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atrás - OS CUENTO - 15/04/07

[Kiyohiro Miura, autor japonés, describe en su libro “Lejos de Casa” (Obelisco, Barcelona 2007) la vocación de su hijo Ryota como monje Zen: la primera inclinación de su hijo, aún pequeño, hacia el monasterio y la vida de los monjes, su propia reacción paterna, “cuando seas mayor”, la perseverancia del muchacho, su respuesta a los intentos de su padre por disuadirle:] 

- Si te haces monje Zen, tendrás que lavar, fregar, y barrer. Es mucho trabajo. ¿De verdad quieres hacerte monje?
-Ajá, ajá.
[Eso por lo visto quiere decir sí.]

“A medida que fue pasando de curso –cuarto, quinto, sexto– seguí preguntándole sobre el asunto, pero su respuesta nunca variaba. Siempre obtenía el mismo ‘ajá, ajá’. Nada más.” (11)

“Lo más extraño resultaba ver cómo este hijo mío, que siempre parecía inquieto e incluso era el cabecilla de los alborotadores del colegio, se convertía en alguien completamente diferente en el templo.” (12)

“Cuando lo observo mientras está sentado en el coche en el asiento del copiloto haciendo ver que conduce y escuchando su walkman, hace que me pregunte qué es lo que hizo posible que quisiese hacerse monje. ¿Cree que como monje podrá pasear en coche mientras escucha su walkman? Nunca le dejarán hacer eso.” (29)

“Había pensado mucho sobre lo que Ryota debería ser cuando creciera. En un principio pensé que sería actor o intérprete de jazz, pues le gusta expresarse con el cuerpo y seguir el ritmo. Se mostró muy animado tocando la batería en la fiesta del colegio. Después lo imaginé trabajando en un banco o en una empresa comercial, como propietario de una tienda o funcionario, pero aun esos no me parecían empleos suficientemente buenos para él.” (29)

“Me lo imaginé caminando por nuestra calle con el hábito de monje y la cabeza rapada. A buen seguro que si alguna de las vecinas de nuestro barrio choca con él lo mirará sorprendida. Y empezarán las habladurías. Dirán: No hace mucho tenía muy buen aspecto con su brillante camiseta de deporte, sus pantalones blancos y sus deportivas azules. Tal vez tenía un karma negativo y lo han obligado a hacerse monje.” (32)

“Él vendrá a vernos, se quedará de pie a la puerta de nuestra casa e inclinándose como un invitado dirá en voz baja tal y como enseñan a los monjes: ‘Madre y padre, por favor, perdonad esta incomodidad temporal.’ Y cuando preguntemos por su salud, lo único que obtendremos serán respuestas de manual como: ‘Bien.’ ‘Normal.’ ¿Y qué decir de la estricta disciplina y el austero estilo de vida? Todo es increíblemente austero.” (32)

El muchacho ingresa en el monasterio. “Por favor, cuídenlo bien.” (45)

- Padre, has cuidado de mí durante mucho tiempo. Gracias.
- Madre, has cuidado de mí durante mucho tiempo. Gracias.

“Mi esposa tenía los ojos enrojecidos. Mirándolo en su túnica blanca, sentí que se había ido a un mundo lejos de nuestro alcance.” (49)
“Las lágrimas luchaban por salir de mis ojos. Me descubrí pensando que no tenía que preocuparme en el desarrollo de las cosas, que lo hecho, hecho estaba, que todo iría bien, como intentando sofocar las últimas dudas e incertidumbres.” (63)
[Al padre del muchacho le enoja que le cambien el apellido. Pero se aguanta.] (64)
“Incluso se nos devolvió el dinero que sus abuelos le habían regalado para Año Nuevo. ‘Devuélvaselo y dígales, por favor, que no vuelvan a hacer otra cosa igual.’ Bueno, lo intenté, pero no se puede devolver tan fácilmente el dinero de Año Nuevo.” (73)

“Desde que se rasuró la cabeza en la ceremonia de ordenación, sabía que él iba a seguir un camino distinto del nuestro. Por eso en la ceremonia me limité a mirar, sin pronunciar una sola palabra. Nuestros sentimientos hacia él no cambiarían mientras viviésemos.” (79)
“Lo único que cuenta es que nuestro hijo se haga un buen ser humano. Él no va a volver a casa.” (93)

“Mi esposa estaba a mi lado en el balcón. Me dijo: ‘No se trata de estar deprimidos toda la vida. He decidido tomarme en serio mi propia vida. Y, como tú dices, mirar hacia delante.’ Agitó las manos. Por un momento me pregunté si estaba agitando el futuro ya que de eso estábamos hablando. Después, mirando hacia abajo vi que una figura aparecía y desaparecía de entre las hileras de árboles de alcanfor. Era Rie, vestida con una camiseta azul y una falda a cuadros blancos y rojos y calcetines a juego. Rie, nuestra hija, todo lo que nos quedaba ya, nuestra hija pequeña, aunque ahora ya no tan pequeña, alegría de nuestra vida y esperanza en nuestro futuro. Esa figura que se movía con gracejo entre los árboles era nuestro futuro. Debía de volver del colegio con su bolsa de lona repleta de libros. Mi esposa estaba en el balcón esperando el regreso de nuestra hija, y a ella es a quien le hacía señas con las, manos. Al parecer, recientemente se había dedicado intensivamente a cuidar a Rie.
Mientras caminaba, nuestra hija alzó la vista. Se parecía a mi esposa cuando era joven. Ojos y cejas oscuras, rasgos faciales prominentes, incluso a la distancia. Por el modo consciente y reticente con que movía la espalda, me di cuenta de que ya había crecido. Tiene casi la misma edad que tenía nuestro hijo cuando entró en el monasterio.
De pie junto a mi esposa, y observando el movimiento de Rie, empecé a pensar que tal vez había llegado el momento de que nuestra hija también ingresara en un monasterio.” (104)

