Me acaba de pasar. He llamado por teléfono a dos aerolíneas para reservar un pasaje. Las mismas preguntas mías, y parecidas respuestas de ellas. Las dos eran voz de mujer. Iguales en datos, rapidez, profesionalidad. Pero en una cosa eran distintas. Una de ellas rezumaba simpatía, amabilidad, educación, casi belleza. La otra era desabrida, desagradable, antipática, evidentemente fea. Y todo por la voz. ¿Tanto puede la voz humana?
Puede mucho. Está la deliciosa anécdota del ciego que conocía el carácter de las personas por su voz y declaró que el Maestro Zen Banzei siempre decía la verdad porque se notaba en su voz. O la práctica de un psicoterapeuta citado por Fritz Perls que no solo diagnosticaba dolencias por la voz del paciente, sino que las curaba cuidando la voz.
La actriz Kathleen Turner en su autobiografía tiene un capítulo entero sobre su voz. Dice entre otras cosas:
“Tomo lo de la voz muy en serio porque estoy convencida de que el sonido de mi voz tiene una importancia enorme en mi actuación en público y en como será recibida. Todo comenzó por ser yo actriz, pero en realidad es algo mucho más básico que eso. Una voz sonora es ante todo un instrumento práctico de comunicación para cualquiera en cualquier momento.” (Send Yourself Roses, p. 176)
“La voz, como las huellas dactilares, es única. Cada uno tiene una calidad única de voz, pero su efectividad se puede mejorar. Y se debe hacer. Una buena presencia vocal completa la personalidad, y yo creo que especialmente en la mujer. Diciéndolo claramente, ¿qué importa tu aspecto físico si la gente pone cara rara en cuanto abres la boca?” (177)
“Fue un gran honor para mí cuando me pidieron que fuera la narradora en un documental, Answering the Call, sobre los horribles días que siguieron al ataque del 9/11 sobre el World Trade Centre. Era tan poco lo que yo podía hacer, pero me alegró poder hacer algo. Prestar mi voz. Estábamos todos juntos haciendo frente al terrorismo. Estábamos diciendo que las fuerzas del mal no ganarán; rescataríamos todo lo rescatable, reedificaríamos, ganaríamos. Lo menos que yo podía hacer era prestar mi voz para proclamar las historias de aquella gente heroica, desde los bomberos y la policía hasta los médicos y técnicos y voluntarios que ayudaron. Me sentí y me siento humilde y agradecida ante cada uno de ellos.” (186)
“No sé si mi voz me formó a mí o yo formé a mi voz.” (180)
Dice también algo interesante sobre su abuelo. “Mi abuelo, esa gran persona que fue mi abuelo Russ, el que me dio ese lema de vida que diré después, murió a los 95. Mi hija Raquel y yo fuimos al funeral. La iglesia tenía un presbiterio circular con el altar en el centro. Enfrente del altar estaba el ataúd, no abierto, gracias a Dios. Yo tenía a Raquel, de tres años, en brazos, y me preguntó, ‘¿Dónde está el abuelo Russ?’ Le dije, ‘Mira, cariño, el abuelo Russ está en ese ataúd. Vamos, en esa caja.’ Me dijo, ‘¿Y qué está haciendo?’ Le dije, ‘Está durmiendo. Y ahora ya se ha quedado dormido y seguirá así.’ Ella reclinó su cabeza en mi hombro y dijo, ‘Buenas noches, abuelo Russ.’ Y se quedó dormida en mis brazos. Entonces fue cuando empecé a llorar. El abuelo Russ había sido quien me dio el mantra de mi vida. Cuando yo iba y le decía en momentos difíciles de mi vida de joven ‘No puedo más, no puedo aguantarlo, nunca haré eso’, él me miraba y me decía, ‘Bueno, tienes que hacerlo, ¿no es así?’ Eso es lo que me ha valido en la vida. ‘Tengo que hacerlo, ¿no es así?’ Y voy y lo hago.” (287)
Su padre se había opuesto a que se dedicase al teatro y al cine. Ya en el colegio, cuando ella actuó en una obra de teatro de fin de curso, su padre no quiso asistir a la representación, pero esto es lo que hizo: “Mi padre fue siempre una fuerza muy positiva en mi vida, pero nunca aprobó mi vocación por el escenario. Como aquella vez en que llevó a mi madre en el coche a ver la obra de teatro en la que yo actuaba en el colegio. Él no entró a ver la obra de teatro, porque eso hubiera sido en contra de sus principios. Pero tampoco iba a dejar sola a su hija. Lo que hizo fue quedarse en el coche durante toda la función. Yo me imaginaba vivamente como sus manos estarían agarrando con fuerza el volante mientras esperaba. Pero esperó.” (64)
Por cierto, de las aerolíneas que dije al principio, una era Iberia y la otra Lufthansa. Pero no diré cuál de ellas era la buena chica y cuál la mala.