Sabía que me lo ibais a preguntar. El limbo. Y me alegro me lo preguntéis porque el reciente decreto del papa suprimiendo el limbo es causa de gran alegría, y por más de una razón. Ante todo nos alegra que los niños no bautizados puedan ir al cielo, en vez de pasarse la eternidad en el limbo que era “un estado de felicidad natural pero sin la visión de Dios”, una especie de Kindergarten por toda la eternidad. Un poco aburrido.
Y nos alegra también porque esto demuestra la vitalidad de la Iglesia y su capacidad de crecimiento y de cambio. El limbo no era dogma de fe, y por eso ha podido suprimirse, pero sí era doctrina cristiana muy antigua y general y repetida, y sin embargo la Iglesia muy oportunamente la ha cambiado. San Agustín y Santo Tomás, el Concilio de Florencia y el de Trento, innumerables documentos del magisterio, y hasta el Catecismo de nuestra Primera Comunión afirmaban la necesidad del limbo ya que el bautismo era esencial para entrar en el cielo. Los niños muertos sin bautizar no iban al infierno porque no tenían pecado personal, pero no podían entrar en el cielo por el pecado original que solo se quita con el bautismo. Por eso se creó el limbo. Y fue doctrina obligatoria para todos los católicos hasta nuestros tiempos. Cuando yo estudiaba teología en el seminario, los libros de texto decían de la doctrina del limbo, “non est de fide sed proxima fidei”, es decir, “no es de fe, pero es próxima a la fe”.
La misma palabra “limbo” pasó a todas las lenguas europeas en su sentido literal de condición eterna que no era ni cielo ni infierno (“limbo” en latín quiere decir “límite”, terreno neutral entre cielo e infierno), y en su sentido figurado de “estar en el limbo” que significa no enterarse de nada; y este hecho lingüístico es testimonio de la antigüedad, continuidad, y seriedad de la enseñanza del magisterio de la Iglesia sobre el limbo a través de los siglos. A pesar de eso, el papa ha cambiado ahora esa enseñanza, lo cual demuestra que es un gran papa y un gran teólogo, y ha tenido la claridad y la valentía de hacer un cambio importante en las enseñanzas tradicionales. Eso nos anima y alegra. La Iglesia ha demostrado su vitalidad.
Un amigo mío musulmán me decía que los cristianos tenemos suerte de tener papa, ya que un papa puede hacer cambios y todos los católicos le obedecemos. Los musulmanes no tienen una autoridad central que pudiera interpretar el Corán según los tiempos, y eso puede crearles dificultades, según me decía él y creo que todos entendemos. Apreciemos, pues, lo que tenemos. Por eso he dicho que esta noticia no es un episodio sin importancia, sino una causa de profunda alegría. Se pueden dar cambios. |