“Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
su cólera dura un instante,
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto,
por la mañana, el júbilo.”
Quiero descubrir mis estados de alma ante ti, Señor, y ante mí mismo, que bien lo necesito. Quiero aprender cómo tratarme a mí mismo cuando estoy de buen humor y cuando estoy de mal talante, cómo capear mi optimismo y mi pesimismo, como reaccionar ante la alegría espiritual y el desaliento humano; y, sobre todo, cómo dominar la marea de sentimientos, los cambios de humor, las tormentas repentinas y los gozos inesperados, la luz y las tinieblas, y, por encima de todo ello y a través de todo, la incertidumbre que nunca me deja saber cuánto va a durar un estado de alma y cuándo se va a precipitar el sentimiento opuesto con violencia de huracán.
Vivo a merced de mis sentimientos. Cuando me siento alegre, todo parece fácil, la virtud se hace natural, el amor brota espontáneo, y concibo una firme seguridad de que así ha de ser ya siempre en mi vida. Sí, me digo a mí mismo, ya he llegado por fin, ya estoy maduro en el espíritu, ya me domino; he sufrido altibajos, pero ya estoy sereno, ya sé lo que viene en la vida y nada ha de sacudirme ya. Soy un veterano y sé dónde estoy. Con la gracia de Dios, seguiré firme y constante.
Tú que me conoces bien, Señor, has puesto estas palabras en mis labios al invitarme a recitar el Salmo para enseñarme mi debilidad: “Yo pensaba muy seguro: no vacilaré jamás”. Sí, esa era mi falsa confianza, mi prematura jactancia. Yo creía que no volvería a vacilar jamás. Bien equivocado estaba, y bien pronto lo iba a verificar.
Tu Salmo continúa como lo hace mi vida: “Pero escondiste tu rostro y quedé desconcertado”. Volví a estar peor que antes. No valgo para nada; no aprenderé nunca; después de tantos años, vuelvo a estar como cuando empecé; cualquier viento me lleva para arriba o para abajo sin que yo pueda hacer nada; tan pronto entusiasmado como desesperado; no sé orar, no sé guardar la paz del alma, no sé tratar con Dios, y mucho menos conmigo mismo; no sé nada, y nunca aprenderé nada: lo mismo da que lo eche todo a rodar y me conforme con una existencia rutinaria por los bajos de la vida. Las estrellas no se hicieron para mí.
Cuando me va mal, me desespero, me olvido de que antes me había ido bien y me convenzo de que ya nunca volverá a sonreírme la vida; y cuando me va bien, me olvido también de que antes me ha ido mal, y presumo con seguridad absoluta que ahora ya siempre me irá bien, que no hay nada que temer y que la batalla está ya ganada para siempre. Me falla la memoria, y eso me multiplica el sufrimiento. Si me acordase de los días de sol cuando llueve, y de los días de lluvia cuando hace sol, podría obtener un equilibrio medio de realismo sano. Pero me olvido, y paso del abismo a las cumbres y de las cumbres al abismo con penosa rapidez. Soy esclavo de mis sentimientos, juguete de la brisa, muñeco de humores. Caliente en verano y frío en invierno. Me falta la firme perseverancia del seguidor fiel que sabe de mareas altas y mareas bajas y consigue la ecuanimidad con la paciencia de la fe. Yo vacilo, tropiezo y caigo. Necesito equilibrio, perspectiva, paciencia. Necesito la sabiduría de ver las cosas desde lejos para encajar mejor los altos y los bajos.
Esa es mi oración: Que cuando me vaya bien, me acuerde de que antes me ha ido mal; y que cuando me vaya mal, confíe que pronto me volverá a ir bien Entonces sí que “te daré gracias por siempre, Señor, Dios mío” |