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Algo faltaba. Yo viví cincuenta años en la India y la dejé sin despedirme. Es verdad que durante varios años volví a visitarla con frecuencia, pero las visitas se iban distanciando, y comencé a preguntarme cuál sería la última. Por eso agarré con gusto la invitación de asistir a las Bodas de Plata del ‘Servicio Católico de Información’, que era un curso de cristianismo por correspondencia, al que yo había estado unido como ayudante del padre Sontag que inició ese apostolado en Pune en los años cincuenta, y con mi libro sobre Jesús en lengua guyaratí que fue tomado como libro de texto para este curso en el Guyarat en los ochenta. Decidí ir, abrazar a amigos, hacer discursos, meter el cuello en guirnaldas, recoger la experiencia en mi Web, y así cerrar oficialmente el mejor capítulo de mi vida.

Yo no escogí ir a la India. Después de la Segunda Guerra Mundial, el papa Pío XII pensó que el Japón se abriría al evangelio, y pidió al General de los Jesuitas, el padre Janssens, que enviara al Japón al mayor número posible de jesuitas de todas partes del mundo. Yo me ofrecí voluntario. El padre Provincial de Loyola me contestó: ‘Japón, no. India, sí. Nos acaban de encargar la misión del Guyarat en la India separándola de la de Bombay, y tengo en mis planes una nueva Universidad en Ahmedabad. Queda usted destinado desde ahora a esa no existente Universidad.’ Una vez en la India, la gente me preguntaba qué es lo que me había atraído en la India para ir a vivir yo allí. Pronto aprendí la respuesta: ‘En Europa’ –decía yo– ‘las parejas se enamoran primero y se casan después. En la India se casan primero y se enamoran después. Mi matrimonio con la India es del tipo indio.’ Los matrimonios indios suelen resultar bien.

Llegué directamente a la Universidad de Loyola en Madrás en enero de 1950 para hacer la carrera de matemáticas, en el mismo día en que se celebraba al aire libre la distribución anual de premios con toda solemnidad. Me senté en las gradas entre los padres con mi sotana blanca recién estrenada y presencié el espectáculo. Jamás en mi vida había visto yo tal despliegue de juventud, deporte, arte, bailes, belleza y elegancia como aquello. Los indios habían heredado la tradición inglesa de fiestas universitarias, y lo hacían a maravilla. Yo estaba fascinado. Al mismo tiempo, yo rezaba en silencio en la soledad de mi nuevo entorno: ‘Señor, ¡qué pena que toda esta gente magnífica, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, tengan que ir todos al infierno!’ No era broma. Era pura angustia. La doctrina católica ‘Fuera de la Iglesia no hay salvación’ estaba entonces en pleno vigor, y la reciente encíclica Mystici Corporis proclamaba que no se podía entrar en el cielo sin el bautismo de agua. Le escribí, perplejo, a mi profesor en España, que luego llegó a decano de teología moral en la Universidad Gregoriana de Roma, el padre Marcelino Zalba que falleció el año pasado a los cien años, para preguntarle cómo había yo de entender esa doctrina estando rodeado de gente no bautizada. Me respondió a vuelta de correo: ‘Apenas ha llegado usted a la India ¿y está usted ya perdiendo la fe? Tenga usted cuidado no sea usted quien vaya al infierno.’ Buen consuelo. Sin embargo, yo ya sentía dentro de mí que eso no podía ser así. Años más tarde, un Concilio me daría la razón.

 Una cosa sí había notado yo en Madrás. Profesores y alumnos hablaban perfectamente inglés –con un leve tonillo típico del sur de la India– pero en cuanto saltaban fuera de clase se ponían todos a hablar rápidamente en su lengua tamil. Fue entonces cuando tomé la decisión que cambió mi vida: Si voy al Guyarat, aprenderé antes la lengua guyaratí. Las matemáticas las puedo enseñar en inglés, pero si quiero establecer un contacto personal con los alumnos necesito su lengua madre. Fui a nuestra Escuela de Lenguas de Anand en el Guyarat por un año. Pronto vi que un año no bastaba para dominar la lengua, y pedí un año más antes de ir a Pune a teología para poder llegar a dominar la lengua.             

