Espero esta narración os conmueva como me ha conmovido a mí.
Harry Bernstein, escritor judío nacido en Inglaterra y afincado ahora en Estados Unidos, cuenta como en su pueblo la calle principal que lo recorría de lado a lado por el centro estaba como dividida por una Pared Invisible (que es el título de su autobiografía) ya que en un lado de la larga calle vivían cristianos y en el otro judíos. Y no se mezclaban. El único contacto era que para encender el fuego la víspera del sábado, cosa que los judíos necesitaban pero no podían hacer por estar prohibida cualquier acción el sábado desde la víspera por la tarde, llamaban a una persona cristiana del otro lado de la calle para que se lo encendiera.
Inevitablemente sucedió lo que más pronto o más temprano había de suceder. Una chica judía, Lily, hermana del autor del libro, se enamoró de un chico cristiano, Arthur, y él, de ella. Primero a escondidas. Luego los padres de ambos se enteraron y ambos lo prohibieron. La familia de Lily, aunque pobre, consiguió que unos parientes emigrados a América les enviaran el billete para que Lily fuera allá y se olvidara de Arthur. El billete llegó, pero la víspera del viaje, cuando su madre le estaba haciendo la maleta e iba a meter su mejor vestido, Lily le dijo que no lo metiera, que quería ponérselo de despedida. Luego le pidió a su hermano que la acompañara, fueron a una oficina al otro lado del pueblo donde los esperaba el muchacho, también con su mejor traje. Era la oficina del juzgado, y allí se casaron.
Su hermano volvió para contárselo a su madre. (Su padre estaba siempre borracho y no se enteraba de nada.) Su madre dio un gran grito y comenzó a rasgarse los vestidos. Las vecinas corrieron a calmarla. Luego cerraron las ventanas y pusieron velos negros delante de los espejos como se hace en un funeral. Al casarse su hija con un cristiano había que considerarla como muerta, y comenzaron ya el funeral en casa. Entonces llegaron los nuevos esposos Lily y Arthur. Cuenta Harry, el hermano de Lily:
“Mi hermana vio como estaba mi madre, con la cabeza hundida sobre el pecho, y se quedó sin habla. Se arrodilló ante ella, tomó sus dos manos en las suyas y comenzó a suplicarle: ‘Mamá, ¿qué te pasa? ¿Te sientes mal? Mírame, mamá. Soy Lily, tu hija. No estoy muerta, mamá. No estoy muerta. Mírame, mamá, estoy viva. Me he casado con Arthur y es mi marido. Nos queremos los dos. Y te quiero a ti, mamá. Quiero que seas feliz. Quiero que no estés enfadada conmigo. Háblame. Dime algo. ¡Oh mamá, mamá! Por favor… por favor…’. Y se echó a llorar. Pero lo mismo podía haberle estado hablando a una pared. No había ni un movimiento en la cara de mi madre, ni una señal de reconocimiento, ni siquiera de estar oyendo su voz, de ver a Lily que le estaba pidiendo que la escuchara, que dijera algo, mientras todos los demás estábamos mudos, demasiado asustados y sacudidos como para poder decir o hacer nada. No hubo respuesta de parte de mi madre. Nada en absoluto. Como una piedra. Como si no la hubiera oído. Permaneció en silencio con la cabeza hundida sobre el pecho. Lily siguió implorando hasta que al fin Arthur se inclinó hacia ella, la levantó y se la llevó, y yo podía oír como Lily seguía sollozando hasta en la calle y hasta que la puerta se cerró tras ellos.”
Cuando, la próxima víspera de sábado, su madre le dijo a Harry que llamase a la vecina cristiana del otro lado de la calle que les encendía el fuego, esta se asomó a la puerta y les gritó entre insultos: “¡Encended vosotros vuestro cochino fuego! ¡Malditos judíos! ¿Quién mató a Cristo?” Harry se lo dijo a su madre, y esta iba a salir a liarse a palos con su vecina de enfrente, cuando se acordó de que era ya sábado, y el sábado estaba prohibido reñir. Pero ¿quién les iba a encender el fuego? Al cabo de un rato alguien llamó a la puerta. Era otra vecina cristiana del fin de la calle que había oído los gritos y le dijo a Harry: “Ve y dile a tu madre si quiere que yo os encienda el fuego.” Aceptar su oferta nos ayudaba, pero ¿no era eso también aceptar el matrimonio de Lily? Por otra parte quedarse sin fuego y sin cocinar para el sábado sería un pecado mayor todavía. Su madre encontró la salida: “Yo tengo que salir ahora mismo, pero ella puede entrar a encender el fuego mientras yo no estoy. Y no te olvides de darle el penique que siempre damos por esa tarea.” La vecina entró, encendió el fuego, y rehusó el penique: “Muchas gracias, pero he tenido mucho gusto en hacerlo.”
