|
Pregunta: ¿Usted nació alegre, o aprendió?
Respuesta: Lo del nacer no lo sé, porque no me di cuenta. Y conste que me ha alegrado tu pregunta, Ramiro. De muy pequeño sí recuerdo que mi madre decía de mi hermano y de mí: ‘Josemari [mi hermano mayor] es de llevar la contraria; y Carlos es de buen conformar.’ Las madres saben. Nos definió de por vida a los dos. Cuando me proponían algo de pequeño, como ‘Vamos de visita’, yo siempre decía que sí, y si me proponían lo contrario como ‘Nos quedamos en casa’, volvía a decir que sí, y en vez de decir solamente sí, decía siempre ‘¡encantado!’ Esa costumbre la tengo hasta ahora. Soy de buen conformar.
Tony de Mello casi me estropeó en eso (aunque en otras cosas me hizo mucho bien). Me dijo en un momento del curso de nueve meses de Sádhana que hice con él: ‘Carlos, eres demasiado acomodaticio. Dices que sí a todo. Eso no puede ser. Y no vuelvas a decir “¡encantado!” No quiero oírte esa palabra ni una vez más. Has de mostrar un carácter más fuerte. Has de ser asertivo, decidido, y agresivo.’ Lo intenté, y por algún tiempo arrugué el ceño y endurecí el lenguaje con mis compañeros de Sádhana. Nada de decir ‘¡encantado!’, sino negarme si era posible, y solo un gruñido de aceptación si es que llegaba a aceptar alguna propuesta. Y mejor rechazarlas de entrada. Aguanté algún tiempo con el esfuerzo. Pero me encontré enteramente a disgusto con el cambio, y pronto volví a ser ‘de buen conformar’. Y soy mucho más feliz.
Luego sí he aprendido a fomentar positivamente la alegría. Tener amigos cercanos con los que confiar del todo y reírme de todo (que con frecuencia es lo mejor que se puede hacer en el mundo en que vivimos), sonreír, contarles las cosas divertidas que me pasan, que me cuenten las que les pasan a ellos, y reír a carcajadas juntos. Sentir alegría para poder comunicarla es mi empresa consciente, mi oración, y mi secreto. No es que no haya tenido contrariedades y sufrimientos en la vida. Los he tenido enormes. Y cuando los tengo me digo a mí mismo que me alegro de tenerlos porque así no es que tenga alegría porque la vida me sea fácil, sino porque me lo trabajo y tengo derecho de consolar a otros en sus sufrimientos porque yo también he pasado por ellos. Es el colmo del optimismo: alegrarme de mis sufrimientos porque así mi alegría no es ligera o superficial sino real y profunda. Eso sí he aprendido. Y lo considero el tesoro de mi vida. Mi hermano, por cierto, y recordándolo con todo el cariño del mundo, sufrió de mayor por su tendencia a llevar la contraria.
Por cierto, me encantó la pregunta. (¡Perdón!)
|