[Este es el episodio central del libro ‘Un seminarista en las SS’ del padre Gereon Goldman. Él era entonces un seminarista franciscano que tenía 25 años y había hecho los estudios de filosofía pero le faltaban los cuatro años de teología para poder ordenarse sacerdote cuando le tocó entrar en el ejército alemán al comenzar la guerra y ser reclutado por las SS junto con otros seminaristas, ya que eran gente educada e inteligente, y las SS escogían lo mejor para sus filas. El mismo Himmler les dio personalmente facilidades para que aceptaran. Cuando le destinaron al frente ruso para la batalla de Leningrado fue a despedirse de su familia (pocos alemanes se salvaron de aquella batalla), y aquí empieza el relato:]
‘Pasaba por Lindenstrasse cuando, de repente, me encontré frente al convento de las Hermanas en cuya capilla, diecinueve años antes, había ayudado a Misa por primera vez. Cuando estaba de rodillas rezando delante del altar, una menuda y envejecida Hermana se acercó a mí. Era la Hermana Solana May, la sacristana que me había enseñado a ayudar a Misa y me reconoció enseguida.
Me preguntó a bocajarro: “¿Rezas devotamente?”
Aunque, a primera vista, era una curiosa pregunta para un soldado, repliqué: “Usted sabe cómo rezaba yo en esta capilla, Hermana.”
“Y ¿rezas para ser ordenado sacerdote el año próximo?”, insistió.
“¿Yo, Hermana? ¿El año próximo? ¡Eso es imposible!”
Me preguntó amablemente: “¿Por qué es imposible, hijo mío?”
“¡Todavía no he estudiado teología! Antes de ser ordenado me esperan por lo menos cuatro años en el seminario después de la guerra… si llego con vida”.
Me miró sonriendo dulce y confiadamente. “No te preocupes. El año que viene serás ordenado sacerdote.”
Algo me decía que estaba diciendo insensateces, y le pregunté como había llegado a semejante conclusión. Ante mi asombro sacó un libro de un cajón y me lo dio para que lo examinara. Allí estaba escrito que el día de la muerte de mi madre había empezado a rezar por mí, para que fuera sacerdote en cuanto tuviera la edad. Había rezado con su comunidad a nuestro Señor y se había sacrificado durante diecinueve años con el fin de que yo llegara a ser sacerdote en la Orden Franciscana. Y había rogado a las otras Hermanas –eran 280– que se unieran a ellas, y las Hermanas prometieron hacerlo así. Pedía a muchas hermanas, ya fallecidas, que, ahora que estaban en el Cielo, recordaran a aquel monaguillo. Luego me dijo: “Ya que la Sagrada Escritura asegura que serán oídas todas nuestras plegarias, no hay duda de que el próximo año serás sacerdote.”
Yo le contesté: “Todavía existe una ley en la Iglesia que dice que nadie puede ser ordenado sacerdote si no ha estudiado teología, y las oraciones más fervorosas, querida hermana, no pueden cambiar eso.”
Me preguntó: “¿Quién ha hecho esas leyes?”
“Bueno, el papa.”
Entonces se echó a reír alegremente: “La cosa es muy sencilla. El papa que ha hecho las leyes, puede también dispensar de ellas.”
“Yo no he estudiado, y yo no estoy en Roma.”
“Pues tendrás que ir a Roma. Hoy empezaré a rezar para que veas al papa en Roma. Entonces le podrás pedir resueltamente tu ordenación.”
Me quedé sin palabras ante aquella loca confianza y saqué del bolsillo la orden de partir hacia Rusia al día siguiente. Dije: “Mañana me pondré en camino hacia Rusia, mañana por la mañana temprano. El papa no vive allí, Hermana.”
Ella añadió: “Necesitas la ayuda de la Madre de Dios, la Madre de todos los sacerdotes. Y así, primero harás una peregrinación a Lourdes y le pedirás su ayuda. Todo saldrá bien.”
