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atrás - OS CUENTO - 15/02/09
 

Mi amigo jesuita indio Paul Varghese, ha escrito una anécdota en la revista guyaratí Yankalyán, enero 2009, que traduzco aquí.

‘El escritor Dilip Ranpura fue una vez a dar una conferencia a la ciudad de Bhavnagar. De la estación de autobuses se dirigió a pie al lugar de la charla. Era de noche y en el camino había una boca de alcantarillado sin tapadera. Él tropezó allí y se rompió una pierna. Hubo de ser llevado directamente al hospital y no pudo dar la conferencia.

El día siguiente los periódicos de la ciudad publicaron la noticia y explicaron la cancelación de la conferencia. El mismo día por la mañana se presentó a la puerta de su cuarto en el hospital un hombre desconocido y pidió permiso para entrar. El escritor le dijo que no lo conocía pero que podía entrar y le preguntó qué es lo que le traía aquí. El desconocido le dijo: “Yo soy el causante de que usted esté hoy en este hospital.” El escritor le miró con cara de sorpresa y dijo: “Fui yo quien me caí por descuido en aquel agujero, y no veo que usted tenga nada que ver con eso.” El hombre explicó: “Señor, yo soy ladrón. Yo robé la tapadera de ese alcantarillado y la vendí a peso por su valor como metal. Esta mañana he leído en el periódico que usted se había roto la pierna en una boca de alcantarillado sin tapadera, y esa era la que había quitado yo. Por eso he venido a pedirle perdón.”

Hubo un silencio mutuo, y el ladrón continuó: “Mire usted, señor. Yo soy ladrón y robo para comer, así es que no puedo dejar de robar. Pero una cosa le prometo. Jamás volveré a robar la tapadera de una boca de alcantarilla. Puede usted estar seguro de ello.” El hombre pronunció esas palabras con firmeza, saludó con una inclinación de cabeza, y se marchó.’

Un ladrón honrado. Yo tuve un encuentro similar una vez. Me encontraba en el Instituto Bíblico de los jesuitas en Roma, de paso de India hacia España, había dejado mi ropa y cartera en mi cuarto mientras iba a las duchas, y al volver eché de menos mi cartera. No se la había llevado ningún jesuita, desde luego, pero me explicaron que gente que trabajaba en la casa espiaba a huéspedes y se aprovechaba a veces. Eso había sucedido. Pero con un detalle. El ladrón se había llevado mi cartera con todo lo que había dentro, pero antes había sacado el pasaporte, el certificado de vacunación contra la fiebre amarilla, y el carné de conducir, y los había dejado delicadamente sobre la mesa. Otro buen ladrón. Se benefició con su oficio pero no me causó molestias innecesarias. Un buen profesional. No pude invitar aquel día a mi amigo George Ukken, misionero ahora en el Sudán, a comer en un buen restaurante romano (yo había pensado en el ‘Alfredo’ con sus célebres fetuccini) como se lo había prometido. Nos contentamos con una birra.

Me has hecho reír, Ángela. No sé cuándo me tocará morirme, desde luego, y cuando cumplí los 80 declaré que ya tenía derecho a hacerlo sin queja de nadie; he vivido una vida llena, he enseñado, viajado, hablado, he escrito más de cien libros, llevo diez años en la Web, he ayudado, animado, acompañado a muchos y estoy rodeado de imágenes de angelitos que he ido recogiendo a mi paso por lugares exóticos. Voy bien acompañado. Pero tu correo me ha alegrado. Te expresas con cariño, y eso llega al alma.

Y luego ha venido lo divertido. Te he contestado enseguida, como lo hago siempre, en persona, dedicadamente, fielmente, pero al ir a enviarte el mensaje de vuelta he caído en la cuenta de que no llevaba tu dirección. Cuando alguien me escribe directamente, basta con darle a RESPONDER, y el mensaje va a la dirección de donde venía. Pero cuando me escribís desde mi Web tenéis que poner vuestra dirección como se pide allí, pues si no mi respuesta me llega a mi misma Web y no tengo manera de llegar a quien me escribió, y ya ha pasado eso con frecuencia y me apena cuando sucede. Pero como me ha gustado tu mensaje no quiero dejarlo sin respuesta, y aquí la reproduzco por entero, copiando antes tu mensaje y después mi respuesta, tal como te la había escrito. Entiendo que tu referencia es al cariño que he recibido en mi vida y del que hablé en mi Web anterior del 1 de febrero.  

Me escribes: “También el cariño te puede llegar y puedes sentirlo a través de estas mismas páginas cada quincena. Desde hace un poco de tiempo, cada vez que intento abrir su página, me asalta la duda, ¿será esta la última? Por la edad de D. Carlos, quizás nuestro Padre Dios se lo quiera llevar con Él. Entonces me viene un desasosiego grande y me pregunto ¿Quién me ayudará con sus sabios consejos, quién me contará cuentos y vivencias tan llenas de ternura, y cómo me acompañarán mis Ángeles, si aquel que me los hizo descubrir, ya no está? A continuación pienso que como siempre nos dice tenemos que vivir el presente y que por ahora y Dios quiera que por muchísimo tiempo lo tengamos entre nosotros y nos pueda seguir enseñando, consolando, contándonos sus vivencias tan llenas de moralejas y sobre todo dándonos su ternura y su cariño a través de Internet. Con todo cariño y por mucho tiempo, a mi Ángel. Ángela.”

Te contesto: “Merece la pena haber vivido aunque solo sea por recibir estas líneas, Ángela. El cariño es lo que más vale en la vida, y atesoro esas experiencias como viste precisamente en mi Web anterior de 1 de febrero en el párrafo ‘Dosis de ternura’. Te recuerdo mi propia frase allí: ‘Necesito dosis de ternura para paliar la dureza darviniana de la lucha por la existencia.’ Y es bello descubrir que la ternura se puede percibir por Internet. Gracias por esa revelación, Ángela. Abre el corazón. Los hombres nos preciamos de ser recios, y los jesuitas más aún. Dicen que Voltaire dijo de nosotros: “Entran sin conocerse, viven sin amarse, mueren sin llorarse.” Claro que Voltaire es algo volteriano y se pasa, pero no somos especialistas en ternura. Nos ayudamos, estimamos, apoyamos, y haríamos cualquier cosa por un compañero, pero recortamos sentimientos. Y quizá no solo nosotros. Me acaba de escribir una buena monja que la va muy bien en su vida religiosa pero no se siente amada por sus hermanas. Somos recatados porque conocemos los peligros, pero por eso mismo aprecio yo la manifestación directa, sencilla, sentida, humilde, delicada, atrevida y recatada de afecto sincero. Tony de Mello nos repetía: ‘Si quieres a alguien, díselo.’ Tan sencillo, tan divino, y tan humano. Y en inglés nos repetía mucho la frase “Take it in!”, cuando alguien nos manifestaba afecto, que en castellano sería nuestra bella expresión, “¡Dejate querer!” Tu mensaje me ha despertado esos sentimientos. Y aprecio los sentimientos más que las ideas. Gracias, Ángela. Un beso. Carlos.”