carlos@carlosvalles.com
  --- PÁGINAS ANTERIORES ---  
 

“El año de la muerte del rey Ozías vi al Señor Yahvé sentado en un trono excelso y elevado, y su majestad llenaba el templo. Unos serafines se mantenían de pie por encima de él; cada uno tenía seis alas: con un par se cubrían la faz, con otro se cubrían los pies, y con el otro par aleteaban. Y clamaban juntos: ‘Santo, santo, santo, Yahvé de los Ejércitos: llena está toda la tierra de su gloria’.” (Isaías 6:1-3)

Serafines de Isaías que abren las visiones del profeta, santifican su persona, y consagran su misión. Solemne introducción de profecías mesiánicas que preparan desde antiguo la venida de Emmanuel, los sufrimientos del Siervo de Yahvé, y el florecer de la raíz de Jesé. Reverencia ante el trono de Yahvé al cubrirse el rostro y el cuerpo con sus alas mientras cantan juntos el himno que es el centro de la liturgia celestial y ha pasado a ser el centro de nuestra plegaria eucarística ante el Dios soberano que reina sobre las nubes y desciende a nuestros altares: ¡Santo, santo, santo!

La santidad de Dios es el núcleo de su ser. Es casi su nombre propio, su atributo esencial, su definición. Dios es “El Santo” por excelencia, y toda otra santidad se dice en referencia a él y como participación más o menos lejana de su esencia. Los serafines conocen a Aquel a quien adoran y recitan sin cesar su consigna que es definición, mensaje, y alabanza: ¡Santo, santo, santo!

Me uno calladamente a su canto. Ya que sé la letra, la repito cuidadosamente a su lado. ¡Santo, santo, santo! Ellos llevan testamentos enteros cantándola, y yo espero llegar a la eternidad con ella en los labios y en el corazón, para integrarme en la vida del cielo con los que la conocen desde que comenzó. Al cantar la santidad de Dios espero que algo se me pegue a mí en mi lejanía, que aprenda su tono, que se me hagan familiares sus acentos, que me resuene en los oídos y me vaya entrando por las fibras de mi cuerpo hasta la mente y el alma para que me prepare y me acostumbre al momento en que haya de acercarme a la santidad misma guardada por los serafines. Quiero ser discípulo de los serafines para que me entrenen para el cielo.