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atrás - OS CUENTO - 15/03/08

 

Richard Branson, el fundador de Virgin, nos cuenta algunas de sus experiencias.

“Disfruté mucho mientras hacía la serie de televisión The Rebel Billionaire en Estados Unidos porque me pareció muy divertido hacer pasar a un grupo de jóvenes empresarios y empresarias y a mí mismo por distintos desafíos, muchos de los cuales estaban sacados directamente de las películas de James Bond, aunque ninguno era imposible. Estaban diseñados para ir reduciendo el grupo hasta que solo quedara la persona con el carácter más fuerte y el más capacitado para conseguir sus metas. El episodio final daba un giro brutal. Todos nos reunimos en la terraza de mi casa en mi isla privada de Necker, en la playa junto al mar, para que yo entregara al ganador, Shawn Nelson, el premio final, un cheque de un millón de dólares.

Había una pega. Podía coger el cheque o jugarse a cara o cruz un premio mayor. Si no acertaba, lo perdería todo. Le tendí el cheque. Lo cogió y al ver la larga línea de ceros, casi se podía ver en sus ojos lo que significaba aquella suma para él y para sus aspiraciones empresariales. Luego, volví a coger el cheque y lo puse en el bolsillo de atrás de mi pantalón. En su lugar, le tendí una moneda de plata.

‘¿Cuál escoges? –le dije– ¿la moneda o el cheque?’

La vida está llena de elecciones difíciles. ¿Por cuál optaría? Shawn parecía conmocionado. Era un gran riesgo. Todo o nada. Me preguntó, ‘¿tú qué harías, Richard?’ ‘La elección es tuya’, le dije. Le podría haber dicho, ‘yo asumo riesgos, pero siempre riesgos calculados. Evalúo las posibilidades en todo lo que hago’, pero no dije nada. Él tenía que decidir.

La tensión iba en aumento a medida que Shawn caminaba de un lado a otro de la terraza, sin siquiera mirar a la idílica vista sobre el mar, encerrado en una lucha interna consigo mismo mientras trataba de decidirse. Era tentador jugársela. Le haría parecer cool. Además el premio desconocido podía ser increíble. Aun así, no dije nada; sabía lo que yo habría hecho, pero ¿qué haría él?

Al final dijo, ‘Cojo el cheque.’ Poseía una pequeña empresa y podría usar el millón de dólares sabiamente para que su empresa creciera. Podía cambiar su vida a mejor y también ayudar a la gente que trabajaba para él y que creía en él. Escogió el cheque.

Yo me alegré mucho y mientras sacaba el cheque del bolsillo y se lo entregaba, le dije: ‘Si hubieras escogido lanzar la moneda, yo te habría perdido el respeto.’

Había escogido la opción correcta no jugándosela a algo que no podía controlar. Consiguió el millón de dólares, y además le añadimos el premio misterioso. El gran premio era ser presidente por tres meses de las más de 200 compañías de Virgin en todo el mundo con sus 50.000 empleados. Shawn aprendería mucho. Era una oportunidad de oro y, al no arriesgarlo todo lanzando una moneda, había demostrado que mis empresas estarían en buenas manos esos tres meses. Se había ganado el puesto.” 

(Richard Branson, Hagámoslo, Arcopress 2008, p. 57)

Otra experiencia del mismo:

“El primer gran reto de mi vida me llegó cuando tenía cuatro o cinco años y nuestra familia fue a Devon dos semanas en verano, junto con dos tías y un tío. Cuando llegamos allí, corrí a la playa y me quedé mirando el mar. Ansiaba nadar, pero no había aprendido. Mi tía Joyce, una de las hermanas de mi padre, vino y se paró a mi lado mientras yo miraba fija y melancólicamente las olas, y me ofreció diez chelines si aprendía a nadar antes de que acabaran las vacaciones. Era muy lista, y sabía que ya entonces yo respondía inmediatamente a cualquier reto. Acepté la oferta, seguro de que la ganaría. Casi todos los días el mar estaba picado y las olas eran altas, pero intenté nadar durante horas y horas. Día tras día chapoteaba con un pie en el fondo, me ponía azul por el frío, no hacía caso de la cantidad de agua que tragaba…, pero no aprendí.

‘No importa, Ricky –me dijo amablemente mi tía Joyce al final– ya lo intentarás el año que viene.’

