carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES ---  
 

“Los siervos del rey que los habían arrojado al horno no cesaban de atizar el fuego con nafta, pez, estopa y sarmientos, tanto que la llama se elevaba por encima del horno hasta cuarenta y nueve codos, y al extenderse abrasó a los caldeos que encontró alrededor del horno. Pero el ángel del Señor bajó al horno junto a Azarías y sus compañeros, empujó fuera del horno la llama de fuego, y les sopló, en medio del horno, como un frescor de brisa y de rocío, de suerte que el fuego no los tocó ni les causó dolor ni molestia.”
(Daniel 3:46-50)

Llegué de joven a la India y me encontré desde el principio a tono con las gentes, fascinado por las tradiciones, inmerso en la profundidad de su pensamiento y deslumbrado por la variedad de su riqueza. Descubrí paisajes y disfruté monzones, vi cielos azules de noche con estrellas brillantes como en ninguna parte del mundo y viajé por paisajes sin cuento con dunas de desierto y palmeras de dátiles, con playas alargadas y bosques apretados, con ciudades abigarradas y pueblos en paz. Disfruté el gusto exótico de hornos de barro, los sabores concupiscentes de secretas especias seculares. Todo me fue bien y todo elevó mi vida, y no me dañaron serpientes ni enfermado mosquitos ni atacado tigres ni aplastado elefantes aunque de todo vi en esa bendita tierra. Pero hay una cosa en que nunca me fue bien en la India. Un peso largo y permanente de molestia continuada y sufriente inquietud. Una penitencia en tierras de alegría y un sufrimiento en tierras de gozar. El calor.

Calor seco y calor húmedo, calor de desierto y calor de monzones, calor de mediodía y de tarde y de noche. Calor que no cesa, que no perdona, que no para. Calor que derrota el trabajo y estorba el sueño. Calor que empapa la ropa y derrite la mente. Calor y calor y calor. Mi cuerpo hecho cerca de los Pirineos no se acostumbró nunca a la latitud de los trópicos. Mi estatura nórdica se doblegaba ante el sol vertical. Mi piel se cansaba de sudar. A veces se me formaba una capa seca en la frente de sal humana precipitada al secarse el sudor. Cuaresma de calor.

Por eso, y por todos los calores que después se han sucedido en mi vida, quiero hacerme amigo del ángel del horno de Babilonia, a ver si con su soplo me trae su frescor de brisa y rocío en medio del fuego del calor de la tierra. Que me enseñe a estar en el fuego sin quemarme, a vivir en el calor sin molestarme, a mirar al termómetro sin preocuparme, a destaparme en la cama sin desvelarme. Que no suprima el fuego por mí –que no voy a cambiar meteorologías por mi causa–, pero que en medio del fuego yo aprenda a tolerarlo. Que no cambie el clima, pero que cambie mi resistencia interior, mi queja rebelde, mi protesta contenida, mi enfado alargado, mi lastimera auto-compasión. Sé que el problema está en mí porque hay compañeros míos tan sensibles al clima como yo que lo superaban elegantemente, pero me cuesta reconocerlo y me resulta fácil culpar al termómetro ante la ola de calor en verano. Pero soy yo, y mi mente, y mi tozudez. Por eso necesito siempre a un buen ángel. El ángel de Ananías, Azarías y Daniel, jóvenes del pueblo israelita y servidores del rey Nabucodonosor que se negaron a postrarse ante la estatua de oro del rey y adorarla. Su firmeza provocó la ira del rey, y a sus órdenes se encendió en horno siete vece más de lo corriente. El fuego abrasó a los servidores del rey y rodeó amenazador a los tres jóvenes. Pero el ángel climatizó su entorno entre las llamas, y ellos se pusieron a cantar.

En su canto descubro su secreto. Escucho atentamente sus versos y se me van abriendo los ojos. Dicen los tres jóvenes:

“Sol y luna, bendecid al Señor,
astros del cielo, bendecid al Señor.
Lluvia y rocío bendecid al Señor,
vientos todos, bendecid al Señor.
Fuego y calor, bendecid al Señor,
frío y ardor, bendecid al Señor.”
(3:62-67)

¡Allí está! El secreto es dar gracias al Señor por todo. Por la lluvia y el rocío, y por el fuego y el calor. Alabar al Señor por todo lo que ha hecho, por todo lo que pasa, por todo lo que nos toca. En el momento en que me pongo a elegir, me hundo. Si escojo el rocío y rechazo el fuego, entra en miedo en mi alma, sospecho y huyo, evito el nombre mismo del fuego y me refugio en el rocío si lo encuentro o en su deseo y nostalgia si no lo tengo a mano. Y eso desequilibra mi alma. El desear, el anhelar, el evitar, el rehuir. Entra la predilección en mi alma, y se marcha la paz. Ya tengo complejo de temperatura que agita mi mente y pone en peligro mi tranquilidad. He de aprender a tomar al clima como viene, a saludar a los vientos y a las nubes, y a las heladas y a los bochornos. Alabar por todo al Señor, que el Señor los hizo y en su variedad y en su sucesión está el valor de la creación, el sentido del cambio, el valor de la vida. ¡Fuego y calor, bendecid al Señor! ¡Frío y ardor, bendecid al Señor!

El cambio de actitud es la clave de la reconciliación. No es la temperatura la que me hace sufrir, es la mente. No es el sudor, es mi rebelarme al sudar. No son los cuarenta y ocho grados a la sombra sino ni miedo a verlos marcados en el termómetro. No es la naturaleza sino mi complejo. Una bebida helada no alivia el sofoco, sino que lo intensifica. Al abanicarme no ahuyento el calor, sino que declaro su presencia. Medios externos no resultan en su artificialidad y su costo y su incertidumbre. El verdadero remedio está dentro de mí.

El mejor refresco en el calor es alabar a voces a Dios por él. Con toda el alma, con alegría, con generosidad. Aceptar la realidad y bendecir a quien la hizo. Camino de paz y fuente de satisfacción. Eso me está enseñando el ángel del horno de Babilonia. Santo patrono de la refrigeración. Y si no, que se lo pregunten a Ananías, Azarías, y Daniel. Con ellos sigo cantando:

¡Ángeles del Señor, bendecid al Señor!
¡Poderes todos del Señor, bendecid al Señor!