[Una experiencia de Tama Janowitz en Family Wanted, True Stories of Adoption, Granta Books, London 2006, p. 157]
Días 1 y 2
Estamos en Beijing de camino a nuestra adopción. Nuestro grupo está formado por ocho parejas y dos mujeres solteras, junto con nuestra guía, Xiong Yan, que nos enseñará dos días Beijing antes de volar con nosotros a Hefei a hacernos cargo de los bebés, donde Xiong Yan nos ayudará con todo el papeleo final.
El interminable proceso de adopción ha sido como una búsqueda del tesoro: el FBI, por ejemplo, necesitaba nuestras huellas dactilares para probar que no éramos criminales en la lista de ‘Se Busca’. Teníamos que conseguir partidas de nacimiento con las firmas originales y enviarlas al departamento de la ciudad, al departamento del estado, al departamento federal, junto con el certificado de Hacienda y cartas de recomendación. Nuestro cerebro hubo de ser analizado por psicólogos. Parecía que nunca conseguiríamos un bebé. Mi marido Tim y yo teníamos mucho interés por adoptar. Yo sabía que Tim sería un padre maravilloso, y yo estaba deseando ser una buena mamá. Yo quería decididamente un bebé, eso sí, que se estuviera quietecito en la cuna haciéndose muecas a sí mismo. Todo el mundo a quien yo conocía que tuvieran un bebé me decían sin parar, ‘Tienes que tener un hijo. Es lo más maravilloso que puede sucederte.’ No llegaba yo a explicarme por qué me decían eso cuando su rostro al decírmelo parecía más el de un sobreviviente de un accidente de avión, pero me imaginaba que lo entendería más adelante.
Día 3
Estoy empezando a conocer el grupo poco a poco. Todos van de los 35 a los 45 – un fisioterapeuta, un pediatra, un fotógrafo, un editor, un agente de seguros, un profesor, un ingeniero de marina. En circunstancias normales, esta gente en el grupo no tendría mucho en común, pero el hecho de que estábamos todos juntos en esta aventura me hacía sentirme como un tímido aficionado a la ópera en una visita dirigida a La Scala de Milán. En el hotel de Hefei desaparecemos todos enseguida en nuestras habitaciones, riendo y sonriendo todavía. Cuando volvamos a encontrarnos estaremos ya todos con nuestros sonrientes, adorables, encantadores bebés.
Las dos, las dos y cuarto, las dos y media. Tim y yo nos paseamos de pared a pared como un marido esperando que su mujer dé a luz en la sala de partos. Por fin, hacia las tres y media, nos llaman: está a punto de llegar. Después de mucho discutir durante meses, hemos decidido llamarla Willow (sauce). La foto que después recibimos indicaba más bien que era baja y gorda. El nombre de Willow la ayudaría a cambiar. Suena el timbre: Xiong Yan y una enfermera del orfanato llegan con Willow.
Willow es muy mona, empapada en sudor, con orejas gigantes. ‘Acaba de comer’, dice Xiong Yan. ‘Cuando le den su alimento asegúrense de que está hirviendo de caliente, porque es a lo que están acostumbrados. Hay que darle de comer a las seis de la mañana, a las nueve, a las doce, a las tres, a las seis, y entonces se duerme y vuelve a comer a las once de la noche. Que esté siempre abrigada –nunca dejen que tenga el estómago al descubierto.’ Con eso, y con una caja de cereales de arroz y una bolsa con la fórmula que hay que combinar en medida exacta para su próxima comida, Xiong Yan y la enfermera de Willow nos dejan.
Inmediatamente, la encantadora niña en mis brazos rompe a llorar. La enfermera tenía razón, Willow no llora… mientras alguien esté jugando con ella –cada segundo. Este bebé no quiere ser abrazado, quiere ser levantado, arrojado, meneado, que le den vueltas en vilo, que lo pongan boca abajo mientras los adultos agitan los brazos y saltan todo alrededor como monos. Tiene la cabeza afeitada, y aunque nos dicen que es otra inocente costumbre china para asegurarse de que el pelo crezca más fuerte, nos hace sospechar porque en la foto no estaba afeitada. ¿Será que es calva?
A pesar de su debilidad física, tiene una cantidad de energía fuera de lo normal. Llora sin cesar, y como hemos leído en algún sitio que los bebés lloran solo por alguna razón, Tim y yo decidimos cambiarle los pañales. La ponemos en el suelo e intentamos quitarle lo que lleva puesto. Aunque está débil, es capaz de revolverse como un lobo con una pata en un cepo. Aun con nosotros dos empleándonos a fondo, la tarea es imposible. Yo tengo la cara roja, y a Tim le cae el sudor por todas partes. Nos miramos el uno al otro. ‘¿Es demasiado tarde para ponerla en el autobús de vuelta al orfanato?’ pregunto.
