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atrás - OS CUENTO - 01/10/07

[Algunos episodios de la autobiografía de Dmitri Shostakovich (Testimony, Faber and Faber, London 1987). Escribe más sobre otros músicos rusos que sobre sí mismo. Lo que escribe sobre Glazunov, compositor y Director del Conservatorio de San Petesburgo es de lo más interesante.]

Cuando se tocó la Primera Sinfonía de Glazunov fue un gran éxito, y el público pidió que saliera el compositor. Se quedaron de una pieza cuando el compositor salió en uniforme de colegial. Glazunov tenía 17 años. Es un hito en la música rusa. Yo comencé también de muy joven, pero no tanto. (125)

El Primer Ministro de la Revolución, Stolypin, envió a preguntar al Conservatorio: “¿Cuántos estudiantes judíos hay?” Glazunov contestó con tranquilidad: “No los hemos contado.” Y eran los años de los progromos contra los judíos y de la prohibición de que asistieran a centros de enseñanza superior. (127)

En 1922 se tuvo un concierto de homenaje a Glazunov. Él asistió, y después de la gala, Lunacharsky, que era Comisario de Educación del Pueblo, hizo un discurso. Anunció que el gobierno había decidido conceder a Glazunov una pensión en recompensa a sus logros y para facilitar su creatividad, ya que él no tenía recursos. ¿Qué hubiera hecho cualquier otro en el lugar del huésped de honor? Le hubiera dado las gracias. Eran tiempos difíciles. Glazunov había sido un hombre de posición y muy guapo, y ahora era pobre y estaba delgadísimo. El traje le colgaba como de un colgador. El rostro le había quedado arrugado y chupado. Sabíamos que no tenía ni papel de música en que escribir sus composiciones. Pero Glazunov mantuvo un gran sentido de su dignidad y su honor. Dijo que no necesitaba nada y que no quería que le pusieran por encima de los ciudadanos ordinarios. Si el gobierno se había fijado en su contribución a la música, dijo, que hiciera algo por el Conservatorio que estaba helado en invierno. No había leña para la calefacción. Se armó un pequeño escándalo, pero al final el Conservatorio recibió una buena carga de leña. (127)

A Glazunov no dejaba de atormentarle la injusticia de la pobreza de tanta gente. Muchos indigentes iban a verle y a pedirle ayuda, pero él no podía ayudarles a todos. No podía hacer milagros, y eso le atormentaba. También lo acosaban muchos compositores novatos que le enviaban sus obras desde toda Rusia. Cuando un principiante te envía su música no importa mucho, y eso lo sé por mi propia experiencia. Le echas un vistazo rápido a la partitura, sobre todo si ves desde el principio que no vale nada. Claro que si quieres examinar la música de veras tienes que leerla en el mismo tiempo que llevaría el ejecutarla en la orquesta, que es la única manera de disfrutar de la música leída. Pero ese es un método que solo puede usarse con la buena música. “Escuchar” con los ojos mala música es un tormento. Solo le echas un vistazo. Pero ¿qué haces cuando un compositor sin talento alguno viene y te toca su música del principio al fin? Creo que Glazunov hacía lo justo en esas situaciones. Alababa moderadamente esas obras, miraba la música pensativo, hacía algún pequeño cambio con el lápiz en la página dos o en la quince añadiendo un sostenido o un bemol y decía: “En general está bien, pero aquí, quizá, el cambio de compás de tres a compás de cuatro no es muy acertado…”. De modo que el compositor no podía pensar que Glazunov no había prestado atención a su pieza. (130)

Una vez Glazunov nos escuchó a un amigo mío y a mí tocar a primera vista la Segunda Sinfonía de Brahms al piano a cuatro manos. Estábamos tocando mal porque no conocíamos la música. Glazunov nos preguntó si la conocíamos, y yo contesté sinceramente que no. Él suspiró hondo y nos dijo: “¡Qué suerte tenéis, jóvenes, qué suerte tenéis! Tenéis todavía tantas cosas bellas por descubrir. Yo me las sé todas. Por desgracia.” (14)

Glazunov nos asombraba con su memoria musical. Un día Taneyev vino a San Petesburgo a presentar una nueva sinfonía suya, y el encargado de la sesión escondió al joven Glazunov en el cuarto de al lado y cerró la puerta. Taneyev tocó su sinfonía entera al piano. Cuando acabó, Glazunov salió de su escondite, se sentó al piano y tocó toda la sinfonía de principio a fin. Ni siquiera Stravinsky podría haber hecho tal cosa. (51)

Un día Glazunov envió a decirle a Sofronitsky que viniera urgentemente a su casa a verle. Sofronitsky llegó enseguida y se lo encontró dormido en su sillón con la cabeza sobre la barriga. Glazunov abrió un ojo y se quedó mirando un rato largo a Sofronitsky, y por fin, moviendo lentamente la lengua le preguntó: “Dime, por favor, te gusta la Hammerklavier?” [Se trata de la sonata para piano 29 de Beethoven.] Sofronitsky contestó con facilidad que claro que sí, que le gustaba mucho. Glazunov estuvo callado un buen rato. Sofronitsky estaba de pie y esperó hasta que al fin Glazunov murmuró por lo bajo: “Pues mira, yo no la puedo aguantar.” Y volvió a dormirse. (43) [A mí me encanta esta anécdota porque yo hube de estudiar en mi juventud las 32 sonatas de piano de Beethoven y odiaba a la Hammerklavier.Pero no podía decirlo entonces.]

