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“El ángel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: ‘Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; allí estarás hasta que te avise. Porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.”
(Mateo 2:13)

Hay quienes tienen un instinto que les avisa de los peligros. Hay quienes saben leer traición en unos ojos, peligro en una noticia, amenaza en el ambiente. Hay quienes detectan enseguida sospecha en el tono de voz, desconfianza en una mirada, intrigas en un cumplido. Y les viene bien ese instinto para sobrevivir en la vida donde el trabajo es competencia y el éxito es envidia y el descubrir es arriesgar.

José, carpintero honrado, no tenía ese instinto estratégico y confiaba en la gente, en los clientes, en los gobernantes con la clara inocencia de su innata bondad. Por eso necesitaba el ángel que le avisara de los peligros que corría el niño. Herodes lo buscaba para matarlo. Había que huir en la noche a Egipto.

Yo carezco de ese instinto de protección. Soy ignorante de peligros e inocente de conspiraciones. No me entero, no las sospecho, no me las creo. Me fío de todos y me convencen todos. No sospecho malicias ni detecto ataques. No me llegan los rumores de la corte de Herodes y duermo tranquilo en vísperas de sangre. Más de una vez he sufrido por no prever una envidia o adivinar un rechazo o sentir una oposición. Me falta un servicio de inteligencia personal. Vivo al descubierto.

Por eso pido la protección del ángel de la noche para que me avise en sueños y me señale peligros. No es que yo quiera dudar de todo, sino que precisamente quiero saber detectar por mí mismo los breves momentos de peligro para poder disfrutar luego más a gusto de todo lo demás. Quiero ser avisado de quién no puedo fiarme para entregarme confiado sin dudarlo a todos los demás Quiero tener de vez en cuando el sueño inquieto que me avise, para poder dormir tranquilo todas las demás noches. Algo de la sagacidad de la serpiente junto a la sencillez de la paloma. Las dos cosas recomendó Jesús. Y los ángeles saben de serpientes en el paraíso y de palomas en el diluvio. Que me avisen a mí también en mi sueño.

En cuanto pasa el peligro el ángel vuelve a avisar a José. Aquí sucede una cosa curiosa. José ha aprendido con la experiencia. Al volver de Egipto piensa establecerse en Judea, pero se entera de que allí reina Arquelao, hijo de Herodes, y tiene miedo por el niño. Se ha hecho más cauteloso. El ángel vuelve a aparecérsele en sueños y le dice que vaya a Galilea. Así fue como la Sagrada Familia se estableció en Nazaret. A ver si yo también voy aprendiendo.