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‘Un ciego habló del Maestro Bankei (1622-1693) y dijo lo mejor que de él sabía decir: “Soy ciego y no puedo ver el rostro de aquel con quien hablo. Debo, pues, juzgar su sinceridad por su voz. Mi experiencia es que cuando oigo a alguien felicitar a un amigo por su éxito, noto un dejo de envidia en su voz; y cuando escucho pésames en sociedad, percibo también una nota secreta de placer. Pero eso no me sucede con Bankei: cuando expresa alegría, solo hay alegría en su voz; y cuando expresa tristeza solo es tristeza lo que escucho”.’

Mi voz es la mensajera de mi alma. Que sea entera, valiente, sincera. Que exprese con la totalidad de su vibración la totalidad de mi ser; que revele con la inocencia de su cantar la profundidad de mi sentir; que manifieste con su tonalidad afinada la transparencia de mi existencia. Que no haya sombras desafinadas en la melodía de mi vida.

Mi voz se forma en las entrañas de mi conciencia, surge a través de redes y tejidos, de diafragma y pulmones, de tensión y volumen, y se hace lenguaje inteligible en el milagro vocal de la encrucijada palpitante que es mi garganta. En esa voz está todo lo que yo soy, y ella me identifica con exactitud de huella dactilar ante la máquina futurista de ciencia ficción, y ante lo oídos afinados del sabio invidente. Mi voz delata mi estado de ánimo. Y me gusta saberlo para aprender a modularla. Al oír mi propia voz caigo ahora en la cuenta de lo que tiene de falsa, de hueca, de cumplido engañoso o de etiqueta ensayada. Digo una cosa cuando siento otra, y las palabras son cumplidas porque van censuradas, pero la voz escapa toda censura y tiembla con la mentira oculta del semitono traicionero. Quiero escuchar mi propia voz para analizar mi conciencia, tamizar mis sentimientos, afinar mi pesar. Quiero oírme hablar para saber cómo suena mi voz, cómo vibran mis vocales, cómo se articulan mis frases, cómo mi pensamiento se hace sonido. Quiero detectar las disonancias afectivas entre lo que siento y lo que digo. Quiero eliminar todo rastro de divergencia entre el sentir de mis entrañas y el sonido de mi voz. Quiero cantar con voz llena el aria de mi vida, sin que le quede la menor duda ni a mí ni a nadie de que siento lo que pienso y dijo lo que siento. Que la voz sea verdad para que la vida sea testimonio.