carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES ---  
 
atrás - OS CUENTO - 15/01/08


 

Entré en el metro. Estaba lleno. Lleno de jóvenes. Yo tengo ya mi edad pero nadie se levantó a cederme el asiento. Sé que tengo derecho a hacerle levantar a quien se sienta en asientos reservados para viejos, como estaban varios jóvenes, pero no lo hice. Eran solo tres estaciones. Detrás de mí entró un señor también de edad. Una joven que estaba sentada enfrente de mí y me había visto primero a mí se levantó al instante al verlo y le ofreció su sitio. Seguro que no me ganaba en años. Yo era mayor. Primero me pareció injusto que le cediera el sitio a él y no a mí que era mayor, e iba a sacar yo mi carné de identidad y enseñárselo a la chica para comparar edades, pero, al contrario, me consolé. Por lo visto yo no parecía tan viejo. Me vio a mí y no se levantó. Le vio al otro y se levantó. Hizo creerme que yo tenía buen tipo y que no había por qué levantarse por mí. Se lo agradecí en silencio más que si se hubiera levantado.

La muchacha salió en la misma estación que yo. Yo me puse a su lado y le dije: “Déjame felicitarte por haber dejado tu asiento a ese anciano. ¿Cuántos años crees tú que tendría?” Se sorprendió por mi pregunta, pero la tomó a bien, se rió, y dijo: “Por lo menos setenta.” “Yo tengo 82”, le dije. Me miró con asombro y los dos nos echamos a reír de buena gana. “¡Me equivoqué de viejo!” exclamó. Eso rejuvenece más que ir sentado en el metro.

El siguiente es un cuento de Nadine Gordimer, pero refleja una situación tan real, la cuenta tan bien, y me ha sacudido tanto que lo resumo aquí. Se titula The Ultimate Safari.

[El Parque Kruger en Sudáfrica se anuncia como “El Safari Definitivo”, la última experiencia de turismo de naturaleza animal en nuestros días. Esta es otra experiencia del mismo Parque que nos abre los ojos a “el problema definitivo” de nuestros tiempos, el abismo entre ricos y pobres.]

Aquella noche nuestra madre se fue al mercado y no volvió. Nunca. ¿Qué pasó? No lo sé. Mi padre también se había ido un día y nunca volvió; pero él estaba luchando en una guerra. No sabíamos a donde ir. Entonces la gente de la guerra, esos que el gobierno llama bandidos aunque aquí dicen que no son eso, vinieron a nuestro pueblo. Oímos a la gente gritar y correr. Teníamos miedo hasta de correr, sin nuestra madre que nos lo dijera. Yo soy la de en medio, la niña, con mi hermano pequeño pegado a mi estómago con sus brazos alrededor de mi cuello y sus piernas alrededor de mi vientre como un mono pequeño con su madre. Mi hermano mayor se pasó toda la noche con un leño de madera en sus manos, medio quemado cuando los bandidos quemaron nuestra choza. Era para defendernos si los bandidos volvían.

El día siguiente al bajar el sol vinieron nuestra abuela y nuestro abuelo. Alguien de nuestro pueblo les había dicho que estábamos solos, que nuestra madre no había vuelto. Nos llevaron a su pueblo. Nuestra madre nunca volvió. Mientras estábamos allí, la abuela no tenía nada para darnos de comer, ni para el abuelo ni para ella misma. Nos llevó a buscar espinacas salvajes en la selva, pero todos los del pueblo habían hecho lo mismo y no quedaba ni una hoja. Entonces decidieron que teníamos que marcharnos. Queríamos ir a donde no hubiera bandidos y hubiera comida. Nos alegrábamos pensando que había un sitio así, aunque estaba lejos.

Para llegar allí teníamos que cruzar el Parque Kruger. Sabíamos qué era el Parque Kruger. Algo así como todo un país de animales –elefantes, leones, chacales, hienas, cocodrilos, toda clase de animales –donde los blancos van a mirarlos y fotografiarlos. Íbamos en un grupo y nos guiaba un hombre, pero estábamos todos cansados. Nos dijo que teníamos que dar un largo rodeo alrededor de las alambradas que nos dijo nos matarían y nos quemarían la piel el momento que las tocáramos como los cables de los postes que llevan electricidad a la ciudad. Pero en un sitio teníamos que cruzarlas. Él nos ayudó y nadie se quemó. Vimos un mono muerto y quisimos asarlo y comerlo pero el guía nos dijo que ya estábamos dentro del parque y no podíamos hacer fuego porque los guardianes nos verían y nos echarían. Nos dijo que teníamos que movernos como animales entre animales, lejos de los caminos, lejos de los campamentos de los blancos.

Vimos elefantes enrollando sus trompas alrededor de las hojas rojas de los árboles mopane y metiéndoselas en la boca mientras los elefantes bebés se apoyaban en sus madres. Nos pasaban muy despacio porque los elefantes son tan grandes que no necesitan huir de nadie. Cuando hacía mucho calor durante el día nos encontrábamos leones durmiendo. Tenían el mismo color que la hierba seca y no los veíamos, pero el guía los veía y nos hacía retroceder para dar un largo rodeo. Yo quería tumbarme como los leones. Mi hermano pequeño se estaba quedando muy delgado, pero aun así me pesaba mucho a la espalda.

