Dhan Gopal Mukerji fue el primer escritor indio que ganó fama en América a principios del siglo pasado. Algunas citas de su libro Caste and Outcaste, Stanford University Press, 2002. La del libro de texto de geografía me encantó.
Una vez en Benarés me fui a bañar en el Ganges y vi a un anciano monje hindú que acababa de bañarse y estaba meditando sentado en postura de loto en la orilla. Dos americanos, hombre y mujer, se acercaron corriendo. El hombre le enfocó con su máquina de fotos y le dijo como para tranquilizarlo, “No tenga usted miedo; no muerde.” Sacó la foto, puso precipitadamente una moneda en la mano del monje y desapareció con su pareja tan rápidamente como había venido. El monje, que seguía sin inmutarse, miró a la moneda, miró luego a la pareja que desaparecía en la distancia, tiró la moneda por encima del hombro al agua. Y siguió meditando. (p. 134)
Un día estaba yo esperando al tren en una estación en la India. Al cabo de tres horas se oyó al tren que llegaba. Se paró antes de entrar y silbó para que le dieran la señal de entrar. El jefe de estación estaba cenando y refunfuñó:
- ¿Qué quiere ese imbécil pitando de esa manera?
- Quiere la señal para entrar en la estación – contestó alguien.
- Pues que se espere a que acabe de comer – replicó molesto el jefe.
(p. 118)
El primer americano que me encontré al atracar el barco fue un hombre vestido de manera rara (más tarde me enteré de que el vestido era un mono) que subió a recoger mi baúl. Lo cogió y lo lanzó sin más al muelle –desde unos tres metros de altura. Yo sabía poesía inglesa pero no frases sencillas del idioma, y recité los versos de Milton sobre la caída de Lucifer:
“Dios lo arrojó con su poder eterno
del cielo etéreo al fuego del infierno.”
El buen hombre me miró con un interrogante en su mirada y me dijo: “Déjate de adornos. Y aprende inglés.” Esa fue mi iniciación en América.
(p. 141)
Cuando yo tendría diez años mi padre me envió a una escuela presbiteriana de misioneros escoceses en la India. Me dijo: “He descubierto que el director de esa escuela es un santo. Quiero que aprendas cristianismo. Si te convences de que es falso, refútalo; si te convences de que es verdadero, abrázalo.”
Cuando acabé el colegio le traje una estampa de Cristo mientras ella estaba meditando enfrente de nuestros dioses en casa y le dije: “¿Por qué meditas en la presencia de dioses falsos? Este es el Dios verdadero que yo he encontrado.” Ella me contestó: “Ya sé quién es. No está reñido con mi Dios. Es solo otro nombre.”
Empujamos un poco la imagen de Vishnu a un lado, la de Shiva a otro, y colocamos en medio la estampa de Jesús. Quemamos incienso y meditamos enfrente de los tres. Mi madre dijo: “Quien hace reñir a Dios con Dios es un pecador más peligroso que quien declara guerra entre hombre y hombre. Dios no hay más que uno. Nosotros le hemos dado varios nombres. ¿Por qué reñir por un nombre?”
(p. 53)
Mi abuelo me enseñó poesía. En la escuela escocesa me habían dado un libro para estudiar que se llamaba Geografía y que hablaba de países y ciudades. Un día me salió Calcuta. Le enseñé el libro a mi abuelo y le dije, “Mira, estamos estudiando a nuestra ciudad. Calcuta está aquí”, y le recité una lista de las exportaciones e importaciones de nuestro puerto.
“Eso no es geografía”, me dijo el abuelo. “Yo te voy a enseñar lo que es geografía.” Con esto cogió el célebre poema del antiguo poeta sánscrito Kalidasa, “La Nube Mensajera”, y me fue traduciendo:
“Los dioses en los Himalayas tenían un gigante que custodiaba sus tesoros en las altas montañas, pero un día se durmió y los dioses le castigaron enviándole por un año al otro extremo de la India en el Cabo de Comorín al sur. Allí se acordaba mucho de su mujer y quería enviarle un mensaje pero no encontraba mensajero.
En esto vinieron los monzones, y vio una nube levantarse en el Océano Índico. Pensó: “Le enviaré un mensaje con esa nube.” Y dijo: “En el calor de julio surgen las nubes; como el elefante ataca a los árboles con sus colmillos, así la nube ataca a las montañas con sus rayos. ¡O nube nacida del sol y de las aguas! Llévale este mensaje a mi esposa, y yo te diré cómo llegar a ella.”
Y le dio direcciones: “Cuando llegues a las montañas azules notarás que la brisa es diferente. El viento te acariciará. Las esbeltas grullas trazarán círculos en el aire a tu alrededor, los pavos reales saltarán en las ramas de los árboles, con el abanico de su cola abierto, danzando al tambor de los truenos. Al fin llegarás a los picos de los Himalayas y verás al arco iris inclinarse en su gloria para que bajen los dioses por él. Allí encontrarás una mujer cuyas pulseras quedan flojas sobre sus muñecas porque ha adelgazado pensando en mí. Es mi mujer.”
“Eso”, me dijo mi abuelo, “es geografía. No exportaciones e importaciones.”
(p. 56)
Un monje santo jugaba con nosotros los niños, y su juego favorito era la gallina ciega. Nos tapaba los ojos a todos los niños y daba vueltas alrededor nuestro sigiloso como un gato, haciendo sonar de repente los anillos en las puntas de su tridente de peregrino. Nunca conseguíamos atraparlo. Al final nos decía: “Lo mismo nos pasa con Dios. Sabemos que está cerca de nosotros pero nunca lo atrapamos. Acordaos cuando seáis mayores.”
Un día le pregunté: “¿Por qué han de sufrir los buenos en este mundo?” Me contestó: “Si pides lluvia también pides rayos.”
(p. 76)