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| atrás - OS CUENTO - 15/03/09 |
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La mamá lleva al niño pequeño al colegio por la mañana. Una de las muchas con las que me cruzo en mi paseo matutino cuando abren los colegios y papás y mamás acompañan a sus hijos e hijas de la mano al deber diario que comienza a moldear sus vidas. Esta mamá va arrastrando la maleta con ruedas que lleva la carga pesada de libros y cuadernos para la jornada escolar del niño. Antes se llevaba en cartera de mano. Luego en mochila a la espalda. Lo último es en maletín de ruedas. Cada vez más sano para el cuerpo y sus articulaciones, y para el alma con su aumento de conocimiento impreso. La mamá arrastra el maletín con ruedas del niño. El mango de una raqueta de tenis asoma por arriba. Hay algo más que libros dentro. El niño va dándole patadas a un balón de un lado a otro de la calle. Es más divertido, claro, y la mamá arrastra con gusto los libros. Aunque la mamá es alta y el asidero del maletín es corto porque está hecho a medida del niño que es quien debería llevarlo, y la mamá tiene que inclinarse y agacharse un poco para alcanzar el asa. Pero no importa. Que disfrute el niño.
En esto el balón se le escapa al niño. Le ha dado demasiado fuerte y se ha salido de la acera, rueda por la calzada y lo puede alcanzar cualquier coche y reventarlo. El niño grita “¡Mamá, el balón!” y señala el peligro. La mamá deja el maletín de los libros, se lanza valiente entre los coches, hace señales desesperadas para que paren, alcanza el balón, lo coge, se le escapa, vuelve a cogerlo, está ya más cerca de la acera de enfrente, cruza allí, llega hasta el paso de cebra, cruza de vuelta con el balón en las manos, se reúne sonriente con el niño, le entrega victoriosa el balón, le da un beso, vuelve a coger el maletín de los libros y lo arrastra, el niño vuelve a darle patadas al balón, y así ambos siguen su camino hacia el colegio.
Yo también sigo mi camino de vuelta hacia mi casa.
¡Pobre muchacho!
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El marinero en su pequeño barco de vela en medio del mar contempla el horizonte lejano que alarga su mirada hasta los confines de la tierra. Olas y espuma y espacio y azul hasta que el cielo se hace mar y el mar se hace cielo y todo es circular, infinito, cósmico. El punto definitivo del encuentro de todo. La meta de la vida. El sueño del joven marinero. ¿Cuándo llegaré allí?
En esto se fija, afina la mirada, enfoca lo ojos, y ve. Allí, en el horizonte lejano, en el punto cósmico, en la fusión de cielo y tierra hay un pequeño balandro como el suyo. Divisa su vela, sigue su movimiento en las olas, adivina a su feliz tripulante que ya ha llegado al punto de destino. ¡Qué suerte tiene!
El feliz tripulante del punto de destino está a su vez mirando hacia nuestro marinero desde lejos. Él también lo ve en su horizonte donde el cielo se abraza con el mar, en el punto del encuentro cósmico, en la meta final. Y él también piensa en la suerte que tiene el marinero de estar ya allí, de haber llegado, de haber realizado su sueño.
Todos creemos que el punto del encuentro cósmico está lejos. Otros han llegado, yo no. Otros son santos, buenos, perfectos. Yo no. Otros son felices. Yo no. Yo sigo a distancia infinita del ideal lejano. Nunca llegaré.
Es mi historia favorita del Buda.
- Maestro, tenéis diez mil discípulos. ¿Cuántos de ellos han alcanzado la iluminación?
- Todos, pero ellos no lo saben.
A ver si nos enteramos de una vez. |
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El maestro y el discípulo están sentados juntos a la orilla del mar. Habla el maestro:
- ¿Oyes el ruido de las olas? De cada ola. Todas parecen iguales pero todas son distintas. El comenzar, el crecer, el avanzar, el romper. Luego el retirarse, el recogerse, el escucharse a sí mismas, el reunir fuerza para volver a embestir. No hay dos olas iguales. Aprende a identificar cada nota, a distinguir cada matiz, a dejar a cada ola ser lo que es, siempre fiel a sí misma, siempre espontánea, obediente, puntual, irrepetible. Aprende la ciencia de las olas. El arte de las olas.
- Las oigo, maestro. Cierro los ojos y las siento venir, estallar, volver, cada una a su manera, cada una a su tiempo, cada una distinta.
- El mar es reflejo de la vida, hijo mío, y las olas lo son de las personas. Todas parecidas y todas diferentes. Aprende a reconocerlas y respetarlas y dejarles ser lo que son. Aprende a vivir cada momento, a descubrir a cada persona y a cada momento en cada persona. A conocer el mar. A conocer la vida. Sigue meditando en las olas que son pauta de vida.
- Oigo a las olas, maestro, y oigo a las personas.
- Bien, hijo mío. Ahora, ¿oyes también el silencio entre dos olas? |
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