Hablar a los árboles
Turista a aborigen:
‘¿Cómo? ¿Es que ustedes hablan a los árboles?’
Aborigen a turista:
‘¡Pero cómo! ¿Es que ustedes no les hablan?’
Asombro mutuo de civilizaciones encontradas. A uno le parece que está loco el que habla con los árboles. Al otro le resulta extraño que no se les hable. No se trata de supersticiones animistas ni de delirios románticos. Se trata de estar cerca, de pertenecer, de comunicarse proporcionalmente con la vida que de tantas formas nos rodea y de la que somos parte consciente en familia global. Hablar es relacionarse. Y relacionarse es vivir.
Los poetas y los místicos hablan con los árboles, con los montes y con las estrellas. Y todos tenemos algo de poeta y algo de místico. Un diálogo imaginado puede ser proyección real que avive sentimientos y estreche relaciones. Y, si es así, bienvenida sea la imaginación. Aprendamos a hablar con los árboles.
La viejecita contaba que al entrar en un valle en sus andares por el Cuzco, saludaba al valle en que entraba y se despedía del valle del que salía. Daba gracias por el camino recorrido en el valle que quedaba atrás, y pedía permiso para entrar con respeto y salir con salud del valle que ante ella se abría. Así iba de valle en valle, como de mano en mano, en compañía permanente de la naturaleza amiga que acompañaba fielmente sus pasos. Si supiéramos hablar con los árboles, quizá no nos sentiríamos tan solos.
Los buenos jardineros hablan con sus plantas. Entienden su sentir, sus enfermedades, sus alegrías y sus penas. Saben dar ánimo a un tallo marchito y cumplimentar a una flor abierta. Y al hacerlo se abren a sí mismos a su propio sentimiento, reflejan sus situaciones, aligeran sus pesares y doblan sus alegrías. El diálogo siempre beneficia a los dos que conversan.
En Ciudad del Cabo en Sudáfrica me alojé con una familia venida de la India que me enseñó las plantas que tenían en casa. Una había enfermado y se estaba marchitando. La pusieron en medio de la habitación, se reunió toda la familia, juntaron las manos y hablaron con la planta y rezaron por ella y le mostraron su cariño. Repitieron el rito con toda naturalidad varios días. La planta recobró su verdor.
Al aborigen le resulta tan natural hablar con el árbol que le parece imposible que los demás no lo hagan. Algo hemos perdido de la inocencia original que se sabía hermana de toda la creación, y como tal obraba y hablaba en comunión con todo lo creado. Nos avergonzaríamos si alguien nos encontrara hablando en voz alta con un árbol. Se sonreiría el amigo. Esa vergüenza nos inhibe y nos priva de la espontaneidad que un día fue nuestra. Sabíamos hablar con los árboles y hemos olvidado el vocabulario.
Me acerco en secreto al aborigen que habla con los árboles y le presento mi ruego en humildad. ‘Hermano, ¿puedes enseñarme a hablar con los árboles como tú les hablas?’
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