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“Al desaparecer el ángel de Yahvé de la vista de Manóaj y su mujer, Manóaj se dio cuenta de que era el ángel de Yahvé.” (Jueces 13:21)

A veces me cuesta caer en la cuenta de que es el ángel de Dios quien me ha visitado. Viene envuelto en las circunstancias de la vida diaria y me cuesta reconocerlo. Se disfraza de otras personas que me aconsejan y me animan, de libros que leo y palabras que escucho, de una oportunidad o una ocasión, de un estado de ánimo o de un sueño profético, de una crisis o una enfermedad, de un santo deseo que nace en mi alma sin saber yo cómo o de una luz que me llena de repente por dentro y por fuera y me hace ver clara la vida y evidente la fe y ardiente en mí el amor hacia todos y hacia todo lo que Dios ha hecho desde el principio del mundo y para siempre. Mi ángel está allí en el perfume de una flor y en la magia de un atardecer, en el rostro de un niño y en la sonrisa de un espejo, en un rincón de silencio y en medio de la marea humana que me lleva en su seno por la ciudad de hoy. Mi ángel me espera en cada noticia que leo y en cada acontecimiento que llega al mundo y a mi vida en él. Pero a veces me cuesta reconocerlo, me pierdo su presencia y no caigo en la cuenta de que era él hasta que se ha marchado.

Mi ángel tiene tantos rostros como personas me encuentro en el día, tantos mensajes como palabras llegan a mis oídos, tantos gestos como manos estrechan la mía, tantos colores como lleva en su firma el arco iris. No quiere llamar la atención con alas y plumas, y confía en que yo sabré adivinar su presencia en los rasgos del día y los encuentros de la vida. Me voy acostumbrando a su presencia anónima y ferviente. Adivino ya su paso fugaz, su inspiración súbita, su aliento en la oración, su compañía al caminar. Y, aun cuando se me haya escapado su visita, comienzo a darme cuenta en seguida al marcharse él y notar la estela de amor y alegría y bienestar que deja al despedirse.

La visita del ángel del Señor nunca es en vano. Aunque Manóaj y su mujer no lo reconocieron, tuvieron un hijo después de la visita del ángel, a pesar de que se consideraban estériles. Y llamaron al niño Sansón. Nada menos.