Una vez Glazunov estaba en Inglaterra dirigiendo sus propias obras. Los músicos de la British Orchestra se reían de él. Creían que era un inculto que no sabía nada, y se pusieron a sabotearlo. El del Cuerno Francés se levantó en un ensayo y dijo que era imposible tocar cierta nota de la partitura. Todos los miembros de la orquesta se rieron. Glazunov fue en silencio hasta donde estaba el músico, le tomó el instrumento sin que el sorprendido músico objetara, se concentró un momento y tocó la nota que el músico inglés había dicho era imposible tocar. Toda la orquesta aplaudió, y se acabó la insurrección. Siguieron con el ensayo. (56)

Una vez Sollertinsky [otro de los amigos músicos de Shostakovich] le dio su merecido a una señora engreída y maleducada en mi presencia. Ella no era nadie, pero su marido era una autoridad en Leningrado. En un banquete con ocasión del estreno de una ópera en el Teatro Maly, Sollertinsky se acercó a esa mujer, y, en su tono amable y ardiente, le dijo: “¡Está usted maravillosa, absolutamente maravillosa!” Hubiera seguido en su ditirambo pero ella le interrumpió: “Por desgracia, yo no puedo decir lo mismo de usted.” Pero Sollertinsky estaba bien alerta y replicó al instante: “Haga usted lo que yo acabo de hacer. Mienta.” El insulto es fácil, pero la agudeza es difícil. (18)

Una vez Stalin llamó al Comité de la Radio para pedir el disco del Concierto para Piano y Orquesta 23 de Mozart tocado por Yudina que había oído por la radio el día anterior. [Yudina fue una gran pianista rusa poco conocida en occidente.] Le dijeron a Stalin que desde luego, que se lo enviarían. De hecho no había tal disco porque el concierto se había radiado en directo, pero no se atrevían a decirle que no a Stalin por temor a las consecuencias. La vida humana no suponía nada para él. Stalin añadió que le enviaran el disco a su dacha. El comité se echó a temblar. Llamaron a Yudina y a una orquesta para grabar el concierto aquella misma noche. Todo el mundo estaba temblando, menos Yudina, que era extraordinaria. Era una gran pianista, una gran mujer, y una gran cristiana. Yudina me contó que tuvieron que enviar al director de orquesta a su casa porque estaba tan asustado que no podía dirigir. Llamaron a otro que también temblaba y confundió a la orquesta. Por fin un tercer director vino y pudieron acabar el concierto. Acabaron por la mañana. Grabaron un solo disco y se lo enviaron a toda prisa a Stalin. Poco después Yudina recibió un sobre con veinte mil rublos. Le dijeron que era por orden expresa de Stalin. Yudina le escribió una carta a Stalin en la que le dijo: “Gracias, Josif Vissarionovich, por su ayuda. Rezo por usted cada día y cada noche y le pido al Señor que le perdone sus graves pecados contra el pueblo y contra la nación. El Señor es misericordioso y le perdonará. El dinero lo he entregado a la iglesia a la que voy.” Aquella carta era un suicidio y se preparó la orden de arresto de Yudina, pero nada sucedió. Su disco del Concierto de Mozart estaba en el tocadiscos de Stalin cuando se le encontró muerto en su dacha. Todo esto me lo contó Yudina misma, y Yudina nunca mentía.  (148)

Una vez estaba yo en la oficina de Khrennikov en la Unión de Compositores cuando Stalin le llamó por teléfono. Se apuró tanto que se olvidó de hacerme salir de la oficina, y oí toda la conversación que versaba sobre acusaciones, amenazas, castigos, condenas y duró un rato largo. Yo mantuve un rostro impasible mientras oía todo aquello. Estuve todo el rato mirando sin pestañear el retrato de Tchaikovsky en la pared de enfrente. Nunca hablé de aquella conversación telefónica con nadie, pero hasta el día de hoy puedo reproducir la barba de Pyotr Ilych pelo por pelo. [Pyotr Ilych es, desde luego, Tchaikovsky.] (114)

Stalin era muy exigente cuando se trataba de sus retratos. Hay una maravillosa parábola oriental sobre un khan que encargó a un artista que pintara su retrato. El problema era que el khan era cojo y bizco. El artista le pintó tal como era y fue ejecutado inmediatamente. El khan dijo: “No quiero calumniadores.” Llamaron a otro artista que quiso ser listo y pintó al khan sin tacha: ojos de águila y pies iguales. También fue ejecutado de inmediato. El khan dijo: “No necesito aduladores.” El sabio, como siempre en las parábolas, fue el tercer artista. Pintó al khan cazando un ciervo con arco y flecha. Uno de sus ojos estaba cerrado, y el pie cojo se apoyaba sobre una roca. Le dieron el premio.

Sospecho que esa parábola no viene del oriente sino que se escribió algo más cerca porque ese khan se parece mucho a Stalin. Stalin mandó ejecutar a varios artistas. Los habían convocado al Kremlin para retratar al líder y maestro para la eternidad, y, por lo visto, no le agradaron sus retratos. Stalin quería aparecer alto, con manos fuertes, y quería que las dos manos aparecieran iguales, aunque las tenía bien distintas y él era bajo. El pintor Nalbandian se llevó la palma. En su retrato, Stalin está erguido ante el observador con las manos una encima de otra sobre el estómago, con lo cual una queda oculta por la otra. La vista es desde abajo, un ángulo que le haría a un liliputiense aparecer como un gigante. Nalbandian había seguido el consejo de Mayakovsky que el artista debe mirar a su modelo como un pato miraría a un balcón. Nalbandian pintó a Stalin desde el punto de vista del pato. Stalin quedó muy contento, y reproducciones de ese retrato adornan las paredes de todas las oficinas, hasta de la peluquerías y los baños turcos. Todos las habéis visto. (198)