El padre del escritor chileno Baldomero Lillo fue capataz en las minas de carbón, y él escribió más tarde con realismo sobre la tristeza de las minas, y el dolor de infancia que nos sigue acompañando en nuestro tiempo, y que él plasma aquí con acento desgarrador.
“Pablo se aferró instintivamente a las piernas de su padre. Zumbábanle los oídos, y el piso del ascensor de la mina que huía bajo sus pies le producía una extraña sensación de angustia. Creíase precipitado en aquel agujero cuya negra abertura había entrevisto al penetrar en la jaula, y sus grandes ojos miraban con espanto las lóbregas paredes del pozo en el que caían con vertiginosa rapidez.
Pasado un minuto, la velocidad disminuyó bruscamente, los pies asentáronse con más solidez en el piso fugitivo, y el pesado armazón de hierro, con un áspero rechinar de goznes y de cadenas, quedó inmóvil a la entrada de la galería.
El viejo tomó de la mano al pequeño y juntos se internaron en el negro túnel. Eran de los primeros en llegar, y el movimiento de la mina no empezaba aún. De la galería bastante alta para permitir al minero erguirse elevada talla, solo se distinguía parte de la techumbre cruzada por gruesos maderos. Las paredes laterales permanecían invisibles en la oscuridad profunda que llenaba la vasta y lóbrega excavación.
A cuarenta metros del pique se detuvieron ante una especia de gruta excavada en la roca. Del techo agrietado, de color de hollín, colgaba un candil de hoja de lata cuyo macilento resplandor daba a la estancia la apariencia de una cripta enlutada y llena de sombras. En el fondo, sentado delante de una mesa, un hombre pequeño, ya entrado en años, hacía anotaciones en un enorme registro. Su negro traje hacía resaltar la palidez del rostro surcado por profundas arrugas. Al ruido de pasos levantó la cabeza y fijó una mirada interrogadora en el viejo minero, quien avanzó con timidez, diciendo con voz llena de sumisión y de respeto:
- Señor, aquí traigo el chico.
Los ojos penetrantes del capataz abarcaron de una ojeada el cuerpecillo endeble del muchacho Sus delgados miembros, y la infantil inconsciencia del moreno rostro en el que brillaban dos ojos muy abiertos como de medrosa infancia, lo impresionaron favorablemente, y su corazón endurecido por el espectáculo diario de tantas miserias experimentó una piadosa sacudida a la vista de aquel pequeñuelo arrancado de sus juegos infantiles, y condenado, como tantas infelices criaturas, a languidecer miserablemente en las sombrías galerías, junto a las puertas de ventilación. Las duras líneas de su rostro se suavizaron, y con fingida aspereza le dijo al viejo, que, muy inquieto por aquel examen, fijaba en él una ansiosa mirada:
- ¡Hombre! Este muchacho es todavía muy débil para el trabajo. ¿Es hijo tuyo?
- Sí, señor.
- Pues debías tener lástima de sus pocos años, y antes de enterrarlo aquí, enviarlo a la escuela por algún tiempo.
- Señor –balbuceó la voz ruda del minero en la que vibraba un acento de dolorosa súplica–, somos seis en casa y uno solo el que trabaja. Pablo cumplió ya los ocho años y debe ganar el pan que come y, como hijo de mineros, su oficio será el de sus mayores, que no tuvieron nunca otra escuela que la mina.
Su voz opaca y temblorosa se extinguió repentinamente en un acceso de tos, pero sus ojos húmedos imploraban con tal insistencia, que el capataz, vencido por aquel mudo ruego, llevó a sus labios un silbato y arrancó de él un sonido agudo que repercutió a lo lejos en la desierta galería. Oyose un rumor de pasos precipitados y una oscura silueta se dibujó en el hueco de la puerta.
- Juan –exclamó el hombrecillo, dirigiéndose al recién llegado–, lleva a este chico a la compuerta número doce. Reemplazará al hijo de José, el carretillero, aplastado ayer por la corrida.
Y volviéndose bruscamente hacia el viejo, que empezaba a murmurar una frase de agradecimiento, díjole con tono duro y severo:
- He visto que en la última semana no has alcanzado a los cinco cajones que es el mínimum diario que se exige a cada barretero. No olvides que si esto sucede otra vez, será preciso darte de baja para que ocupe tu sitio otro más activo.
Y haciendo con la diestra un ademán enérgico, lo despidió.
Los tres marcharon silenciosos y el rumor de sus pisadas fue alejándose poco a poco en la oscura galería.”
[La segunda parte del cuento me resulta demasiado dura para transcribirla palabra por palabra. El padre tiene que atar al hijo, que forcejea por soltarse y escaparse, a un grueso perno incrustado en la roca “del que colgaban trozos de cordel que indicaban no era la primera vez que prestaba un servicio semejante”. Que imágenes tan crueles nos sacudan para acabar con los sufrimientos de los niños.]
(Cuentos Breves 2, Maximiliano Tomás, Norma, Buenos Aires 2006, p. 65)