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atrás - OS CUENTO - 15/02/10



 
 

Voy sentado en el metro de Madrid y hay varios asientos vacíos alrededor. En una estación entra un muchacho joven, mira a ambos lados, no escoge ningún asiento, se dirige a un rincón, se sienta en el suelo sobre su mochila con las piernas cruzadas, coloca sus manos sobre sus rodillas con las palmas hacia arriba y con el índice y pulgar tocándose como el Buda, queda firme y erguido en su asiento, cierra los ojos y permanece en actitud meditativa oriental. Yo lo observo desde mi asiento. El metro sigue su traqueteo de estación en estación. La gente entra y sale sin pararse a mirarlo. ‘Om, mani padme Om’.

Es bello ver meditar a un chico joven sin complejo alguno en el rincón de un vagón del metro. Nueva experiencia. Antes aún se veía en el metro a alguien que sacaba el rosario y se ponía a recitar sus avemarías entre estaciones mientras pasaba las cuentas entre sus dedos. Ahora vemos meditación budista en postura de loto. Cambian los tiempos. Cambian las liturgias.

Pero mi pensamiento al ver a aquel joven es otro. Está muy bien buscar un rincón, adoptar la postura correcta, alinear las manos, estirar la columna, erguir la cabeza, cerrar los ojos, pero todo eso no es necesario. El verdadero Zen lleva a que todo momento y en toda postura sea Zen. Sentir lo que siento, ver lo que veo, oír lo que oigo, hacer lo que hago, ser lo que soy, estar en contacto, vivir el presente, tomar la vida como viene y cada momento como es. En un vagón de metro y en medio de la calle. El Zen se puede y se debe practicar con los ojos abiertos y de pie o sentado o andando o corriendo. Hablando o comiendo. Riendo o llorando. No hace falta buscar un rincón y unos momentos y una postura. El Zen, o es toda la vida o no es nada.

Un maestro Zen abrió su centro en un barrio concurrido de Tokio. Sus discípulos le objetaron que no podrían meditar con tanto ruido alrededor. Él les contestó: ‘Si no podéis meditar aquí, ¿cómo podréis meditar en la calle y en la oficina y cuando alguien ronque a vuestro lado?’

También yo estoy practicando Zen ahora mismo en el metro mirando a ese chico que lo practica y dejándome pensar lo que pienso. Veo está moviendo los labios levemente. Om, mani padme Om. También yo me sé la jaculatoria y la repito para mis adentros. Om, mani padme Om. A lo mejor hasta tiene indulgencias. 

Sigo mirando al muchacho y me pregunto: ¿Cómo sabrá cuándo le llega su estación? Tendrá que salir del trance budista. ¿No?

Llega mi estación y me salgo dejándole al muchacho en el Nirvana.  Om, mani padme Om.

 

 

 

Discípulo: ‘Maestro, ¿cuál es el primer principio del Zen?’
Maestro: ‘Si te lo dijera, ya no sería más que el segundo principio.’

El Zen vive de la inmediatez. El contacto, el presente, la realidad. No el repetir, el predicar, el enseñar. Vivimos vidas de segunda mano creyendo lo que nos dicen y haciendo lo que nos mandan, y nos falta vitalidad, originalidad, libertad. Claro que no vamos a inventar la vida a cada momento, pero el hecho es que todo se nos prefaricado y seguimos pautas y obedecemos instrucciones. Hay que mantener la frescura de la experiencia nueva. Es decir, de hacer nueva cada experiencia. Hay que hacer todo como si fuera la primera vez que lo hacemos. El encuentro, el gesto, la sorpresa. Dejarnos sorprender por cada voz y cada rostro aunque los veamos todos los días, no dar nada por supuesto, no vivir de memorias, no repetir días. Cada experiencia es nueva si sabemos vivirla como nueva.

Claro que con todo esto yo también estoy tratando de enseñar lo que me enseñaron, ¿no es eso? Por lo menos soy consciente de ello, me divierto haciéndolo, y eso si que es inmediato y personal. Y no os escandalicéis demasiado. Om, mani padme Om.