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atrás - OS CUENTO - 15/04/08


 

El lenguaje cuenta. Aunque solo sea en un anuncio callejero. Allí estaba en grandes titulares cubriendo superficie inevitable ante los ojos con la imagen de una muchacha joven y alegre en primer plano. Para llamar la atención y vender el producto. A mí desde luego me llamó la atención, no para comprar el producto sino para caer en la cuenta del desplante verbal. La muchacha decía en el anuncio: “Yo no me ato a un tío.” Era una manera bastante desenfadada de decir, “Yo no pienso casarme”. Y cada cual tiene derecho a hacer lo que mejor le parezca con su vida. Pero hay maneras de hacerlo…, y de decirlo. Llamar al matrimonio “atarse a un tío” es un ataque a la cultura, a la sociedad, a la familia. Es despreciar lo más sagrado que hay en la vida. Es insultar a la pareja y a todos aquellos que se unen en matrimonio. La pareja no es un “tío”, y el casarse no es “atarse”. Más respeto, por favor.

Seguí leyendo. “Yo no me ato a un tío…, y menos a un operador móvil.” A eso iba el anuncio. A animar al transeúnte incauto a cambiar de proveedor de servicio de telefonía móvil. Por uno mejor, claro, más barato y más eficaz y más guay. Cambia de móvil. Cambia de operador. Cambia de pareja. Usar y tirar. Todo es lo mismo. Yo no me ato a nada. Ni a nadie. Yo no me caso con nadie. La verdad es que las empresas de publicidad, en su empeño por atraer clientes, trabajan la imaginación. A veces demasiado. Pero también es verdad que toman sus expresiones de los labios de los consumidores a quienes se dirigen para identificarse con ellos y regir sus opciones. Son los jóvenes los que hablan así. Y piensan así. La expresión viene de la calle. De labios jóvenes. Femeninos. “Yo no me ato a un tío.” Ese es el peligro. 

El lenguaje delata. Esa expresión en lo alto de un anuncio denuncia una actitud. Falta de compromiso. Yo no me comprometo a nada. Nunca. Y presumo de ello. El anunciador que incita a que cambien de otra marca a la suya no cae en la cuenta de que está preparando el camino para que en el próximo móvil cambien de su marca a otra. No hay que atarse a nada. La cultura de la inconstancia. La cultura de la ligereza. La cultura de la instabilidad. Rasgo de nuestro tiempo.

No estoy haciendo propaganda por ninguna marca ni por continuar siempre con la misma marca. Libertad ante todo. Pero seriedad también. Y no rebajar el matrimonio.

El padre del escritor chileno Baldomero Lillo fue capataz en las minas de carbón, y él escribió más tarde con realismo sobre la tristeza de las minas, y el dolor de infancia que nos sigue acompañando en nuestro tiempo, y que él plasma aquí con acento desgarrador.

“Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos, y el piso del ascensor de la mina que huía bajo sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que caían con vertiginosa rapidez.

Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo, y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.

El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar, y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguirse elevada talla, solo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación.

A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especia de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto:
   - Señor, aquí traigo el chico.

Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho Sus delgados miembros, y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa infancia, lo impresionaron favorablemente, y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado de sus juegos infantiles, y condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las sombrías galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron, y con fingida aspereza le dijo al viejo, que, muy inquieto por aquel examen, fijaba en él una ansiosa mirada:

      -  ¡Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es  hijo tuyo?
      -  Sí, señor.
      -  Pues debías tener lástima de sus pocos años, y antes de enterrarlo aquí, enviarlo a la escuela por algún tiempo.
      - Señor –balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica–, somos seis en casa y uno solo el que trabaja. Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.

Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz, vencido por aquel mudo ruego, llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyose un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.

      - Juan –exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado–, lleva a este chico a la compuerta número doce. Reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.

Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:

      -  He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo.

Y haciendo con la  diestra un ademán enérgico, lo despidió.

Los tres marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería.”

[La segunda parte del cuento me resulta demasiado dura para transcribirla palabra por palabra. El padre tiene que atar al hijo, que forcejea por soltarse y escaparse, a un grueso perno incrustado en la roca “del que colgaban trozos de cordel que indicaban no era la primera vez que prestaba un servicio semejante”. Que imágenes tan crueles nos sacudan para acabar con los sufrimientos de los niños.]

(Cuentos Breves 2, Maximiliano Tomás, Norma, Buenos Aires 2006, p. 65)

Rabindranath Tagore:

“El hombre se sumerge en el ruido de la multitud,
para ahogar su necesidad de silencio.”

“Si cierras la puerta a todos los errores,
la verdad se quedará fuera.”

“¿Quién se encargará de mi tarea?”
preguntó el sol al ponerse.
“Yo lo haré, Señor”,
contestó la lámpara de barro.

“Con arrancarle los pétalos
no recoges la belleza de la flor.”

“Dicen los sabios que tu luz no lucirá para siempre”,

le dijo la luciérnaga a la estrella.