“El Señor observa desde el cielo a los hijos de Adán,
para ver si hay alguno sensato que busque a Dios.
Todos se extravían igualmente obstinados,
No hay uno que obre bien, ni uno solo.”
Me siento movido, Señor, por esa imagen tuya en que miras desde el cielo a los hombres que has creado, y no encuentras ni uno solo que te busque de corazón. Adivino tu desilusión y tu tristeza. Parece que andas buscando a alguien de quien puedas fiarte, alguien a quien puedas llamar para encargarle tu trabajo entre los hombres. La humanidad sigue desvariada sin ti, y tú quieres tener al menos algunos hombres que te sirvan de mensajeros, de profetas, de agentes de tu gracia que recuerden a los hombres que los amas, que repitan tus promesas y proclamen tu ley. Andas mirando por toda la tierra, y no encuentras a nadie.
Una vez dijiste en voz alta cerca de donde pudiera oírte Isaías: “¿A quién enviaré? ¿Quién irá de mi parte?” Y él contestó espontáneamente: “Aquí estoy, Señor; envíame.” Y tú al instante le diste la orden, “Ve y dile a mi pueblo...”
Yo no soy Isaías, Señor; pero yo te amo, siento celo por tu gloria, y ahora acabo de oír tus palabras. Las tomo como una invitación personal que me haces a mí, doy un paso al frente y me ofrezco al trabajo. “Aquí estoy, Señor; envíame.” Yo no soy digno, no puedo hacer mucho, no valgo para nada; pero tú buscas voluntarios, y yo me apunto. Tu poder suplirá mi pequeñez.
Tú has mirado hacia abajo desde el cielo, y yo he mirado hacia arriba desde la tierra: y nuestros ojos se han encontrado. Feliz momento en mi vida mortal. Mi misión ha comenzado.
“¡Héme aquí, Señor!”
|