Harry visita de vez en cuando a su hermana, y pronto se entera de que está embarazada. Un día se encuentra con que ha nacido el niño. “Ya eres tío”, le dice su hermana. Para colmo le dicen que se parece a él cuando era pequeño. Harry vuelve a su casa y le dice a su madre: “Lily ha tenido un niño y se parece a mí.”
“Hubo un gran silencio. Ella estaba en un torbellino de emociones. Su hija a quien había que considerar como muerta había dado a luz a un niño, lo cual quería decir que ella estaba viva. Eso no podía negarse. Y sin embargo su religión le decía que estaba muerta. Yo rompí el silencio y dije: ‘Lily me encargó te dijera que quiere que vayas y veas a tu nieto.’
‘¿De veras dijo eso?’ murmuró mi madre con la garganta atascada como si no pudiera hablar.
‘Sí’, dije.
Entonces ella dijo algo que me sorprendió: ‘Tienes que ir al otro lado de la calle y decirle a los padres de Arthur que ha tenido un niño.’
Fui corriendo. Ya lo sabían, y habían ido a ver a la pareja. Entonces me dijeron que querían tener una fiesta de nacimiento para toda la calle, pero solo si mi madre quería. Volví a casa y se lo dije a mi madre.
Mi madre estuvo un rato largo sin decir nada. Solo me miraba. Estaba totalmente confundida. Un tira y afloja se libraba en su interior entre su religión y su corazón. ¿Cómo podía celebrar el nacimiento con una fiesta cuando se negaba a reconocer que la madre del niño, su propia hija, estaba viva? De repente se decidió. ‘Llévame a ver a Lily y a su bebé.’ Habló abruptamente, como con prisa por pronunciar las palabras antes de cambiar de opinión. Y yo estaba encantado de ir.
Arthur nos recibió con sorpresa y alegría y nos llevó al piso de arriba a ver a Lily. Cuando llegó a la puerta del dormitorio se inclinó hacia dentro y le oímos decir, ‘Lily, tengo una visita para ti y te vas a llevar una alegre sorpresa.’ Se enderezó y se hizo a un lado para dejarnos pasar. Mi madre entró primero. Yo estaba detrás de ella, consciente de la sacudida que iba a recibir Lily. Estaba en la cama, con el bebé en la cuna a su lado. Clavó sus ojos en mi madre, y mi madre en ella. Fue un silencio sin aliento mientras ninguna de las dos sabía qué decir o qué hacer. Al fin Lily gritó: ‘¡Mamá!’ Oí a mi madre romper a llorar, luego se abrazaron las dos y siguieron llorando. Yo seguía de pie, emocionado por todo lo que estaba viendo. Al cabo de un rato, Lily dijo, ‘¿No quieres ver al bebé, mamá?’ Ella se volvió hacia la cuna y sonrió. El bebé estaba despierto y le devolvió la mirada.
Mi madre se rió. ‘Parece que me conoce’, dijo.
‘Claro que sí’, dijo Lily riendo también. ‘¿Quieres cogerlo y tenerlo, mamá?’
‘¿Puedo hacerlo?
‘Claro que sí.’
Lo estaba queriendo hacer hacía rato, era evidente. Se inclinó sobre la cuna, tomó al bebé en sus manos, se lo acercó a la cara, y tenía una expresión en la cara como cuando miraba a un hijo suyo, y era una expresión de mucho amor. Luego preguntó, ‘¿Vais a tener la ceremonia de la circuncisión?’
Lily debía haber estado temiendo la pregunta. Era normal que mi madre lo preguntara. Un niño judío se circuncida en el octavo día, y eso es lo que lo hacía judío. Lily miró ansiosa hacia la puerta donde estaba Arthur apoyado en ella. No había dicho nada hasta ahora, estaba sólo mirando y disfrutando todo. Pero ahora al ver la mirada de Lily se acercó y vino a la ayuda de Lily sonriendo. ‘Mi padre hizo una pregunta parecida. No del todo la misma pero semejante. Quería saber si íbamos a bautizar al niño, eso es cuando el sacerdote derrama agua, que dicen que es bendita, sobre la frente del niño y con ese rito se hace cristiano. Luego suele haber una fiesta.’ ‘Al menos podíamos tener la fiesta’, dijo Lily. ‘Una fiesta para la familia.’
