carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES---  
 
atrás - OS CUENTO - 01/12/07
 

Ángela Nissel es hija de padre blanco y madre negra (semifelices en su matrimonio según ella dice, hasta que se separaron), y cuenta con sentimiento y con gracia los sinsabores, perplejidades, y aventuras por las que su mezcla de colores la ha hecho pasar en la vida. Su autobiografía se titula Mixed, Mezcla. Su madre se recriminaba a sí misma por un lado “por traer hijos al mundo que no saben lo que son”, pero a su hija ella la animaba desde pequeña: “Ser de dos razas te da lo mejor de dos mundos. Dos por el precio de uno. Cuando seas mayor verás las ventajas.”

La primera ventaja que averiguó fue cuando, al llegar al colegio, la Hermana Mary les dijo a todas las niñas que se levantasen y se alinearan contra la pared. Ella se puso entre las demás, pero la Hermana Mary le dijo, “No, tú no.” Entonces cayó en la cuenta de que solo las niñas blancas se habían levantado, mientras que las negras se habían quedado en sus asientos. ¿Por qué? Se trataba de examinarles el pelo para ver quiénes necesitaban el tratamiento contra los piojos, y la Hermana Mary le explicó: “Todos los hijos de Dios reciben dones. Los niños negros reciben de Dios el don de no tener piojos en el pelo. Ya lo sabes.” Y fue a sentarse junto a sus compañeras negras que ya lo sabían. Aunque, dice, “Me quedé con la duda de si debía decirle que mi papá era blanco. A lo mejor debería haberme examinado la mitad de la cabeza.”

Les mandan pintar un autorretrato. Les dan lápices de colores para colorear su rostro en el papel. La caja de los lápices viene con el anuncio: “La Compañía Crayola presenta 16 lápices multiculturales. Sirven para colorear cualquier rostro del mundo.” Ella es casi blanca como se ve en su foto, con tinte ligeramente tostado difícil de definir. Lo llamaba “amarillo oscuro”. Dibujó su cara, pero la dejó sin colorear.

“Levanté la mano para decir que había terminado. La Hermana Mary me miró incrédula, se acercó despacio a mi pupitre, se inclinó, y dictaminó: ‘No has coloreado tu cara.’ Empezó a tomar lápices de la caja y ponerlos junto a mi mejilla para comparar. Todas las niñas se reían por lo bajo. A mí me dieron ganas de decirle que me podía pintar la cara con las cenizas del Miércoles de Ceniza que acabábamos de celebrar. Por fin encontró el lápiz que hacía juego con mi piel. ‘Aquí tienes. Burnt Umber.’ (Algo así como Sombra Quemada.) Tomé el lápiz y vi que era el que estaba menos usado. Habían usado el marrón claro y varios negros, pero nadie había usado ‘Sombra Quemada’. Puse las manos con las palmas hacia arriba y dije, ‘Aquí también yo soy blanca’.”

Su color indeciso le crea problemas en la calle. Va a jugar con chicos blancos que no reprimen su curiosidad. “Michael, un chico muy popular de primero, me preguntó, ‘¿Eres negra o blanca?’ Estábamos jugando en la calle enfrente de mi casa, a punto de escoger equipos para fútbol callejero. Yo sabía que debería haber ido a jugar con chicas y chicos negros, y miré de lejos a mis tres amigas negras que estaban saltando a la comba. Pero todos los chicos blancos estaban esperando mi respuesta en silencio, así es que yo di la respuesta que me habían enseñado a dar, una frase que es tan parte de mi infancia como saber mi número de teléfono y cómo sentarme si llevaba falda, la respuesta que siempre daba cuando me preguntaban por la curiosidad de verme ni del todo blanca ni del todo negra. Dije la verdad:

‘Mi mamá es negra y mi papá es blanco.’
‘¡Entonces eres una cebra!’ dijo Michael el gracioso.

El grupo del fútbol se desternilló con la ocurrencia de Michael por llamar cebra a alguien que era mezcla de blanco y negro. Si hubiera sido gracioso de veras podía haberme llamado panda o pingüino que también son blancos y negros y más originales. Otro chico gritó, ‘¡Cebra!’, y se extendió el virus hasta que todos los chicos entonaron la palabrita, y las dos chicas de mi clase, Michelle y Heather, se reían. A los chicos les gustó eso de captar la atención de las chicas, decidieron que jugar a ‘bailar-alrededor-de-la-cebra’ era más divertido que el fútbol y se pusieron a bailar en círculo a mi alrededor. Yo gritaba, ‘¡No soy cebra! ¡No soy cebra!’, pero nadie me oía con las voces de los chicos, con lo que para expresar mi furia le di una patada a su balón apuntando a la boca de la alcantarilla, me di media vuelta y me eché a correr a mi casa.

