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| atrás - OS CUENTO - 15/02/08 |
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Un astrólogo en Singapore le predijo a Vincent Poscente cuando era joven que moriría a los cuarenta… y él le creyó. Dice: “Me preocupó pensar que sólo tenía unos pocos años para hacer todo lo que yo quería hacer, y eso me hizo sentir una profunda necesidad de hacer todo deprisa. Por otro lado, me convenció de que yo no podría morirme antes de los cuarenta, y eso me llevó a hacer todo lo que un inmortal haría: tirarme con esquís desde un paracaídas, volar sin motor, saltar desde puentes, y luego, con veintitrés años, me metí en el deporte que recomiendo a todo el mundo: “Luge”. Consiste en tirarse por una vertiente helada tumbado en un estrecho y mínimo trineo a más de 100 kilómetros por hora. ¿Podría haber algo mejor?”
Llegó a participar en los Juegos Olímpicos en ese peculiar deporte y a la carrera final para la medalla de oro, aunque no la ganó. Entonces se dedicó a dar conferencias sobre como su experiencia podía ayudar a vivir mejor la vida, y escribió un libro sobre el tema, The Age of Speed, (Bard Press, Austin, Texas 2007). Algunas citas:
“Mi hija Alexia no conseguía aprender a andar en bicicleta. Se empeñó en hacerlo por sí sola, y se le alargaba el aprendizaje y se le despellejaban las rodillas. Pero recuerdo el día en que pasó el Rubicón.
Iba despacio en la bici para evitar caídas una vez más, pero no conseguía mantener el equilibrio. Las ruedas de la bici titubeaban, y ella se inclinaba precipitadamente a derecha e izquierda para mantenerse erguida. Yo la miraba, todo tenso y dispuesto a correr para sostenerla si se caía. Entonces, en un último esfuerzo para mantenerse en el sillín, comenzó a pedalear deprisa.
De repente la bicicleta se movía en línea recta, nada de torcerse o desviarse. En cuanto Alexia cogió velocidad, todo se simplificó. Encontró su ritmo a paso rápido y seguro. Evitó un pedrusco en el camino y se acercó a la acera a bajarse como si lo hubiera hecho toda la vida. La velocidad le había dado estabilidad.” (p. 85)
A eso va la parábola. Si vas demasiado despacio, te caes; si demasiado deprisa, te estrellas. Encuentra tu velocidad en la vida.
Otro pasaje:
“Cuando yo era joven me pasé una vez seis horas de pie en una cola para sacar entradas a un concierto de los Eagles. Toda una prueba. Pero cuando escuché el primer acorde de la canción ‘Hotel California’, toda la expectativa acumulada durante las seis horas de espera desembocó en una experiencia arrolladora. Desde luego que de todos modos me hubiera gustado esa primera canción aunque no hubiese tenido que esperar seis horas, pero no cabe duda que la espera contribuyó al placer. Si me hubiera saltado la cola y conseguido las entradas en el acto, me hubiera perdido parte del gozo. En aquella ocasión, el haber ido deprisa a sacar los billetes me habría estropeado la experiencia. Cada cosa tiene su velocidad.” (51) |
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Franz Kafka tiene un cuento célebre, “El silencio de las sirenas” con interesantes enseñanzas:
“Ulises se tapó los oídos con cera e hizo que lo encadenaran al mástil mayor de su nave para protegerse de la atracción irresistible del canto de las sirenas sobre el acantilado junto al que tenía que pasar su nave. Pero las sirenas tienen un arma mucho más peligrosa que su canto: su silencio. Quizá algún navegante escapara de su canto, pero nunca nadie logró huir de su silencio. Por eso las terribles seductoras no cantaron cuando Ulises pasó cerca de ellas. Ulises no percibió su silencio, porque pensó que ellas estaban cantando, y que él no las oía porque tenía tapados los oídos con cera. Así escapó de su canto, porque no cantaron, y de su silencio, porque se creyó que cantaban.