Yo estaba abatido porque había perdido la apuesta y porque estaba convencido de que a mi tía se le olvidaría el año siguiente. Montamos en el coche para volver a casa. Era un día caluroso y en los años cincuenta las carreteras eran muy estrechas, por lo que no íbamos muy rápidos. ¡Cómo me hubiera gustado aprender a nadar! ¡Cómo odiaba haber perdido!

De repente miré por la ventanilla y vi un río. ‘¡Para el coche!’, grité. Mis padres sabían lo de la apuesta, y creo que mi padre entendió lo que yo quería, salió de la carretera y aparcó. ‘¿Qué pasa?’ me preguntó volviéndose hacia mí.

‘Ricky quiere volver a intentar ganar los diez chelines’, dijo mi madre. Como aún no habían acabado las vacaciones porque aún no habíamos llegado a casa, la oferta de mi tía estaba en pie.

Salté del coche y me desvestí rápidamente. Luego corrí a través del campo hasta el río. Cuando llegué a la orilla, sentí miedo. El río parecía profundo y rápido, y corría entre rocas. Volví la cabeza y vi a todos de pie, mirándome. Mi madre sonrió y me hizo señas para que avanzase. ‘¡Puedes hacerlo, Ricky!’, me animó.

Con sus ánimos y el reto de mi tía dándome fuerzas, supe que era ahora o nunca. En cuanto llegué al medio, la corriente me atrapó, me fui al fondo, y tragué agua. La corriente me arrastró río abajo. Conseguí respirar y relajarme, puse un pie en una roca y me eché adelante. De pronto, casi sin saberlo, estaba nadando. Chapoteaba en círculos, pero había ganado el premio. A pesar del ruido del agua sobre las rocas y del que yo producía al salpicar, pude oír a mi familia vitoreándome desde la orilla. Volví despacio, estaba agotado, pero muy orgulloso. Salí a gatas por el barro y las ortigas hasta alcanzar a tía Joyce. Con una gran sonrisa, sacó y me dio los diez chelines.

‘¡Bien hecho, Ricky!’, me dijo.

‘Sabía que podrías hacerlo’, me dijo mi madre, dándome una toalla seca. Siempre he odiado el fracaso.”
(69)

 

No conocía yo esta anécdota que Richard Branson cuenta de Dalí, pero bien puede ser auténtica.

“El pintor español Dalí tenía un modo único de saborear el momento presente. Cuando la vida le aburría, paseaba por sus jardines cerca del mar. Cogía un melocotón perfecto, templado por el sol. Lo sujetaba en sus manos para admirar su piel dorada. Cerraba los ojos, lo olía, y respiraba profundamente a medida que su perfume llenaba sus sentidos. Luego le daba un único mordisco. Su boca se llenaba con un jugo exquisito. Lo saboreaba detenidamente. Después tiraba el melocotón al mar. Decía que era un momento perfecto y que conseguía más de ese mordisco único que de atiborrarse con una cesta de melocotones.”
(97)

 

Un explorador blanco, ansioso por llegar cuanto antes a su destino en el corazón de África, ofreció una paga extra a sus porteadores para que anduviesen más de prisa. Durante varios días, los porteadores apuraron el paso.
Una tarde, sin embargo, se sentaron todos en el suelo y dejaron la carga, negándose a continuar. Por más dinero que les ofreciese, los indígenas no se movían.
Finalmente, cando el explorador pidió una explicación para aquel comportamiento, obtuvo la siguiente respuesta:
- Hemos andado demasiado deprisa, y ya no sabemos ni dónde estamos ni qué estamos haciendo. Tenemos que esperar a que nuestras almas nos alcancen.

(Paulo Coelho, Maktub, Planeta, Barcelona 2005, p 36)

 

Habla un monje budista:

“El budismo consiste en lo que llama sus Tres Joyas: el Buda, su Doctrina, la Congregación de sus monjes. La oración budista reza:

Buddham sharanam gacchami;
Dhammam sharanam gacchami;
Sangham sharanam gacchami.

‘Busco refugio en el Buda;
busco refugio en su Doctrina;
busco refugio en su Congregación.’

Pero…
Las imágenes del Buda no nos dejan ver al Buda.
Los sermones sobre su doctrina no nos dejan oír su Doctrina.
Los monjes no nos dejan encontrar su Congregación.”

(Ashin Janakabhivamsa, Autobiography, p. 192.)

¿Solo en el budismo?