Una vez dentro traté de decirles a mis padres qué había pasado, pero solo me salía un sonido de la boca. ’Cee-cee-cee-eee’, mientras trataba de retener las lágrimas. Por fin solté, ‘¡Ccc-cebra! ¡Cebra! ¡Me han llamado cebra!’ según me brotaron las palabras y las lágrimas. Mi madre miró a mi padre, me cogió por un brazo y me metió la cabeza entre sus pechos que estaban bien espolvoreados de talco blanco perfumado. Yo estornudé y lloré y me tragué los polvos mientras mi padre daba zancadas enfurecido de una pared a otra.

Cuando mi última lágrima había regado la zona empolvada de mi madre, se fueron los dos a la cocina para una conferencia de mayores como hacían en momentos de crisis. Mi padre gritó:

‘¡Voy a matar a esos hijos de puta!’
‘Irás a la cárcel’, le contestó mi madre.
‘¡Ellos son los que deberían ir a la cárcel!’
‘¿A dónde vas ahora?’
‘A decírselo a sus padres. No le pegaré a nadie.’ Volvieron de la cocina y mi padre se volvió a mí, ‘Dime tú donde viven.’
‘No lo sé’, contesté yo.
‘No importa. Llamaremos a todas las puertas del barrio.’

De repente las lágrimas merecían la pena. Íbamos a llamar a todas las puertas del barrio a darles una patada en el culo a todos los racistas. Mi madre gritó, ‘¡Espera un momento!’ Temí que iba a abortar la misión, pero todo lo que quería era limpiarme de la cara todos los polvos de talco que sus pechos me habían pegado. ¿Cómo iba yo a ir de puerta en puerta con la cara manchada? Mi padre no titubeó. Vio a Michelle en la calle y le preguntó dónde vivía el chico que me había insultado.

Fuimos derechos y tocamos el timbre. Aparecieron un hombre y una mujer con aire precavido.

‘¿Podemos hacer algo por usted?’
‘Sí, si pueden. Su hijo Jimmy le ha llamado cebra a mi hija.’
‘¡Dios mío!’ dijo la madre, se volvió y llamó, ‘¡Jimmeee!’
Jimmy bajó corriendo las escaleras pero se paró de repente en el último escalón cuando nos vio a mi padre y a mí. Su padre le preguntó,

‘¿Es verdad que has llamado cebra a esta chica?’
‘Sí, pero no fui yo el único…’.
‘No me importa quién más lo hizo. Pídele perdón.’
‘Lo siento’, dijo Jimmy mirándole más a la alfombra que a mí.
Entonces mi padre me preguntó a mí, ‘¿Estás satisfecha?’

Mi padre no sabía que a una niña pequeña no debe hacérsele esa pregunta. Una niña pequeña no sabe que hay algunas preguntas a las que no hay que contestar la verdad. Yo no sabía entonces que yo debería haber contestado, ‘Sí, me doy por satisfecha’ y volverme a casa. Así es que yo contesté la verdad, y volviéndome hacia el padre de Jimmy le dije,

‘¿Va usted a darle una paliza?’
‘Por Dios, Ángela’, interrumpió mi padre, pero para entonces ya había dicho la madre de Jimmy,
‘Desde luego, se va a llevar una buena paliza.’

Jimmy se echó a llorar y desapareció escaleras arriba. Mi padre y yo volvimos orgullosos a casa.”

Una confidencia suya, ya de mayor: “Perdí muchos años de mi vida odiando a los blancos.”

(Angela Nissel, Mixed, Villard, NewYork, 2006, p. 26ss, 177)

 

“Un rabí de nombre Isaq ibn’Ezra pidió a Dios le mandara aquí en la tierra los sufrimientos que había de pasar por sus pecados. Dios aceptó. El rabí esperó catástrofes, azufre y fuego, ángeles con espadas flamígeras, truenos, relámpagos, diluvios. Nada de esto sucedió.

Pero al rabí comenzaron a acontecerle pequeños contratiempos. En la sinagoga equivocaba las palabras o se olvidaba de lo que había preparado. Si se disponía a escribir, el tintero se volcaba. Cuando salía a la calle, la luz del sol le hería los ojos. El gato se le murió. Se le manchó la camisa de sopa. Durante un día entero tuvo hipo.

También se acatarró. Perdió las gafas. Un día se tropezó y se torció un tobillo.

Hasta que Isaq ibn’Ezra se prosternó sobre su rostro y le dijo a Dios que ya había entendido.”

(Benito Arias García, Grandes Minicuentos Fantásticos, Alfaguara, Madrid 2004, p. 50)

¿No os parece que cuando Dios dispuso los yacimientos de petróleo por el subsuelo terrestre se equivocó un poquito de países?