El cambio de pañales lleva una hora. Cuando Willow queda por fin vestida con los pañales estrangulando en oblicuo su cintura, deja de sollozar, lo que nos hace pensar es la hora de los potitos. Tratar de disolver los grumos del engrudo en el agua tibia del termo proporcionado por el hotel se lleva otra hora. Para entonces está enojada y aburrida –desde luego que esto no era lo que esperaba.
El hotel nos ha puesto en la habitación una jaula de metal plateado que es una cuna con barrotes separados entre sí a la distancia exacta para que un bebé pueda meter la cabeza entremedio y no sacarla. A Willow no le gusta la cuna. Se altera. Si antes estaba enfadada, ahora está furiosa. Los juguetes que nos trajimos de Estados Unidos no valen para nada; cualquiera lo hubiera visto. Por fin, después de varias horas de entretenimiento violento –cantos, aplausos, saltos, bailes– y otra papilla, conseguimos que se duerma. Ya es tarde, aunque no sabría decir cuánto tiempo ha pasado. Hace horas que yo estaba lista para irme a la cama. A las tres de la mañana decide investigar los juguetes. Descubre que apretando un botón en la caja dorada sale un sonido de hojalata con la canción ‘It’s a Small World’, que siempre he odiado, y que la repite sin cesar.
Día 4
Amaneció. Los potitos, el baño, los pañales, el intento de animarla mientras el otro miembro adulto de la familia trata de ducharse y vestirse, y viceversa. A ella no se la puede dejar sola un momento. La pobre criatura no tiene recursos –no puede leer, escribir cartas, o pintarse las uñas– ni ir a ninguna parte. Son las ocho –nos ha llevado tres horas el prepararnos para el desayuno.
Abajo, todas las parejas están patrullando los pasillos, y cada una de ellas tiene a un bebé chino sollozando. Una mujer se acerca a Willow en su carrito. Willow la mira y sonríe apreciativamente, como esperando ser rescatada de lo que obviamente es una situación equivocada. ‘¡Qué bebé más encantador!’ dice la mujer. ‘Yo debía haber recibido el mío ayer, pero no me lo van a dar hasta hoy. Es un tormento tener que esperar.’ – ‘Puede usted llevarse el mío’, le ofrezco.
Día 5
Horrible, espantoso.
Día 6
Para ahora las otras parejas de padres parecen haber envejecido diez años. Están tan agotados que ellos también comienzan a estar dispuestos a admitir que no todo es perfecto. Dos bebés no paran de llorar, y si les hacen callar empiezan otra vez en cuanto alguien los mira. Otro está en huelga de hambre. A dos les han calculado mal la ración de cereal de arroz y están estreñidos. En cada comida tenemos conversaciones fascinantes sobre temas desde escocidos causados por los pañales hasta caspa infantil.
Día 7
Nunca me perdonaré por haberles creído a todas esas amigas que me decían una y otra vez, ‘¡Tienes que tener un niño! ¡Es maravilloso!’ Ahora veo que era solo venganza por su parte. Me acordaré de animar a otras amigas a que hagan esta maravilla: adoptar una niña hiperactiva, llena de sudor, loca perdida, y que no puede ni cambiarse sus propios pañales.
Hemos acabado con todo el papeleo; nuestra próxima parada es una semana en Guangzhou (antes Cantón) para completar todo el proceso americano de inmigración. Después volamos de vuelta a Estados Unidos, donde, supongo, comenzará la verdadera pesadilla, y donde Willow pronto comenzará a reclamar muñecas Barbie, juegos Nintendo, caballos árabes de pura raza, tomará drogas, contraerá enfermedades de contagio sexual, exigirá entrar en los colegios privados más caros, y llorará sin consuelo cuando no consiga entrar en la universidad que quería.
Posdata: Cuatro Semanas Más Tarde
En contra de todo lo que predecía mi diario, todo ha resultado estupendamente. Nuestra niña es maravillosa, se está riendo a todas horas y es el encanto de todos. De verdad, por mucho que me digan que yo escribí esas páginas en mi diario de la China, no puedo creerles. Sería el cansancio horario. O lo que fuera. ¡Willow es tan encantadora! El otro día nuestro pediatra me dijo que no me preocupase, que es de esperar que cuando llegue a la universidad ya no necesite los potitos y las papillas y podrá comer cosas sólidas. Tener un bebé es lo más fantástico del mundo. ¡Y Willow es tan dulce! ¡Tan lista! Ya estoy pensando que probablemente en el otoño me ocuparé de adoptar un bebé de la India. Sí, ya lo estoy viendo: quizá un poco mayor que Willow, una de esas niñas que parecen huérfanas gitanas, de piel oscura, con pulseras de oro en sus delicadas muñecas y tobillos, y pelo denso y oscuro. A ver cuánto tiempo me cuesta convencer a Tim…