Andábamos no solo de día sino también de noche. Veíamos los fuegos de los blancos que cocinaban en sus campos y olíamos el humo y la carne. El viento nos traía palabras en nuestra propia lengua de los campamentos donde vive la gente que trabaja para los blancos. Una mujer de las nuestras quería acercarse a ellos de noche para pedirles ayuda, pero nuestro hombre nos dijo que teníamos que mantenernos alejados aun de nuestra propia gente que trabajaba en el Kruger, porque si nos ayudaban perderían su empleo. Si nos veían, lo único que podían hacer era pretender que no nos habían visto; solo habían visto animales.

Por la noche nos parábamos un poco a dormir. Estábamos cansados, muy cansados. Mi hermano mayor y el guía tenían que llevar a mi abuelo en volandas de piedra en piedra cuando cruzábamos los ríos. La abuela era fuerte pero le sangraban los pies. Comíamos frutos salvajes, y nos daban diarrea. El abuelo se alejó en la hierba alta para evacuar solo. No volvía, y el guía nos dijo que nos diéramos prisa. Teníamos que ir con los demás, teníamos que seguir con el grupo, nos urgía el guía, pero le pedimos que esperara al abuelo. Todos se pararon a esperar al abuelo. Fuimos a buscarlo entre la hierba alta, la hierba elefante, pero él era tan pequeño y la hierba tan alta que no lo veíamos. Lo llamábamos en voz baja y esperamos toda la noche y el día siguiente. Yo vi esos pájaros feos con pico curvo y cuello desnudo que daban vueltas y vueltas por encima de nosotros. Mi abuela también los vio. Por la tarde nuestro hombre nos dijo que teníamos que seguir o todos moriríamos.

La abuela no dijo nada. Vimos que los demás se levantaban para marchar. A mí se me saltaron las lágrimas de los ojos a las manos. La abuela se levantó, tomó a mi hermano pequeño, se lo puso a la espalda, se lo ató con un trapo y dijo, Vamos. Así dejamos el sitio de la hierba elefante. Lo dejamos atrás. Fuimos con los demás y con el guía. Comenzamos a andar otra vez.

*

Hay una tienda muy grande, más grande que una iglesia o un colegio, atada con estacas al suelo. Al llegar no entendí que allí era donde íbamos a vivir. Está hecha de telas azules y blancas, y aquí es donde vivimos con otra gente que han venido de nuestro país. La Hermana de la clínica dice que somos doscientos sin contar los niños, y que ahora hay más niños, y que algunos nacieron mientras veníamos por el Kruger.

Dentro está oscuro aun cuando fuera brille el sol, y es como si fuera un pueblo dentro. En vez de casas, cada familia tiene un espacio marcado con sacos o cartón de cajas desarmadas. Cuando llueve, los pequeños juegan en el barro. Mi hermano pequeño no juega. La abuela lo lleva a la clínica los lunes cuando viene el médico. La Hermana dice que tiene algo mal en la cabeza, cree que es porque no comíamos bastante de pequeños en casa. Por la guerra. Nuestro padre no estaba en casa. Y luego porque pasó mucha hambre al cruzar el Parque Kruger. Lo único que le gusta es estar tumbado en las rodillas de mi abuela o apoyado en ella, y se nos queda mirando a nosotros. Quiere preguntar algo pero vemos que es que no puede. Si le hago cosquillas, sonríe.

Ya casi no me acuerdo de cómo éramos cuando llegamos aquí. Nos llevaron a firmar que habíamos venido a través del Parque Kruger. Nos sentamos en la hierba y había barro. Una Hermana vino y nos trajo un polvo especial. Nos dijo que teníamos que mezclarlo con agua y beberlo despacio. Rompimos los paquetes con los dientes y nos lamimos todo el polvo. Se me quedaba pegado a la boca y yo me chupaba los labios y los dedos. Algunos niños vomitaron. Otra Hermana nos cogió del brazo y nos clavó una aguja. Cada vez que yo cerraba los ojos, me parecía que estaba andando, que la hierba era alta, que veía elefantes. No sabía que ya estábamos lejos.

Ahora llevamos ya mucho tiempo aquí. Yo tengo once años, y mi hermano pequeño, tres. Solo que es tan pequeño, solo tiene la cabeza grande. Aún no está bien de la cabeza. La gente ha cavado en el suelo alrededor de la tienda y ha plantado verduras y cereales. No se permite a nadie buscar trabajo en las ciudades, pero algunas mujeres han encontrado trabajo en el pueblo y pueden comprar cosas. La abuela es todavía fuerte y acarrea ladrillos para la gente que hace casas.

Unos blancos vinieron a sacar fotos de la gente que vive en la tienda. Dijeron que estaban haciendo una película. Yo no he visto nunca una película, aunque sé lo que es. Una mujer blanca se metió en nuestro espacio y le hizo a la abuela preguntas que uno que sabía la lengua de la mujer blanca nos decía a nosotros.

¿Hace cuanto tiempo que vive usted así?
En esta tienda dos años y un mes.
¿Qué esperanza tiene usted para el futuro?
Ninguna. Estoy aquí.
¿Espera usted volver algún día a su país, a Mozambique?
No volveré.
Cuando acabe la guerra, ¿no volverá usted?

La abuela apartó la mirada y dijo: No hay nada; no hay casa.

¿Por qué dice eso la abuela? ¿Por qué? Yo sí que volveré a través del Parque Kruger. Después de la guerra, cuando ya no haya bandidos, nuestra madre estará allí esperándonos. A lo mejor también, cuando dejamos al abuelo, solo se quedó allí, anduvo y salió del Parque Kruger, despacio, a su manera, encontró el camino y nos estará esperando en casa.

(Nadine Gordimer, The Ultimate Safari, Telling Tales, Nadine Gordimer,Bloomsbury, London 2004, p. 269 (abreviado).

(Se me saltan las lágrimas.)