Aquí yo interrumpí. ‘El padre de Arthur me dijo que quería una gran fiesta para toda la calle.’ Arthur dijo, ‘No parece una mala idea. ¿Qué te parece, Lily?’ ‘No estoy muy segura’, dijo Lily dudando. ‘Yo estaba pensando en un pequeña fiesta en privado para nosotros solos. No estoy segura de que toda la gente de la calle querrá venir.’ Arthur contestó, ‘Yo no me preocuparía por eso. Ya verás como vendrán. Y no habría mejor manera de hacer que se juntasen los dos lados de la calle de una vez. Cuando más pienso en la idea, más me gusta. ¿Qué te parece, mamá?’ Mi madre habló despacio y sin mirarme a mí. ‘Si no podemos tener una circuncisión, mi imagino que podemos conformarnos con una fiesta.’ Y eso lo selló.
Pronto se vio a la gente de todas las casas de la calle de rodillas en el suelo con cubos de agua y piedras de arenisca de colores para rozarlas sobre el suelo y decorar el pavimento delante de sus hogares hasta que, al final de la tarea, las dos aceras parecían dos arco iris con todos aquellos colores a ambos lados de la calle desde un extremo a otro. Toda la gente de toda la calle andaba excitada. A ver como entre todos adornábamos la calle para la gran fiesta del domingo. Todos iban a venir. Nadie lo cuestionó, y todos contribuyeron a la tarea, unos con decoraciones, otros preparando platos especiales en la cocina, otros haciendo tartas y pasteles, cada uno haciendo lo que podía desde su familia. Los padres de Arthur se encargarían de la cerveza, y mi madre vaciaría su pequeña tienda de fruta que era lo único que podía ofrecer.
El tiempo era perfecto. El sol lucía desde la mañana y el cielo estaba azul oscuro. Era el cielo de los domingos, desde luego, cuando las fábricas estaban cerradas y no salía humo de sus chimeneas. Y como era a principios de mayo, el aire era suave y templado. No podía haber sido un día mejor, y sin embargo noté que algunos todavía no salían a la calle, y que cuando salían seguía cada uno con su grupo, los judíos a un lado de las mesas unidas que ocupaban el centro de la calle de un extremo a otro, y los cristianos al otro lado.
Entonces de repente se oyó el ruido de las herraduras de un caballo sobre los adoquines, y todas las cabezas se volvieron hacia allí. Todos prorrumpieron en un grito porque eran Lily y Arthur que llegaban con el niño. Todos corrieron hacia ellos. Solo hubo un momento algo violento cuando Arthur y Lily bajaron del coche. Ella llevaba al bebé en sus brazos, y tanto mi madre como la madre de Arthur extendieron sus brazos para cogerlo. Lily, de pie sobre el estribo, no sabía a quién dárselo. La madre de Arthur resolvió el dilema tomando ella al niño y dándoselo a mi madre con una sonrisa.
Los chiquillos se divertían en grande, corrían por toda la calle alrededor de las mesas, gritaban y saltaban, luchaban unos con otros, judíos y cristianos jugaban juntos por primera vez en la historia de la calle. El gramófono seguía haciéndose oír por encima del ruido, y llegó una tonada que hizo que todo el mundo se levantara y empezara a hacer gestos de baile. El baile fue en aumento, y también las bebidas.
La vecina que se había negado a encendernos el fuego del sábado se acercó a mi madre, y hubo un momento de expectativa cuando todos la vieron acercarse porque se acordaban del choque de pocos días antes. Pero cuando llegó a mi madre le dijo: ‘Mi buena amiga, cuando quieras que os encienda el fuego del sábado envíame a Harry que me avise y vendré enseguida. Te lo prometo. Y otra cosa. Vosotros no matasteis a Jesucristo, y si alguien lo dice, miente.’ Esto aumentó la satisfacción que mi madre sentía todo aquel día. No solo se habían reconciliado y juntado los dos lados de la calle en una unión que duraría en adelante, sino que Lily había vuelto a su vida, y eso era lo principal para ella.
Poco a poco se hizo silencio en la calle. Los últimos de los hombres se habían retirado. La última puerta se había cerrado. Las luces en las casas se habían apagado y la calle quedó a oscuras excepto por la luz verde de la farola de gas en la esquina de arriba. Todo estaba callado en casa, y enseguida me dormí.”
(Harry Bernstein,
The Invisible Wall, Arrow Books, London 2007, p. 288 ff.)