“La voz que yo había oído desde el cielo me habló otra vez y me dijo: ‘Vete, toma el libro que está abierto en la mano del ángel, el que está de pie sobre el mar y sobre la tierra.’ Fui donde el ángel y le dije que me diera el libro. Y me dice: ‘Toma, devóralo; te amargará las entrañas, pero en tu boca será dulce como la miel.’ Tomé el libro de la mano del ángel y lo devoré; y fue en mi boca dulce como la miel.”
(Apocalipsis 10:8-10)
El libro es el rollo de papiro que contiene los decretos de Dios para el mundo, que son dulces cuando los recibimos de su mano, y duelen en las entrañas porque hay sufrimiento en la vida y porque es fácil oír o leer la palabra de Dios, y difícil el cumplirla. Es el libro que ya se ofreció al profeta Ezequiel en su visión, paralela a la de Juan aquí:
“Y me dijo: ‘Hijo de hombre, come lo que se te ofrece; come este libro enrollado y ve luego a hablar a la casa de Israel.’ Yo abrí mi boca y él me hizo comer el rollo, y me dijo: ‘Hijo de hombre, aliméntate y sáciate de este rollo que te doy.’ Lo comí y fue en mi boca dulce como la miel.’
(Ezequiel 3:1-3)
La visión del pergamino que entra por los ojos y por la boca pasa del profeta del Antiguo Testamento al apóstol del Nuevo. El libro que no solo se lee sino que se devora, como nosotros decimos familiarmente que “devoramos” un libro en lectura rápida. El libro que es un pergamino “escrito por el anverso y el reverso” con la voluntad de Dios en él para mí y para el género humano. El libro de su palabra y su inspiración, de profecía y evangelio, de predicación y testimonio, y luego, por continuidad y desarrollo, el libro que es cada página escrita con el afán de que refleje la voluntad de Dios, cada palabra pronunciada con la ilusión de que recoja sus ecos, cada escrito impreso con la plegaria de que continúe su presencia. Libros nuevos en las manos del ángel de siempre. Continúa la oferta.
Muchos libros he escrito en mi vida. Ángel del libro, que les sepan dulces en la boca y en las entrañas a todos los que los lean contigo. |