El día siguiente a las ocho en punto de la mañana llegué a la estación de ferrocarril con los doscientos soldados a mis órdenes. Subimos al tren que salía a las 9:10. Cinco minutos antes bajé del vagón para comprobar que todo estaba en orden. De repente se acercó a toda velocidad un automóvil con un oficial, un soldado con su arma, y un sargento de uniforme. El oficial me preguntó mi nombre y me dijo fríamente: “Está usted arrestado”, y dirigiéndose al sargento: “Hágase cargo de él.” Le entregué los papeles de mi comandancia y subí al auto con el soldado armado a mi espalda. Me llevaron a la cárcel. Comencé a pensar que mi asociación con el grupo que pretendía asesinar al Führer había sido descubierta. Estuve tres días en la cárcel. Al tercer día llegó un mensaje desde Berlín. El comandante lo abrió en mi presencia. Ante mi sorpresa vi que iba a ser trasladado inmediatamente al sur de Francia. “¿Dónde?”, pregunté. “A Pau”, replicó. “¿Conoce usted Lourdes? Está muy cerca.” No fui a Rusia y sí fui a Lourdes. La fe de la Hermana Solana quedaba justificada.
De Pau, desde donde visité Lourdes, fui enviado a Italia y llegué a Roma. Allí fui a la embajada alemana donde tenía un encargo secreto para uno de los oficiales que participaba en la conspiración para asesinar a Hitler, Herr von Kessel. Yo era enlace de comunicación entre ellos, pronuncié la contraseña ante él y repetí tres veces palabra por palabra el encargo que se me había dado para él pues nada se podía poner por escrito. Herr von Kessel me dijo: “Ha prestado un gran servicio a la causa. ¿Puedo hacer algo por usted?” Le dije que quería ver al papa. Me dijo era imposible, pero yo insistí, él se puso al teléfono y al cabo de varias llamadas me dio la hora en que debía presentarme en el Vaticano. Me recibió un monseñor que me preguntó qué le iba a decir yo al papa. Le contesté que le iba a pedir permiso para ordenarme sacerdote.
- ¿Ha terminado usted los estudios del seminario con éxito?
- No. Los acabaré después de la guerra.
- Entonces es totalmente imposible.
- Eso lo tiene que decir el papa, no usted.
- Le prohíbo que le mencione eso al papa.
- Soy soldado y si es necesario veré al Santo Padre por la fuerza y armaré un escándalo.
- Bueno, pase, pero no mencione la ordenación.
Hablé con el papa, que era Pío XII, del trabajo de los capellanes en el ejército. Luego al fin le dije:
- Le suplico humildemente que me admita al sacerdocio para poder confesar a soldados y prisioneros.
- ¿Tienes certificado de estudios?
- Sí, de mis estudios de filosofía.
- ¿Y de teología?
- De teología todavía no.
- ¿Cómo? ¿No has estudiado teología?
- Lo haré después de la guerra.
- Pero no puedes llegar a ser sacerdote sin esos estudios.
- Desde los ocho años he ayudado a Misa y lo hacía muy bien. Me sé todas las ceremonias de la Misa.
- ¡Pero aquí no ordenamos a monaguillos!
- Además, Santo Padre, he llevado y administrado la Sagrada Comunión a soldados heridos y moribundos en el frente.
- ¿Cómo es así si ni siquiera eres sacerdote?
- Un obispo me dio permiso. Lo he hecho muchas veces. Y llevo Sagradas Formas consagradas siempre conmigo para ese fin.
Le mostré la carta del obispo, y luego saqué reverentemente la cajita en que siempre llevaba conmigo las Formas Consagradas para su protección y distribución pues nunca me separaba de ellas, y me arrodillé en silencio. El papa comprendió y se arrodilló también. Me dijo que esperase a la salida y me darían el documento firmado por él para mi ordenación. Y así fue.
Volví al frente. Caí prisionero de los ingleses. Me llevaron de una prisión a otra hasta Argel. Allí conseguí contactar con el obispo, le enseñé el documento del papa con el sello del Vaticano, él lo examinó, hizo algunas investigaciones sobre mí, y se convenció. Así fue como un obispo francés ordenó sacerdote a un soldado alemán perteneciente a las SS. El general francés de la guarnición asistió a mi primera Misa, se arrodilló ante mí para besar las manos ungidas de un prisionero alemán y me pidió la bendición. Las oraciones de la Hermana Solana habían sido oídas.’