Muchos me habéis vuelto a escribir sobre el distanciamiento de los jóvenes, especialmente de los sacramentos. Me gusta hayáis recalcado la “ecuación” que yo proponía, hablando de las matemáticas, entre el profesor que disfruta dando clase y los alumnos que disfrutan aprendiendo en ella… ¡y lo mismo cuando el profesor no disfruta! Cito tres comunicaciones:
1. “La imagen de la ecuación es exacta. Aunque es triste el decirlo, en los treinta años que llevo asistiendo a Misa, no recuerdo más de un puñado de sacerdotes que estuvieran realmente viviendo o reflejando lo que estaba sucediendo en el Altar. Demasiado se da por supuesto, ya que la comunidad de fieles es ‘audiencia cautiva’. Eso se ve en las misas de nuestros jóvenes en los colegios. Hay que animar la liturgia.”
2. “Yo era catequista de adolescentes y los animaba a ir a Misa y a vivirla de la manera más auténtica en sus vidas jóvenes. Yo trataba de poner el ejemplo. Luego pasaron muchas cosas. Ya casi no voy a misa (tengo 29 años). No me da culpa, pero sí un poco de nostalgia. Si algún día tengo hijos, no sé qué les enseñaría sobre las devociones y los sacramentos.”
3. “Coincido totalmente con lo de la ecuación. Soy profesor de Economía en Argentina y me ocurre lo mismo que a usted. Cuando comencé a vincular la economía con la ética la política y los valores que subyacen detrás de una disciplina tan materialista, los alumnos se interesaron mucho más. Creo que en nuestra religión pasa lo mismo. Hay sacerdotes y ‘sacerdotes’. Algunos aburren y otros encantan. Lo curioso es que predican el mismo evangelio. Con nosotros, los laicos, que también somos responsables de lo que pasa en la iglesia, sucede igual. Si nuestros hijos no nos ven leer la Palabra, asistir a Misa con ganas, rezar, o alguna vez hacer, retiros o ejercicios espirituales, seguiremos con lo que llamo el ‘católico promedio’. Es aquel católico de bautismo, primera comunión, matrimonio, y unción de los enfermos por si acaso. En América Latina que son miles y miles de km. con una misma lengua y una misma religión, da tristeza ver lo mal que van las cosas en la Iglesia.”
Todos estamos involucrados. Todo lo que se repite con frecuencia, por sagrado que sea, está sujeto a la rutina, y eso lo aceptamos con la humildad de nuestra condición humana. Lo que varía en cada misa, y más aún felizmente desde el Concilio, es la Palabra de Dios en ella. Escucharla en cada misa como dirigida hoy a mí mismo por Dios, en clave de profecía y ánimo para lo que me espera en el día –o en la semana– es revitalizar el encuentro. “Viva es la Palabra de Dios” (Hebreos 4:12). Escuchar el mensaje, apartar memorias o interpretaciones sabidas del pasado, dejarse llevar por el sentido espontáneo del momento, pensar en las horas que nos esperan, divisar la luz que sobre ellas arroja, aceptar la dirección, agradecer la ayuda, emprender la marcha. Fortalecidos allí mismo por el Pan del Camino. La visión diaria actualiza el sacramento. |