[Esa es la última línea del último párrafo en la última página del libro, y me sacudió. Me cogió desprevenido. No me la esperaba. Todo el libro describe lentamente, delicadamente, penosamente, los sufrimientos de los padres que ven a su hijo marcharse al monasterio de por vida…, y al final nos sorprende con la revelación de que ahora desean lo mismo para su hija. ¿Será puro final novelado?]

El año 1949 me encontraba yo en el aeropuerto de Barajas, Madrid, a punto de tomar el avión que me iba a llevar a mi destino como misionero en la India. Éramos veinticuatro compañeros, jóvenes, ilusionados, entusiasmados con nuestra vocación misionera. Nuestros padres habían venido a despedirnos. En aquellos días la ida del misionero al lejano oriente era para no volver. Nos despedíamos hasta el cielo. Toda una fiesta de lágrimas reprimidas. Uno de mis compañeros, José Javier Aizpún, joven de gran valía, se despedía de sus padres en presencia del Padre Provincial, Fernando Arellano, que era quien había dispuesto su destino a la India. El Provincial le preguntó al padre del misionero si le dolía mucho la separación. Este contestó con entereza cristiana: “Lo que me cuesta separarme de mi hijo José Javier sólo lo puedo sentir yo. Pero acepto la decisión de usted y la voluntad de Dios. Es más. Mi hijo menor, Miguel, está ya en el noviciado de ustedes los jesuitas en Loyola. Si quiere usted en el futuro enviarlo también a la India, por mi parte puede hacerlo.” El Padre Provincial no quiso ser menos y contestó al instante: “Queda destinado a la India desde este momento. Puede usted comunicarle a su hijo Miguel que el año que viene irá a la India.” Así fueron dos grandes misioneros a la India. Nada de novela.

Eso me trae también a la memoria un recuerdo igualmente personal y emotivo, ya que mi propia madre viuda estaba también presente aquel día en aquel aeropuerto en aquella despedida dándome un último abrazo. En una carta que me escribió años después a la India me decía: “No me explico cómo toda la India no se ha hecho cristiana, con los sacrificios de tantas madres de misioneros ofrecidos por ella.”

Había aprendido yo de memoria en aquellos tiempos versos del poeta, ahora olvidado y entonces admirado, José María Pemán, en que él había ensalzado la generosidad delicada y profunda de fe cristiana y nobleza humana que ha santificado tantas vidas sencillas de jóvenes y de mayores en la entrega callada de lo mejor que tienen y lo mejor que son. Y los llevo tan grabados en el alma que aún me los sé.

“¿Qué sabemos nosotros quién gana más batallas,
la madre que se queda o el hijo que se va?
¿Qué sabemos nosotros del peso de las cosas
que Dios mide en sus altas balanzas de cristal?

Si para redimirnos y lavar nuestras culpas
fue preciso que en prenda del más alto dolor
se unieran y juntaran cual milagros gemelos
la pena de una madre con la muerte de un Dios.”

¿Recuerdas, José Javier?

Yo lo recuerdo con lágrimas en los ojos. Lágrimas de gozo.

Recuerdo otros versos de Pemán en los que habla Francisco Javier, misionero y patrón de misioneros:

“Sé en mi voluntad poner
todo el peso y el poder
con que se aploma y se agarra
en las breñas de Navarra
mi Castillo de Javier.”   

Eso explica todo.

“En 1777, el Maestro Reb Menájem de Vitebsk fundó una comunidad jasídica en Tiberíades que suscitó esperanzas de la venida del Mesías. Unos meses después, un bromista subió en secreto al Monte de los Olivos (por donde según la tradición entrará el Mesías cuando llegue) y dio un gran toque de shofar, el cuerno de carnero, que la gente interpretó como la señal de que el Mesías había llegado. La noticia se difundió rápidamente por todo el país, y con ella una expectación febril. La gente dejó de trabajar, y los asuntos familiares quedaron desatendidos. Todo el mundo estaba obsesionado por la noticia de la venida del Mesías.

Cuando la nueva del advenimiento del Mesías llegó a Tiberíades, los jasidim de Reb Menájem corrieron a hacer partícipe de dicha noticia a su maestro. ‘¡Maestro! ¡El shofar ha sonado en el Monte de los Olivos! ¡El Mesías está aquí!’ Los jasidim esperaban que su maestro saltara de alegría, pero quedaron sorprendidos al ver que se quedaba tan tranquilo.

Al cabo de un rato dijo: ‘Si el Mesías ha llegado, pronto se notará.’ Y siguió como estaba.”

(Rabí Rami Shapiro, Cuentos jasídicos anotados y explicados, Sal Terrae 2005, p. 92)

Que se note. En nosotros. En todos.