A esta historia añado yo un comentario. Se dice que Ulises, hombre sabio, era astuto como un zorro, tanto que la Diosa del Destino desconocía lo que guardaba en el corazón. Es posible que Ulises se diera cuenta de que las sirenas permanecieron calladas, y representó una farsa para ellas y para los dioses, digamos que a modo de protección.”
(“Cuentos Breves”, Maximiliano Torres, Norma, Buenos Aires 2006, p. 63)
Y ahora añado yo mi propio comentario. Kafka tiene razón en algo, y se equivoca también en algo. Tiene razón en que el silencio es más poderoso que las palabras, que las melodías, que las ideas. Atrae más, seduce más, encanta más. Lección certera y útil para la vida, tanto para encantar como para ser –o no ser– encantado. En la seducción, callar vale más que hablar.
Pero Kafka se equivocó en su cita de Homero. Según Homero, Ulises les tapó los oídos con cera a todos los remeros de su barco para que siguieran remando en sus puestos al pasar cerca de las sirenas sin desviarse, y les instruyó que lo ataran a él al mástil para que no pudiese soltarse aunque lo atrajera el canto; pero él no se los tapó y quedó con los oídos bien abiertos precisamente porque quería oír el canto de las sirenas. Si se hubiese tapado los oídos no hubiera habido necesidad de atarlo, como no ató a los remeros. Pero así podía él ver todo y oír todo sin peligro mientras dirigía a la nave en su curso. Él oyó el canto de las sirenas, se emocionó, se conmovió, forcejeó, quiso soltarse y lanzarse y abrazarse a ellas… pero las ataduras lo mantuvieron sujeto al mástil, la nave siguió adelante, pasó el peligro, Ulises cesó de forcejear, sus marineros lo desataron, se quitaron la cera de los oídos, y el viaje siguió adelante con un episodio más para el relato de Ulises. Y para el comentario de Kafka.
Y para mi propio comentario. Hay que leer con cuidado a los clásicos para citarlos bien. Ulises no se tapó los oídos. Kafka no leyó bien a Homero. Perdón, genio. |
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El padre instruyó a su hijo: “Ve en busca de la piedra de la verdad. Recorre las tierras más lejanas, afronta los peligros más mortales, tarda un año entero si hace falta, pero vuelve a tu pueblo y a tu familia con la piedra de la verdad. Tráela, y yo te enseñaré como te guiará la piedra en tu vida. Marcha, y que Dios esté contigo en tu búsqueda.”
El muchacho partió y anduvo días y días sin hablar con nadie, atravesó muchos países sin detenerse, llegó al mar, y allí pidió a los habitantes de ese último país le dijeran dónde podía encontrar la piedra de la verdad. Le dijeron que allí todos tenían las piedras de la verdad, y le dieron una de ellas. El muchacho se la guardó agradecido y emprendió el camino de vuelta.
Al pasar por otro país en su vuelta se detuvo a hablar con las gentes de allí, le preguntaron el objeto de su viaje, y él dijo había venido en busca de la piedra de la verdad y la había conseguido y la mostró a todos. Todos se rieron y le dijeron que esa no era la piedra de la verdad, que las verdaderas piedras las tenían ellos, y le dieron una de las verdaderas. Él se la guardó, les dio las gracias, guardó también por si acaso la primera piedra, y siguió su camino.
Lo mismo le ocurrió en el siguiente país, y en el siguiente, y en el siguiente. En cada país que atravesaba en su vuelta le daban una nueva piedra que era la verdadera. Él se las guardó todas, llegó a casa de su padre, le contó lo sucedido, y le mostró la colección de piedras.
Su padre le dijo: “Ahora ya sabes como te guía la piedra de la verdad. Te está diciendo que los habitantes de cada pueblo se creen que ellos son los únicos que poseen la verdadera y que todas las demás son falsas. Aprecia y guarda lo que tú has aprendido en tu pueblo y en tu familia, hijo mío, y respeta y entiende lo que los demás han aprendido en los suyos. Y guarda cuidadosamente todas esas piedras para que lo recuerdes. Esa enseñanza merecía ese viaje.”
Y el muchacho se guardó todas las piedras con cuidado. |
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“Dios les da su alimento a los pájaros; pero no se lo echa en el nido.” (Joshua Holland)
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