Como el concierto de violín. Que se me vuelva a meter en el cuerpo. Fa-sol-la-si-do-reee-la...
Y por si fuera poco, otra experiencia. Acabo de estar en Málaga y visité Puerto Banús que yo había conocido hace cuarenta años cuando era solo un pequeño puerto de pescadores con un chiringuito en el que tomamos un refresco. Ahora es un gran puerto con toda clase de yates lujosos e instalaciones modernas. Al ir hacia allí quise recordar el nombre del chiringuito pero no me acordaba. Sí recordé el sitio en la plaza donde estaba, aunque ya no está ni está su nombre, pero al pasar por allí me vino de repente el nombre a la memoria: “El Chiringuito de El Beni”. Mis pies se acordaban. Hace pensar.
Más divertido aún. Yo fui de pequeño al colegio alemán pero lo dejé a los diez años y no volví a practicar nunca la lengua. En la primavera cantábamos un canto al mes de mayo… que yo no había vuelto a cantar desde mis días de colegio. Y son ya más de setenta años desde entonces. Pues bien, el 1 de mayo pasado salí a mi paseo matutino, saludé al bello día primaveral que me esperaba al aire libre, vi árboles en flor alrededor mío…, y de repente, sin quererlo ni pensarlo, me encontré que estaba cantando por lo bajo ante mí mismo el canto alemán al mes de mayo de mi tierna infancia:
Der Mai ist gekommen,
Die Bäume shlagen aus.
“¡Ha llegado mayo! Los árboles florecen.” Y verso tras verso como si los hubiera aprendido ayer. La memoria los guardaba. Y los sacó cuando quiso. Todo está en el subconsciente. Menos mal que también están las flores de mayo. |
  |
|
Swami Ramdas fue un santo hindú del siglo pasado, encantador y simpático, que anduvo por toda la India cantando a Dios y haciendo sonreír a la gente. Transcribo alguna de sus experiencias. Él hablaba siempre de sí mismo en tercera persona, como san Ignacio en su diario, por eso cuando dice “Ramdas dijo…” quiere decir “yo dije”.
“Ramdas llevaba ya unos días en el templo predicando y distribuyendo a los pequeños los alimentos y dulces que le traía la gente cuando un día por la mañana vinieron dos policías mahometanos. Apartaron a la gente y llegaron a donde estaba Ramdas y su compañero. Se plantaron enfrente de ellos, uno sacó lápiz y cuaderno y preguntó con voz seca:
- ¿Son ustedes los sadhus? Déme su dirección que tenemos prisa.
- La dirección de Ramdas es este templo en que está en este momento.
- ¿Lugar de nacimiento?
- El universo.
- No me vengan con tonterías que acabarán en la cárcel. ¿Ocupación?
- Alabar a Dios.
- ¿Qué es eso?
- ¡Oh Dios! ¡Qué maravillosos son tus caminos! A veces te nos apareces con aspecto cariñoso, y a veces con aspecto serio, pero eres el mismo. La madre besa al niño amorosamente y le riñe también seriamente, pero siempre es la misma madre. Hoy nos has enviado a alguien que nos amenace, pero ese eres tú, el mismo que te nos apareces en los que vienen a presentarnos sus respetos. Los devotos que han venido con sus ofrendas eres tú, Dios, y el policía que viene a arrestarnos eres tú. ¡Qué arte tienes en disfrazarte de modos tan distintos! ¿Y la cárcel? Lo único que le importa a Ramdas es repetir el nombre de Rama, Rama, Rama, nombre de Dios bendito, y eso se puede hacer lo mismo en el templo que en la cárcel. Vamos a donde usted quiera llevarnos.
El policía lo escuchó con paciencia. Ramdas seguía tan tranquilo y alegre como siempre. De repente el policía cambió de aspecto. Su rostro se suavizó y cambió de color. Bajó los ojos, juntó sus manos ante el pecho en saludo que antes no había hecho, y dijo:
- Señor, mil perdones por mi lenguaje. Yo venía dispuesto a arrestarle por las órdenes que me habían dado, pero tengo experiencia en mi cargo y solo con ver su rostro al hablarme he visto que usted es un hombre de Dios. Su sonrisa lo dice todo. Me he portado desconsideradamente y le pido perdón.
Se metió el lápiz y cuaderno en el bolsillo e hizo señas a su compañero para marcharse. Antes de que se marcharan, Ramdas les dio unos dulces de los que estaba repartiendo. Ramdas se enteró luego que habían enviado antes a dos policías hindúes para apresarle, pero la multitud devota les había convencido de que no lo hicieran, y por eso enviaron a policías musulmanes, y esos habían venido con arrogancia. Pero también ellos dejaron en paz a Ramdas.
- - -
Una mañana Ramdas encontró a Durgadas y Gopalrao sentados a la sombra de un árbol en el jardín, examinando unas piedras preciosas que Gopalrao había comprado. Este tenía en sus manos un gran ópalo transparente de mucho valor. Se lo mostró a Ramdas y le dijo: “Mire qué piedra tan maravillosa. Me ha costado mucho, pero merece la pena tenerla, ¿verdad?”
Ramdas se inclinó y tomó una piedra ordinaria del suelo. Les dijo: “¿Veis esta piedra? ¿No es maravillosa? ¿No es una obra de arte original, sorprendente, espléndida? Ahí está toda la fuerza de la creación, toda la belleza del arte, toda la majestad de la montaña. Guárdala también en tu colección.” Y se la dio a Gopalrao. |
  |
|
|