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“Ponerle pies a la serpiente.”
(Dicho Zen)

Eso es lo que hacemos todos. Nos parece que sufre la serpiente con su andar vacilante de contorsiones convulsivas a ras de suelo, y pretendemos ayudarla humanitariamente poniéndole piececitos para que ande a pasos como cualquier animal normal. Pobrecita, cómo se arrastra por el polvo. Saquémosla de su miseria con el gesto compasivo del bienhechor. Verás cómo nos lo agradece cuando pruebe la nueva locomoción. Será un gozo verla andando rítmicamente a cuatro patas. Una buena obra.

Eso es lo que hacemos todos. Complicar lo que en sí era sencillo, hacer preguntas donde el callarse era el mejor entender, buscar explicaciones cuando los hechos hablan por sí mismos. Ponerle pies a la serpiente. ¿Por qué esto, por qué aquello, por qué lo de más allá? Forzar entendimiento, elaborar métodos, multiplicar lógicas. Pretender enmendarle la plana a la naturaleza y someter a la lógica lo que es objeto de la contemplación. Unificarlo todo. Querer que todos anden igual. Querer que todos anden como nosotros andamos, que es, según nosotros, el mejor método de andar. Querer que la razón lo explique todo, que todo sea razonable, medible, explicable; que todo se ajuste a nuestra concepción, que todos anden sobre sus pies. Así nos entenderemos todos.

Así no nos entenderemos nunca. ¡Pobre serpiente! ¡Menudo lío se va a armar con sus flamantes pies! No le sale el andar. Para ella era tan sencillo deslizarse silenciosa sobre el amigo suelo que ahora no sabe qué hacer con los torpes saltitos de los extraños pies. La cobra real, que antes ganaba en velocidad al hombre, se tropieza y se enreda con las prótesis nuevas. La vida, que era clara y sencilla en su misterio vivo de experiencia directa, se hace imposible, se traba, se enreda si pretendemos aclararla con premisas rebuscadas de filosofías inquietas. La oración se hace examen, la religión se hace asignatura, Dios se reduce a la conclusión de un silogismo. La serpiente acaba por no poder andar.

No es que no haya que usar la razón. Es que no hay que abusarla. Hay que usarla para respetar la naturaleza de cada cosa, el andar de la serpiente, el misterio de la vida, la intimidad de Dios. No hay que usarla para forzar cuadrículas matemáticas en los reinos del espíritu. El excesivo razonar ahoga el afecto, apaga el fervor, seca la devoción. Las elucubraciones de la mente pueden llegar a estorbar los andares de la vida. La serpiente anda mejor sobre sus escamas fuertes, entretejidas, y resbaladizas sobre el suelo llano que sobre pies artificiales que nunca necesitó. Dejémosla andar a su aire.

¿Por qué  no andamos bien nosotros? ¿Por qué no avanzamos, no progresamos, no llegamos en la vida a donde queríamos y podíamos llegar? Porque le hemos puesto pies a la serpiente. Porque hemos complicado lo obvio, oscurecido lo claro, alejado lo cercano. Hemos perdido la inocencia espontánea de nuestro andar natural. Y estamos hechos un lío. Pidámosle al pintor que le pintó los pies a la serpiente que los borre pronto.