Pero entonces sucedió algo que casi echó por tierra mi propósito. El nuevo gobierno era anticristiano, y la Sra. Violet Alva, que era el miembro católico del parlamento, nos informó en privado pero oficialmente que los misioneros católicos que habíamos llegado a la India después de la independencia con visado temporal a renovar cada año, podríamos, eso sí, acabar nuestros estudios en la India,  pero una vez acabados no se renovarían nuestros visados y habríamos de volver a nuestros países de origen. Había suficientes sacerdotes católicos en la India para cuidar de los católicos del país, y misioneros proselitistas no eran bienvenidos. Ante tales circunstancias parecía ridículo quedarse para otro año de guyaratí antes de la teología en Pune.

Sin embargo, yo me quedé. Tomé una habitación en una residencia universitaria hindú en la Universidad de Vallabh Vidyanagar en el Guyarat donde asistí a clases, vivía entre estudiantes, hice voto solemne de no pronunciar ni una palabra en inglés por apurado que estuviera, escribí deberes sin cesar, incluso tomé parte en una obra de teatro en guyaratí, y salí hablando la lengua. Mis compañeros jesuitas que se iban derechos a Pune a empezar la teología cargaron mi conciencia (no es broma) con la acusación de que tendría que darle cuenta a Dios por haber dicho 365 misas menos que ellos al retrasar mi ordenación sacerdotal un año sin razón. Aunque luego no resultó precisamente así. El gobierno de la India cambió de opinión y se nos permitió quedarnos.

Una vez en el seminario de Pune yo dedicaba las dos primeras horas del tiempo de estudio cada mañana a escribir en guyaratí. Llenar páginas una tras otra para romperlas enseguida. Siempre he dicho que mi maestro en el arte de escribir fue la papelera. Me encantaba la teología, sobre todo la Sagrada Escritura, y la estudié a fondo, pero nunca di importancia a los exámenes. Ni siquiera al temido examen para oír confesiones que tenía lugar después de las vacaciones de verano entre nuestro segundo y tercer año de teología. Yo usé ese verano para escribir, a puerta cerrada para no ser descubierto, un libro en guyaratí que iba a resultar mi presentación al público del Guyarat. Aunque no fue fácil. Cuando llegué a Ahmedabad después de la ordenación sacerdotal y del año final de carrera en Hazaribagh, le enseñé mi manuscrito a un editor de Ahmedabad. Era una guía moral del estudiante. El editor ojeó unas páginas, lo tiró a la mesa con tan poca gracia que cayó al suelo, y dijo altivamente: ‘¿Y quién va a leer eso?’ Le escribí a mi madre en España que me envió algún dinero, y lo imprimí por mi cuenta. Un ejemplar llegó no sé cómo a las manos de la ministra de educación, la Sra. Indumatiben Sheth, quien recomendó el libro a todos los colegios. La revista Kumar me pidió un artículo semejante cada mes. El diario Guyarat Samachar me dio la última página entera del suplemento de los domingos para una columna que titulé A la nueva generación. Con ella entré yo en todos los hogares en tiempos en que no había televisión y el suplemento del domingo de los periódicos eran el único entretenimiento de toda la familia los domingos por la mañana. Desde entonces, como me presentaron una vez al público en una charla y cito sin rubor, ‘Cada hogar en el Guyarat tiene dos padres. El padre de la familia, y el padre Vallés.’

La comunidad jainista de Bombay celebraba cada año el festival del Paryushan con conferencias religiosas en ocho días consecutivos a cargo de personajes conocidos y aceptados. Tras muchas consultas, como después me enteré, decidieron arriesgarse a invitarme a mí, misionero católico extranjero, a hablarles. Tomaron la precaución de poner para presidir mis charlas al representante indio en las Naciones Unidas, que tenía una gran personalidad, por si yo decía alguna inconveniencia. Todo salió bien, y ese fue el comienzo de mi romance con los jainistas, que les llevó a declararme ‘jainista honorario’ y a invitarme a reuniones innumerables desde India a América –pasando desde luego por África, Australia y Japón.

El último día de aquella primera Paryushan, tomando el té en una casa en ‘La Diadema de la Reina’ hacia el mar en reunión de despedida, andaba yo entre los grupos con mi taza de té en la mano cuando noté que en un rincón estaban hablando de mí. ‘¿Qué están ustedes diciendo de mí?’ les pregunté alegremente. Me dijeron que lo tomaría a mal si me lo decían. Insistí, y al fin uno me dijo: ‘Perdónenos, padre, pero estábamos diciendo que usted parecía y era tan buena persona que… ¡no podía ser cristiano!’

