carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES---  
 
atrás - OS CUENTO - 15/05/07

El periódico de hoy trae titulares: “El nuevo bachillerato permitirá pasar de curso con la mitad de las materias suspensas.” Otro periódico editorializa: “El gobierno se lo pone fácil a los muchachos.” Otro: “Graduados a medias.”

Cuando yo enseñaba matemáticas en la universidad en la India les ponía de cuando en cuando a mis alumnos un problema para que lo resolvieran allí mismo en clase cada uno por su cuenta y lo comentáramos. Les preguntaba: “¿Lo queréis fácil o difícil?” Me contestaban a una voz; “¡Difícil!” Y solo desde atrás del aula se oía a algún rezagado que murmuraba por lo bajo: “Fácil.” Los muchachos y muchachas lo querían difícil. Yo también.

Cuando me examiné de la reválida de 7º a los 17 años en la universidad de Oviedo, el profesor en el examen oral de matemáticas me hizo una sola pregunta: “El binomio ‘a menos b’ elevado al cubo.” Es pregunta de párvulos. Cuando al examen se llevaba ya el cálculo diferencial e integral que yo había preparado con esmero, resultaba ridículo insultar a la pizarra con esa elemental expansión algebraica. Le dije tímido: “Señor, sé más.” “Anda, vete” respondió el profesor, “ya has aprobado.” Pero yo no quería un aprobado. Quería un sobresaliente.

Esta mañana al pasear me he cruzado con una madre y dos hijos de camino al colegio. La madre arrastraba los dos maletines con ruedas de los libros y cuadernos escolares de sus hijos, uno con cada mano, lo que le resultaba un poco incómodo por el tráfico infantil mañanero y más aún porque al ser los maletines para niños tienen las alargaderas de las asas a su medida con lo que la buena mujer, que era algo alta, tenía que andar encorvada al arrastrarlos. Los dos chicos saltaban y correteaban libres y alegres por delante. Lo sentí por la madre. Y más aún por los hijos.

Son varias y complejas las causas por las que los jóvenes de hoy no responden a las mejores expectativas de quienes los queremos de veras. Una de ellas es que no les exigimos. 

¿Harán lo mismo los gobiernos más adelante con las carreras, con la carrera de ingeniero, de abogado, de medicina? ¿Podrán graduarse algún día los médicos con la mitad de las asignaturas suspensas? Dentro de pocos años, antes de pasarse por el quirófano habrá que preguntarle al joven cirujano qué operaciones se dejó suspendidas en la carrera. Por si acaso. 

 

Cecil B. de Mille, célebre por su película Los Diez Mandamientos, tituló su autobiografía “Mis Diez Mandamientos” (Ediciones JC, Madrid 2005), y en ella cuenta este episodio (p. 41).

“En aquella misma iglesia tuve una de las experiencias más memorables de mi vida. Aún no teníamos párroco permanente y no sé cómo lograron encontrar uno para los oficios de Semana Santa. El caso es que apareció por allí un hombre alto, de barba roja, cuyo nombre nunca supe. Un día por la mañana temprano me vi solo en la iglesia antes de comenzar el oficio. Los feligreses no debían apreciar mucho los servicios del pastor, porque no acudieron. La iglesia me parecía enorme. Me senté y esperé. A la hora en punto salió el ministro de la barba roja y subió al altar, conduciéndose como si el templo estuviera abarrotado. En el momento de la colecta me sentí mal. Llevaba sólo un penique y no sabía cómo hacerlo llegar a la bandeja. Él se hizo cargo. Antes del ofertorio, se acercó al primer banco y depositó gravemente la bandeja de la colecta. Me acerqué y eché mi moneda. El sacerdote la recogió y, de vuelta en el altar, alzó mi ofrenda solemnemente, como si fuera de oro. Al terminar los oficios se marchó y yo volví a casa.

¿Por qué se grabó aquello en mi memoria durante tantos años? No fue solo el tacto con el que aquel párroco trató a un niño. Podía haber dicho: “Vuelve a casa, pequeño, hoy no hay culto”. Tampoco fue la importancia que dio a mi ofrenda. Lo que me impresionó fue ver la fe viva de aquel hombre. No oficiaba la ceremonia por mí, ni por él. Cada movimiento, cada gesto, lo realizaba ante Aquel cuya presencia sabía más real que la mía o la suya propia. Creo que habría hecho lo mismo de no estar yo, si se hubiera encontrado a solas con su Dios. La conducta de aquel sacerdote grabó para siempre en mi alma joven la conciencia de la compañía de Dios.”

 

Algunas citas del libro “Silencioso Tao” (The Tao is Silent) de Raymond M. Smullyan (La Liebre de Marzo, Barcelona 2002), que a mí me divierten.
 
Discípulo: “Maestro, ¿qué es el Tao?”
Maestro: “Te lo diré cuando te hayas bebido de un trago las aguas del Río del Oeste.”
Discípulo: “Ya las he bebido.”
Maestro: “Entonces, ya te he contestado.”
(p. 5)

 

Supongamos que dos personas, una un buen músico y la otra con muy mal oído y ninguna formación musical, están oyendo una misma pieza de música clásica. Los dos oyen lo mismo, pero uno disfruta enormemente mientras el otro se aburre. ¿No ocurre lo mismo con la vida? Hay que tener buen oído. Para encontrarle sentido a la vida. 
(20)

El Tao no manda. No hay que “obedecerle”. Hay que “estar en armonía” con él. No hay sumisión por un lado ni rebeldía por otro. Sencillamente se fluye con él.
(40)

En los orificios de la nariz del Gran Buda
anidan un par de golondrinas.
No quemes incienso. (Issa)
(51)

Sobre la campana del templo
duerme una mariposa.
No toques la campana. (Buson)
(52)

El Tao no tiene propósito,
y por ello cumple de modo admirable
todos sus propósitos.
(57)