Nos reímos  todos, pero el incidente se me quedó grabado, y comencé a pensar qué quería yo hacer con mi vida en la India. Me esforzaría por vivir y aparecer y ser tal que los hindúes y musulmanes y parsis y jainistas me aceptaran como cristiano, quitando prejuicios antiguos y haciendo posible que pudiésemos hablar de religión con el testimonio directo de nuestra fe. Esto creo que lo he hecho según mi capacidad. Es significativo que el libro sobre Jesús que he mencionado al principio no me lo pidió ningún editor católico sino una institución puramente seglar como era la Universidad de Vallabh Vidyanagar. Un estudiante me escribió una vez desde Bhavnagar: ‘He leído sus libros y me gustan. Al leerlos siento la necesidad de imaginarme su rostro, ya que siento como si usted estuviera hablando conmigo. Pero nunca le he visto a usted ni a una foto suya. En nuestro libro de texto de Religiones del Mundo hay una lección sobre Jesús con una representación de su rostro. Yo ahora me imagino su cara de usted como esa cara de Jesús. ¿Le parece bien?’ Gracias, Himansu. Me definiste el ideal de mi vida.
       
Tuve suerte de tener como profesor de Álgebra Moderna en Madrás al jesuita francés padre Racine. Él nos introdujo a los nuevos temas de conjuntos, grupos, anillos, campos, espacios vectoriales, teoría de matrices, álgebra lineal, álgebra de Boole, que aún no se conocían en la universidad en aquel tiempo, y así, cuando yo llegué al Guyarat me pidieron los introdujera yo en la Universidad del Guyarat, cosa que hice con prontitud. Tuve que inventarme hasta la terminología, partiendo del sánscrito. La Universidad me encargó también la traducción al guyaratí del clásico de G. H. Hardy, Pure Mathematics, que él confesó haber escrito ‘como un misionero explicándoles la biblia a caníbales’, y que me lanzó a escribir yo mismo luego textos de matemáticas en guyaratí. En el Guyarat casi soy más conocido por mis libros de matemáticas que por mis libros literarios. Y disfruté enseñando matemáticas tanto como escribiendo libros. 

Otro trabajo de traducción, más cercano a mi alma, se me ofreció también por aquel tiempo. Por primera vez se permitieron en la misa versiones vernáculas en lugar del latín exclusivo hasta entonces. La plegaria eucarística viene después del ‘Santo, Santo, Santo’ del sanctus y empieza ‘Santo eres en verdad, Señor…’. Eso es un poco prosaico, y a mí se me ocurrió una expresión muy india que dice, ‘Santidad es tu nombre, Señor…’, y así empecé. En la consagración me referí a las ‘manos de loto’ del Señor, y encontré otra expresión sánscrita también, ‘sacrificio viviente’, para el ‘cordero de Dios’ que en la India no tiene sentido. El misionero jesuita español en Alaska, Segundo Llorente, se encontró con el mismo problema al dejar el latín en la misa, ya que en Alaska no hay corderos. El primer día de su misa en lenguaje esquimal tomó la sagrada forma en sus manos y pronunció con toda seriedad: ‘Esta es la foca de Dios’. Al menos eso tenía sentido para sus feligreses. Yo no llegué a tanto como poner ‘la vaca de Dios’, pero el sánscrito me salvó con su ‘Balidan Murti’. La verdad es que me sentí inspirado en toda la traducción, y hoy se cita al misal guyaratí, al que luego contribuyeron en su extensión otros expertos excelentes, como la mejor de las traducciones litúrgicas entre todas las lenguas de la India. Hoy nadie sabe que la plegaria eucarística la traduje yo, ya que el misal no lleva créditos, pero me produce gran satisfacción el pensar que siempre que un sacerdote dice misa en guyaratí, yo estoy secretamente presente ante el altar. Solo había un problema. Los textos litúrgicos han de ser aprobados por Roma, y a Roma se envió mi traducción. Pero en Roma nadie sabía guyaratí. Nos devolvieron el texto, un santo misionero español, el padre Pariza, retradujo mi texto guyaratí al latín (yo le dije que copiaran sencillamente el latín del misal, pero no me hizo caso), se envió a Roma, y se aprobó. ‘Santidad es tu nombre, Señor’.

Mis libros y artículos me habían acercado al público, pero aun así yo notaba la enorme distancia entre mi residencia en la cómoda casa de los jesuitas en la Universidad de San Javier y mis lectores en las estrechas callejuelas de la antigua ciudad amurallada. Entonces concebí la idea de ir a vivir entre ellos como huésped, mendigando hospitalidad de casa en casa, permaneciendo en ellas día y noche con todas las comidas, y yendo a la Universidad solamente a dar clase por la mañana y vuelta por la tarde como hacían los demás profesores. En la India existe la figura del monje itinerante, y la tradición ancestral de hospitalidad que hace posible lo que no podría ni pensarse en otro país. Le pedí permiso al padre Provincial, agarré la bicicleta, y comencé a llamar a puertas. Así viví durante diez años, y me hice miembro de tantas familias como me adoptaban por una semana haciéndome sentirme como uno de ellos. Mis experiencias en mi peregrinación urbana llenaron tres libros, y su marca me ha quedado. Y espero que también quedó en muchos barrios de Ahmedabad.

Cuando el padre Anthony de Mello anunció por primera vez que iba a dirigir unos Ejercicios de Mes en Khandala, me apunté y fui. Más adelante, cuando empezó sus cursos de Sádhana no fui yo sino mi Provincial quien me propuso ir a Maxi Sádhana (9 meses) o a Mini Sádhana (3 meses). Yo le contesté: ‘No hay minis para mí. Me voy a la maxi.’ Y fui. Estaré agradecido de por vida a Tony por ese año. Libertad interior, contacto con uno mismo, Gestalt, relaciones profundas, ‘choiceless, effortless, purposeless awareness’ (Krishnamurti). Todo un modo de vida que, en mi esperanza y humildad, ha llegado a formar parte de mí mismo. Me han dicho que le tengo envidia a Tony. Lo reconozco. Pero en eso de la envidia soy más sujeto pasivo que activo. El éxito se paga caro entre nosotros, y yo he tenido una buena medida de él. En cuanto a Tony, pagué mi deuda espontáneamente y a gusto con mi libro ‘Ligero de Equipaje’, que hasta hoy en día es el libro de referencia sobre Tony, dada la (¡sorprendente!) carencia de una biografía suya hasta la fecha. Cuando Tony dejó de dar los Ejercicios de Mes me pasó a mí los que ya había aceptado, y los dirigí yo. Entonces, inesperadamente, nuestro Padre General, Arrupe, dio personalmente desde Roma la orden de que fuera yo quien diera los Ejercicios de Mes a los jesuitas en su último año de formación (la llamada Tercera Probación), lo cual hice por muchos años en los dos centros que para ello tenemos en la India (y por lo cual los directores de la Tercera Probación, naturalmente, me odiaban), volviendo siempre a las clases en la Universidad y a mis libros y artículos semanales. Me admiro al pensar en tanta actividad aquellos años. 

Uno de los resultados de aquellos Ejercicios fue que por vez primera acepté escribir un libro en inglés. Hacía años que escribía y publicaba solo en guyaratí. Me insistían que publicara algo en inglés, pero yo contestaba que muchos jesuitas en la India sabían inglés mejor que yo, mientras que yo me debía enteramente al guyaratí. Me engañé a mí mismo mucho tiempo con esa respuesta, hasta que reconocí la verdadera razón: Si escribía en inglés me leerían otros jesuitas, y yo temía su crítica. Por fin el genial director de la editorial de los jesuitas en Guyarat, el padre Díaz del Río, me convenció. Arreglé las charlas que había dado en unos Ejercicios a la comunidad de jesuitas de la Universidad Andhra Loyola, y ese fue mi primer libro en inglés. Living Together. Muchos le habían de seguir.

Cuando llegué a la India le pedí permiso al padre espiritual, el alsaciano padre Froehly de la Misión de Madurai, para hacer un voto de nunca ya salir de la India. Me negó el permiso. Me acordé de él cuando me eligieron como representante de la India para el Congreso Internacional de los Matemáticos en Moscú el año 1968. El padre Froehly era muy sabio, y yo me fui a Rusia. Una vez en Europa visité España, llegué después del ‘destape’, y aquello fue todo un redescubrimiento de occidente después de veinte años. El director de la editorial jesuita Sal Terrae en Santander me pidió permiso para traducir y publicar mi libro Living Together en español. Lo traduje yo mismo, y lo seguí haciendo con mis demás libros en inglés. Así es como me encontré escribiendo en tres lenguas. Sin embargo nunca traduje mis libros guyaratis al español o al inglés por la diferencia cultural entre oriente y occidente. Habría tenido que llenar el libro de notas explicativas, y eso no resultaría. De hecho, al dar ahora charlas y contestar a preguntas en España, mis oyentes con frecuencia se quedaban sorprendidos por mis respuestas. Por fin una oyente me reveló la explicación a mí mismo cuando exclamó: ‘Claro, ¡como tú eres indio!’ Aprecié el cumplido.

Mis libros en castellano cruzaron el Atlántico y llegaron a Latinoamérica. No tardaron en llegarme invitaciones para charlas y cursos. Primero a Argentina, y luego, año tras año y de sur a norte a todo el Nuevo Mundo. Para un español, ‘descubrir’ Latinoamérica, hablar en español en veinte países de los que es lengua materna, reconocer perfiles españoles en rostros delicadamente acariciados por el sol, leer en su contexto y en su ambiente a Borges y Neruda y Vargas Llosa y García Márquez, probar el mate en Uruguay y tacos en México, encontrar una fe viva y activa en los santuarios de su geografía y en los corazones de sus fieles es una sacudida del alma que, añadida en mi caso a mi encarnación india, enriqueció y zarandeó mi espíritu sin medida. Y vuelta a la India.

Dattátreya Balkrishna Kálelkar, fue el heredero de Gandhi en el campo de la educación (como Nehru lo fue en la política, Vinoba Bhave en lo social, y Mashruwala en su pensamiento teórico), y él fundó la Universidad de Gandhi en Ahmedabad. Nos hicimos muy amigos. Nos llegamos a conocer íntimamente, y conversamos horas y horas desde nuestros respectivos puntos de vista compartiendo experiencias, creencias, sueños de acercamiento religioso y enriquecimiento mutuo. Una vez le invité a que diera una conferencia en nuestra Universidad de San Javier, y al principio él se refirió a mí, y esto es lo que dijo ante el claustro de profesores y todo el alumnado reunido: ‘Otros misioneros hacen a los hindúes cristianos. El padre Vallés hace que los hindúes amen a Cristo.’

Un momento de reflexión sobre estas palabras. En ninguna manera comparo, juzgo, rebajo el trabajo de ninguno de mis hermanos a quienes profundamente respeto y admiro; lo único que hago es presentar mi vida, y a eso tengo derecho. El obispo Charles Gomes, de renombrado celo misionero, me dijo una vez en presencia de mis compañeros jesuitas en la Universidad de San Javier: ‘Puede que usted sea un gran hombre y sea bien conocido, pero está usted echando a perder su vida porque usted no ha convertido a nadie.’ Todos sabíamos que eso no era verdad, pero no por eso deja de herir.

El papa Pablo VI escribió en su encíclica sobre las misiones:

‘Lo que importa es la evangelización de las culturas de los hombres.’
(Evangelii nuntiandi, 20)

Voy a dar un ejemplo. El amor y el servicio del prójimo es un valor fundamental y característico del cristianismo. ‘Todo lo que hacéis por uno de estos, lo hacéis por mí.’ Sin embargo, no es un valor en el hinduismo, ya que la doctrina del karma enseña que lo que una persona sufre en esta vida es el resultado inevitable de lo que hizo en su vida pasada, y no se puede ni se debe tratar de ayudar a nadie en el pago de su deuda por acciones pasadas. Un ladrón en la vida pasada nace, en consecuencia, como mendigo en esta vida. Si yo ahora le ayudo a ese mendigo a salir de su pobreza, le doy, sí, un alivio pasajero, pero en realidad le hago un flaco servicio ya que lo único que hago es retrasar el pago de su karma que tendrá que hacer de todas maneras. Swami Vivekánanda, que fue el gran apóstol del hinduismo en el siglo XIX, reconocía esta debilidad del hinduismo frente al cristianismo, y trató de remediarla a su manera: ‘Si el karma de ese mendigo es sufrir, mi karma es ayudar al mendigo.’ Eso es pura dialéctica, que era el estilo retórico de Vivekánanda, pero deja al mendigo con su deuda kármica a pagar en todo caso. Es decir, amor y servicio al prójimo es un valor cristiano, no hindú. Y sin embargo, debido a su largo contacto con el cristianismo, la mentalidad hindú ha cambiado en este respecto; proyectos sociales de ayuda a los pobres forman parte de todos los planes de gobierno en la India, y cuando ahora llega un terremoto, unas inundaciones, una sequía al país, los hindúes no abandonan a las víctimas a su karma, sino que corren a su ayuda en actitud que es claramente –aunque anónimamente– cristiana. En guyaratí ‘hospital’ se dice ‘ispital’, Lo cual demuestra lingüísticamente que no había hospitales antes de los (cristianos) ingleses ya que no existía ni la palabra para nombrarlos; mientras que ahora devotos hindúes y jainistas fundan hospitales para los pobres. Aquí hemos evangelizado a una cultura. Un valor básicamente cristiano se ha introducido en la conciencia hindú sin bombo ni platillo. Ni siquiera queremos que nos lo agradezcan a nosotros. La sociedad ha sido ‘bautizada’, y eso es lo que importa según el papa. Esa es nuestra tarea misional. La logramos con nuestro ejemplo, nuestra alegría, nuestra presencia, nuestro servicio, nuestro amor.

Podría incluso suceder que bautizar a individuos fuera a veces un obstáculo para bautizar culturas, ya que convertir a algunos hindúes puede llevar a otros hindúes a oponerse al cristianismo. Quizá es eso a lo que el papa actual se refería cuando escribió en su primera encíclica:

‘La caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito; no se practica para obtener otros objetivos. Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia. Sabe muy bien que el amor, en su pureza y gratuidad, es el mejor testimonio del Dios en quien creemos y que nos impulsa a amar.’
(Benedicto XVI, Dios es amor, 31, c)

Cuando mi madre viuda cumplió los 90 me escribió que se encontraba débil y sola, y me pidió fuera a cuidarme de ella al final de su vida. Yo me había jubilado ya de la cátedra en la Universidad, pedí permiso, y fui a su lado. Vivió hasta los 101, y para entonces mi campo de acción había pasado a España. Me quedé.

La máquina de escribir electrónica en la que yo había escrito todos mis libros hacía años, se estropeó al fin. Eso me llevó a mi primer ordenador. Y pronto a Internet. Y a los ‘emilios’ diarios. Hice un curso de Web y comencé mi propia página personal, en castellano y en inglés, hace justamente diez años este octubre 2009. La sección ‘Os cuento’ lleva a mis lectores mis últimas ideas, experiencias, anécdotas. En ‘Me contáis’ ellos reaccionan a mis ideas, me hacen preguntas y añaden sus comentarios. Luego viene un salmo, rezado por mí, y una meditación. Aparte de actualizarla cada quince días, me lleva varias horas al día contestar todos los emilios. La llamo mi ‘parroquia virtual’, y hay quienes me han pedido oiga sus confesiones y les dé la absolución por Internet, pero aún no ha llegado el tiempo. Los emilios llevan tiempo pero traen consuelo. Lectores de mis libros escriben para agradecérmelos, y su espontaneidad y cercanía me alegra el alma. Una lectora escribió: ‘Por favor, dígame que es verdad, padre. ¿No es verdad que usted ha escrito todos sus libros solo para mí?’ Sí, querida Laura de Chile, solo para ti. ‘Gracias por leerme’ es la bendición repetida, y yo siempre contesto cada mensaje personalmente.

De hecho esto es lo que entiendo es mi trabajo y mi vida. Animar a la gente. La bula papal de fundación de la Compañía de Jesús, Regimini militantis Ecclesiae, expresa la intención de san Ignacio al fundarla como ‘ad consolationem animarum’. ‘Para animar a la gente.’ La palabra consolatio en el latín y castellano de entonces no quiere decir ‘consolar’ sino ‘dar ánimos’ como en las ‘Reglas para Conocer los Espíritus’ en los Ejercicios. Hemos sido fundados para dar ánimos, para levantar corazones, para alentar y fortalecer a todos, para animar a la gente. Cuando la vida es a veces tan dura, tan sin sentido, tan injusta con muchos, nos ponemos a su lado para decirles una buena palabra, para sonreír ante sus rostros, para encender la fe, para pronunciar el nombre de Jesús con ellos. Así es como yo entiendo mi vocación de jesuita.

Espero que este escrito te haya hecho sentir algo de eso a ti, querida lectora y lector. Anímate y ama a Jesús.

Y ahora, sí. ¡Adiós, India! Con toda mi alma.

Carlos G. Vallés, SJ